Frase sensata
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«El político debe tranquilizar conciencias, y el intelectual, inquietarlas» (Antonio Tabucchi, en El País, 2 de julio).
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Frase insensata
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«Seguramente, la alimentación es hoy más sana que nunca»(Amando de Miguel, en Libertad Digital, 16 de julio).
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Julio 2001
  "Diosas locales" Fútbol, patriotismo y religiosidad popular se unen como devociones complementarias cuando los equipos vencedores de copas se las ofrecen a sus patronas locales.
  "La antropología de Laín Entralgo" Pedro Laín Entralgo rechazó la concepción dualista del hombre, predominante en la tradición occidental.
  "Rehabilitaciones vaticanas" El inicio de la causa para la beatificación de Joaquín de Fiore (teólogo del siglo XII) se inscribe en la línea de adaptación a los tiempos seguida por el Vaticano en las últimas décadas.
  "El papa 'bueno'" El papa Juan XXIII ha estado de actualidad recientemente a raíz de la exhibición de su cuerpo incorrupto (gracias a la taxidermia); también se habló mucho acerca de él con ocasión de su canonización en septiembre de 2000.
  "El condenado y el sistema: Dos caras de la misma moneda" Tim McVeigh, el Oklahoma bomber ejecutado el pasado 11 de junio en los Estados Unidos, ha muerto para satisfacer la sed de venganza del sistema... 

 

Diosas locales
© G.S.
V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (julio 2001)

Últimamente los dos equipos vencedores de copas, el Real Madrid y el Zaragoza, han ofrecido los trofeos a la virgen de La Almudena y a la del Pilar, respectivamente.

Resulta interesante observar cómo la religión predominante en España, el fútbol de las grandes estrellas y los contratos millonarios, no sólo no eclipsa a la religión tradicional de los españoles, sino que se une a ella como devoción complementaria.

Este hecho resulta completamente lógico: dado que la "afición" por el fútbol no responde tanto a cuestiones deportivas como a pulsiones localistas (ver ¡Qué poco gusta el fútbol!), es normal que estos intereses caminen de la mano de las manifestaciones localistas de la religiosidad. El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, declaró: «Creo que a lo largo de toda la temporada hemos podido sentir la presencia sana de nuestra patrona y yo creo que, gracias también a ella, hemos sido capaces de terminar una nueva temporada felizmente en todos los aspectos». El portero del Real Madrid, Iker Casillas, declaró que el hecho de ofrecer la copa de Liga a la Virgen «es algo muy bonito, y además es una forma de agradecérselo, puesto que ella también tiene su parte en esto».

Aunque los devotos de María en el fondo deben de saber que la virgen a la que se venera bajo distintas advocaciones es la misma, en la práctica apelan a su protección como los antiguos pueblos paganos invocaban a sus dioses locales: "¡Grande es la Artemisa de los efesios!", gritaba el populacho de Éfeso instigado por un importante orfebre de la ciudad, cuando la predicación de Pablo de Tarso ponía en peligro la venta de templetes de recuerdo (como relata el capítulo 19 de los Hechos de los Apóstoles).

No fue la virgen María, en abstracto, quien apoyó con su presencia al Real Madrid o al Zaragoza. No es a ella a quien se agradece la victoria, sino a la advocación local. En caso de perder estos equipos, la misma virgen pero con distinto nombre recibiría el homenaje en otro lugar de España.

Con estas prácticas, se perpetúa la fusión entre la competencia que los cultos populares locales siempre han manifestado (y que se traduce en rivalidades entre cofradías semanasanteras, enfrentamientos entre pueblos que apelan a distintas patronas...), y la competencia deportiva de alto nivel (financiero). Por supuesto, la sociedad española avanza hacia mayores niveles de cultura, tolerancia, solidaridad, espíritu crítico.

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La antropología de Laín Entralgo
© G.S.
V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (julio 2001)

Pedro Laín Entralgo rechazó la concepción dualista del hombre, predominante en la tradición occidental, adoptando una explicación unitaria, en diálogo con las neurociencias y la concepción bíblica.

La trayectoria personal e ideológica del recientemente fallecido Pedro Laín Entralgo resulta tan polémica como fascinante. Inserto en esa prestigiosa escuela española de médicos humanistas, Laín buscó con sus obras una explicación de la naturaleza y condición humanas. Deberíamos decir, más bien, un intento de comprensión, como él mismo escribía en El País (en el artículo "Qué es el hombre") el 12 de febrero de 1992: "El enigma de la condición humana nunca será íntegramente resuelto por nuestra inteligencia."

