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La
guerra del Golfo no ha terminado
©
G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(29 de agosto de 2001)
Muchos
iraquíes siguen siendo asesinados en "ataques preventivos"
de la "comunidad internacional". Son "daños
colaterales" de la geopolítica y de los intereses occidentales
en la zona.
Desde
la guerra del Golfo de 1991, los ataques a Irak por parte
de Estados Unidos y el Reino Unido han sido continuos. No nos referimos
sólo a los episodios espectaculares que saltaron a los medios
masivos de comunicación (como cuando Clinton asumió
la presidencia, y lo celebró indicando a Sadam cuál
era su sitio, en 1993*). Los ataques se
vienen produciendo constantemente: a lo largo del verano han tenido
lugar varias ofensivas contra objetivos iraquíes. El bombardeo
de un centro de comunicaciones iraquíes el 10 de agosto resultó
en una persona muerta y once heridas. Fue calificado por los agresores
como de "acción rutinaria".
El
28 de agosto El País informaba: "Irak derriba
un avión de EE UU"; iba sin tripulación, y por
tanto no se produjeron víctimas. Era necesario leer toda
la noticia para descubrir que ese mismo día fallecía
un civil y otros tres eran heridos como consecuencia de un ataque
contra "instalaciones civiles y de servicios" llevado
a cabo en el norte de Irak por cazabombarderos de Estados Unidos
y el Reino Unido. Para la prensa occidental, resulta más
destacable la pérdida de un avión estadounidense que
la de una vida iraquí. Y lo que es aún más
grave: semejante manipulación les permite disponer de nuevas
excusas para ataques adicionales.
Los
que reciban la información sólo a través de
las cadenas de televisión y de radio, incluso muchos lectores
de periódicos a quienes se les pasa por alto este tipo de
noticias, quizá se sorprendan al saber que la guerra del
Golfo no ha terminado, por lo menos para muchos iraquíes
que siguen siendo asesinados. Entre los objetivos inmediatos de
la "Tormenta del Desierto" de 1991 no parece que figurara
la eliminación física de Sadam. Más bien la
intención era dejar claros sus límites territoriales
(fuera de Kuwait) y geopolíticos (nada de buscar la hegemonía
iraquí en el mundo árabe/petrolífero, y menos
provocar al amigo israelí).
Mejor
dictadores que procesos democráticos
Desde
luego la "comunidad internacional" (eufemismo con el que
se hace referencia a EE. UU. y países satélites) prefiere
la autocracia de Sadam Hussein a un proceso democrático
de resultados impredecibles, que implicara cierta inestabilidad.
Hay, ciertamente, situaciones inestables que favorecen mucho al
capital occidental, como la guerra, que suele ser una buena ocasión
para dar salida a los stocks armamentísticos así
como para anotarse una nueva victoria bélica, con el refuerzo
que ésta supone para la hegemonía occidental. Pero
hay otras coyunturas inestables, como las transiciones políticas
que, pese a estar usualmente tuteladas por Occidente, son más
peligrosas desde el punto de vista geoestratégico y económico-financiero.
Al
sistema hegemónico, de hecho, poco parece importarle que
la guerra sea, por lo común, mucho más costosa en
términos civiles que la transición política.
Un coste del que bien podrían hablar los familiares de todos
los iraquíes masacrados estos años, o los soldados
yanquis afectados por las armas químicas usadas ilegalmente
por el ejército de su país. La autocracia de Sadam,
por cierto, siendo horrible e injustificable, no parece que sea
más terrorífica que la saudí, la kuwaití
y la de muchos otros países aliados, sobre cuyas maldades
pocas veces se escucha hablar en los medios masivos.
No
olvidemos que Sadam también garantiza la cohesión
iraquí frente a los separatistas kurdos del norte
y shiíes del sur. La propaganda occidental hizo creer
durante la guerra de 1991 que sus derechos serían protegidos.
Nada más falso: su situación se agravó, sobre
todo en el caso de los kurdos, sistemáticamente masacrados
por los turcos amigos del Tío Sam. Con el tiempo puede interesar
la eliminación de Sadam Hussein. Éste, antes o después,
y de una u otra forma, dejará el poder. Pero para entonces
la única superpotencia global quiere tener garantizado el
control del proceso político