Quizá su obra más trascendente en este sentido, obra ya de madurez, sea Cuerpo y alma (Espasa, 1991). La originalidad de su enfoque reside en que con ella Laín se distancia del dualismo antropológico de tradición griega y acepta una concepción del hombre que se podría considerar como monista. La distinción espíritu-cuerpo no sólo resulta absurda ante los datos que las neurociencias ofrecen sobre el funcionamiento del cerebro, sino que además es ajena al pensamiento bíblico (del cual Laín se consideraba heredero, en la medida en que se declaraba cristiano).

Curiosamente, en algunos medios se ha hecho referencia a una hipotética pervivencia actual de Laín en una vida ultraterrena, cuando él se había pronunciado más bien a favor de la creencia en la resurrección de los muertos, tal y como proclama el Credo católico (así lo evocaba también el profesor Francisco Mora en una entrevista en la cadena Ser el 8 de julio). Esta postura a favor de la antropología bíblica, exenta de dualismos helenistas, ha tenido una gran difusión en el pensamiento tanto católico como protestante, desde que el teólogo evangélico francés Oscar Cullman la estableciera con claridad en su estudio clásico (E. Miret Magdalena lo califica de "definitivo"), La inmortalidad del alma o la resurrección de los cuerpos, publicado en 1962 (traducido al español por Studium, Madrid, en 1970, y también incluido en Del evangelio a la formación de la teología cristiana, Sígueme, Salamanca, 1972). Pero ya antes había sido defendida por algunos grupos cristianos minoritarios que pretenden liberar al cristianismo de sus herencias paganas.

Actualmente la concepción dualista del hombre, y sobre todo su principal consecuencia teórica, la inmortalidad del alma, están siendo proclamadas por numerosas corrientes ideológicas. Resulta chocante que hasta en el judaísmo haya triunfado la fe en la pervivencia en el más allá, siendo que en la antigüedad se diferenciaba de las demás religiones precisamente por su afirmación de la materia, del cuerpo, como condición esencial de la vida.

La Nueva Era, con todo su bagaje oriental y sincrético, viene divulgando estas creencias espiritualistas, defensoras de la inmortalidad del alma. Asimismo cada vez son más numerosos los científicos de los distintos campos de estudio del hombre y de la naturaleza que, al hablar de una trascendencia, sugieren la existencia de una dimensión eterna en el ser humano. Lo cual no deja de ser paradójico, pues parece concebible que el cerebro humano, tal y como se conoce hoy, pueda efectuar la captación de lo sobrenatural a partir de procesos fisiológicos, pero no presenta indicios de albergar en sí una dimensión independiente (llámese alma o espíritu).

Laín, en todo caso, asumía la trascendencia: "Los principios, las leyes y los métodos de las ciencias de la naturaleza cósmica serán siempre necesarios para entender adecuadamente la realidad y la vida del hombre, pero éstas nunca podrán ser explicables sólo con ellos" (artículo citado). Pero reivindicó también la condición radicalmente corporal del ser humano, considerándolo –a pesar de sus semejanzas– cualitativamente distinto de los animales. Fue una de sus muchas aportaciones a la investigación y la reflexión sobre el hombre.

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Rehabilitaciones vaticanas
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (julio 2001)

El inicio de la causa para la beatificación de Joaquín de Fiore (teólogo del siglo XII) se inscribe en la línea de adaptación a los tiempos seguida por el Vaticano en las últimas décadas. Numeros ejemplos muestran la tendencia papal a reinterpretar el pasado, exonerándose de culpas que se proyecten hasta el presente.

Frente a lo que muchos creen, la Iglesia Católica Romana se caracteriza por la capacidad de adaptación a los tiempos, si bien no siempre de la manera en que se podría esperar que ocurriera con otro tipo de instituciones. Una de las formas de comprobar esta adaptación es observando la lectura que el papado hace de su pasado. En los últimos años ha procedido a reinterpretar su historia mediante una serie de declaraciones y documentos públicos.

En octubre de 1992 se "rehabilitó" a Galileo, quien en 1633 fue presionado por la Inquisición hasta el sometimiento de su conciencia. En el mismo documento se afirmaba que "todos los implicados en el juicio", incluidos los inquisidores, "tienen derecho al beneficio de la buena fe, ya que no existen documentos procesales que demuestren lo contrario". Se añade que, ante el requerimiento inquisitorial de que proporcionara pruebas verificables de que la Tierra giraba alrededor del Sol, "Galileo no logró probar irrefutablemente el doble movimiento de la Tierra". De esta manera se absolvía a la Inquisición (sin que se cuestionara su jurisdicción para juzgar un asunto de ciencia y de conciencia), mientras ante la sociedad quedaba la impresión de que se recuperaba a este gran científico que jamás renegó de su catolicismo.

En marzo de 1998 el Vaticano emitió un texto sobre el Holocausto en el que se eludía una responsabilización directa de las autoridades católicas en las masacres de judíos, que desde la Edad Media alentaron en Europa: "En el mundo cristiano –no digo de parte de la Iglesia en cuanto tal– algunas interpretaciones erróneas e injustas del Nuevo Testamento con respecto al pueblo judío y a su supuesta culpabilidad han circulado durante demasiado tiempo, dando lugar a sentimientos de hostilidad en relación con este pueblo". Se afirma que el antisemitismo nazi "hundía sus raíces fuera del cristianismo", lo cual es cierto ideológicamente, pero desvía la atención de la evidente línea de continuidad histórica entre los progroms de la cristiandad y el Holocausto.

Las solicitudes de perdón se han extendido a herejes como Jan Hus (quemado en el concilio de Constanza en 1415), Lutero (a quien la adopción de la Reforma en Alemania libró de similar suerte) o Giordano Bruno (quemado por la Inquisición durante el Jubileo de 1600).

Estos actos de contrición, que en muchos casos ocultan una autojustificación, como demuestra la lectura atenta a los documentos, ofrecen una impresión de cambio, muchas veces reconocida como tal por importantes voces de la política y la sociedad. Algunas son auténticos golpes de efecto, pues suponen un giro de ciento ochenta grados: tal es el caso de la noticia sobre la posible beatificación del dominico Savonarola, quien fue quemado en 1498.

Es precisamente la política de canonizaciones uno de los instrumentos mediante los que el Vaticano va dando señales sobre sus tendencias. Así, la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer reflejó la estrecha relación del actual papa con el Opus Dei. España precisamente es, si no la primera, una de las principales canteras de mártires beatificables, por lo menos en el siglo XX. Así lo destacaba Pío XII en 1939, quince días después del triunfo militar de Franco: "La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba de que, por encima de todo, están los valores eternos de la religión y del espíritu."

La agencia vaticana Zenit (www.zenit.org) informa ahora de la apertura de la causa de canonización de Joaquín de Fiore (muerto en 1202), a quien se considera «uno de los personajes más apasionantes y controvertidos de la historia de la Iglesia». En vísperas del octavo centenario de su muerte (el 30 de marzo de 2002), el arzobispo de ciudad italiana de Cosenza, monseñor Giuseppe Agostino, ha introducido su causa de beatificación, señalando que "en la Iglesia nadie pasa en vano", y destacando que la grandeza de De Fiore "no se puede reducir a la de un excelso estudioso e investigador, sino a un arraigo de la fe, entendida y expresada ascéticamente".

Aunque sus enseñanzas fueron condenadas por el Concilio Concilio Lateranense IV (1215) y por el concilio de Arles (1260), la causa abierta ahora se pretende justificar asegurando que eran las doctrinas y los excesos de sus seguidores los que se condenaban. El hecho de que vivieran "en un siglo plagado de herejías" parece justificar que se trataran con rigor, cuando más bien podría pensarse que las posturas más correctas destacarían entre tanto engaño.

¿Qué sentido tiene la rehabilitación de Joaquín de Fiore? La trascendencia de este personaje se debe a varias aportaciones ideológicas. La más destacada es su concepción de la historia, según la cual ésta se divide en tres fases: la edad del Padre (la del Antiguo Testamento), la edad del Hijo (vivida por la Iglesia tras la resurrección de Cristo), y la edad del Espíritu, cuyo comienzo él situaba hacia 1260, a partir de una interpretación según la cual el periodo de 1.260 días mencionado en los libros de Daniel y Apocalipsis correspondería a otros tantos años. Esta edad debería culminar con la afirmación de la espiritualidad del monaquismo sobre las estructuras eclesiásticas tradicionales.

El pensamiento de Joaquín de Fiore navega entre las distintas corrientes religiosas y herejías del siglo XII en que vivió. Éstas eran de distinta naturaleza y origen: desde movimientos a favor de la pobreza del clero, hasta comunidades de influencias esotéricas, gnósticas o paganas, pasando por grupos que simplemente reivindicaban la pureza evangélica, en lo doctrinal y en lo eclesial. Estas corrientes aparecieron normalmente fundidas; los cátaros albigenses, por ejemplo, combinaban la pretendida fidelidad a la Escritura con concepciones maniqueas. Aquellas que más acentuaban el estudio de la Biblia fueron el germen de la Reforma que triunfó en el siglo XVI.

Joaquín de Fiore es en parte precursor de movimientos cristianos que insisten en la importancia de las profecías bíblicas para la comprensión de la historia humana, grupos que normalmente conciben una transformación de este mundo tras la intervención divina en el mismo. Pero a la vez su concepción trifásica de la historia, en la que se augura una edad del Espíritu (según él, iniciada en el siglo XIII) podría conectar con las proclamas de los movimientos que anuncian una Nueva Era para la humanidad, en la que transformaciones progresivas afectarían a la humanidad, a la sociedad y al orden mundial. La rehabilitación de Joaquín de Fiore podría responder a intentos de aproximación del papado hacia alguno de estos movimientos.

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El papa "bueno"
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (julio 2001)

El papa Juan XXIII ha estado de actualidad recientemente a raíz de la exhibición de su cuerpo incorrupto (gracias a la taxidermia); también se habló mucho acerca de él con ocasión de su canonización en septiembre de 2000.

Resulta curioso que entre los católicos se haga referencia a Juan XXIII como "el papa bueno", dando así inevitablemente la impresión de que los demás han sido (son) malos. Llama la atención cómo no sólo los católicos más conservadores, sino también los progresistas (teólogos de la liberación y cercanos), e incluso algunos no creyentes han resaltado sus valores positivos (que sin duda los tuvo) y su postura rupturista, sin equilibrar este enfoque destacando las grandes líneas de continuidad de su pontificado con la tradición más rancia -y autoritaria- de la Iglesia Católica Romana.

De hecho, es mucho más lo que esta iglesia siguió conservando tras el Concilio Vaticano II que lo que cambió con él, hasta el punto de que el aggiornamento no fue más que un barniz superficial que apenas recubrió las profundas líneas maestras del catolicismo. En primer lugar, se mantuvo de la figura absolutista del papa (en el plano político, pero sobre todo en el espiritual, lo cual es más peligroso). Tampoco se abolió la infalibilidad del obispo de Roma cuando habla ex cathedra, que había sido proclamada solemnemente por el gran enemigo de las libertades humanas que fue Pío IX (papa profundamente admirado por Juan XXIII, quien promovió su beatificación. Finalmente fue Juan Pablo II quien beatificó a ambos el mismo día). Ni se modificó la práctica vertical del magisterio, "de arriba a abajo", según la cual toda doctrina y reflexión católicas deben estar sometidas a la autoridad papal.

Por otro lado, en los documentos del Concilio se aprecia que el ecumenismo invocado no es más que una llamada a que las demás confesiones acaben aceptando el "primado de Pedro", insistiendo en que «es únicamente a través de la Iglesia Católica de Cristo, [...] medio omniabarcante de la salvación, que se puede obtener la plenitud de los medios de salvación».

No hay tantas diferencias entre Roncalli y Wojtyla.

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El condenado y el sistema: Dos caras de la misma moneda
© J.F.S.P.[juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (julio 2001)

Tim McVeigh, el Oklahoma bomber ejecutado el pasado 11 de junio en los Estados Unidos, ha muerto para satisfacer la sed de venganza del sistema; pero, ¿cuántos tendrán que morir para saciar la sed de venganza de quienes se oponen al sistema?

Ya lo mataron. Cuando escribo esto, su cadáver todavía está caliente, a pocas horas de sufrir el jeringazo homicida. Ya lo han conseguido: el pentotal ha creado un nuevo mito. Pronto, muy pronto, proliferarán más y más seguidores del mártir, sitios de Internet que le rindan homenaje, libros y películas que glosen su brillante figura solitaria, su irredenta pertinacia, sus fríos ojos azules…
Tim McVeigh ya no es nada más que un recuerdo, pero es nada menos que un recuerdo lacerante: el de una condena atroz consumada por un estado civilizado. Pero también, un recuerdo estimulante para muchos jóvenes que, frente a los abusos y absurdos de un sistema opresor, generador de impotencias, verán en el condenado un ejemplo que imitar.
Hasta un momento antes de morir, era el asesino masivo de Oklahoma, el terrorista más sangriento de la historia de los Estados Unidos, el blanco del odio justiciero y vengativo de quienes deseaban, no sin "razón", verlo muerto (y verlo, a ser posible, morir). Pero ahora es ya sólo un recuerdo, nada más y nada menos.

No, el tal McVeigh no era precisamente un buen chico. Antes de ser ejecutado, y de pasar seis años en el celebérrimo corredor de la muerte, él también ejecutó a una, dos, tres…, hasta 168 personas a la vez.
Él también tenía un concepto equivocado de la justicia; como sus verdugos, pensaba que el castigo absoluto –la privación de la vida– era la réplica adecuada al crimen "injusto". Por eso llevó a cabo su acción en represalia a la matanza de Waco (más de ochenta muertos) acaecida justo dos años antes con licencia del gobierno federal; con la anuencia, sí, de un tal Bill Clinton, a la sazón primer mandarario de los Estados Unidos de América.
Al igual que sus verdugos –incluidos el citado presidente y su sucesor en el cargo–, Tim sostenía que sus víctimas no deseadas (mató a unos veinte niños) fueron "daños colaterales". También compartía con ellos una misma convicción: en este mundo de odio, violencia y muerte las cosas se arreglan con más odio, más violencia y más muerte.
La única diferencia entre Tim y sus verdugos –los mismos verdugos de tantos iraquíes, de tantos serbios, de tantos kosovares, de tantos davidianos…– explica por qué hoy ellos están vivos y él es sólo un recuerdo: Tim era un asesino fanático e idealista; sus verdugos, unos profesionales de la matanza industrial, del genocidio artera y cuidadosamente calculado, siempre con las espaldas bien guardadas, como corresponde a quienes detentan –detentan, sí– un poder omnímodo.

Ya lo mataron… Han "remediado" un crimen con otro. Dicen que así ese demonio ha pagado con sus culpas, y que no es lo mismo matar a uno que a 168, razón sobrada para que la condena tenga rango federal (por primera vez desde hace casi cuarenta años).
Ignoran, no sé si a sabiendas, que una vida (tanto la de Tim como la de cada una de esas 168 personas) posee un valor infinito. Y que infinito más infinito más infinito… sigue siendo infinito.
Ignoran, o tal vez no, que cada familiar de las víctimas de McVeigh sufre individualmente, y que considerar más grave matar a cien, a mil, a un millón… que matar a uno, es justamente el criterio que lleva a despreciar, cuando sucede, la muerte de una "sola" persona.
Ignoran, puede que a conciencia, que si el castigo de origen humano no es rehabilitador a posteriori (y por definición, la pena de muerte no puede serlo), entonces no cabe esperar para él esa divina aprobación que tantos de ellos invocan.

Hay, cuando menos, un aspecto adicional en la muerte institucionalizada de este masacrador convicto, posiblemente racista, de nombre Timothy McVeigh. Su biografía es la de un furibundo adversario del sistema, en cuya justicia no creía. Su fatal acto sangriento, el fruto de la impotencia frente a esa maquinaria de poder que le adiestró en las técnicas de matar (Tim participó en la Guerra del Golfo), mostrándole a la vez las vilezas del sistema (las matanzas de iraquíes indefensos, por ejemplo) que en este mundo siempre quedan impunes.
Así se gestó la rabia de un joven educado en un país orgulloso de su sentido de la justicia y de su espíritu de lucro; en una nación que ensalza el uso de las armas y la libertad casi irrestricta, a la par que estiliza la violencia a través de su tercera industria nacional: la del entertainment. Educado, pues, en valores de signo diverso: justicia y negocio sin límites; libertad y desprecio a la vida.
Este aspecto adicional suscita profundos interrogantes: ¿Qué legitimidad poseería un sistema desquiciado e hipócrita, violento y embrutecedor, para aplicar el castigo absoluto, aun en la hipótesis de que este tuviera un fundamento ético? Y si, como parece evidente, carece de esa legitimidad, estando pues asentado sobre bases espurias, ¿tolerará jamás ese orden establecido una oposición que realmente –y aunque sea por medios pacíficos– lo ponga en entredicho?
En otras palabras: ¿Existe acaso un margen de actuación, un foro mediático siquiera y más allá de lo precario, para quienes se atreven a cuestionar sin paliativos el sistema mismo? ¿O, como en la historia de McVeigh, frente a ese poder colosal no cabe otra salida que la rabia y la impotencia?
Son preguntas que van más allá de la muerte de Tim. Atañen, por ejemplo, a la principal corriente, o al menos la más sonora, enfrentada al orden impuesto: el movimiento antiglobalización, siempre a caballo entre la protesta pacífica y la provocación violenta.
Son preguntas necesarias... Buscar sus respuestas constituye el único camino para hacer frente a la unificación del pensamiento que ya está implantando el sistema.

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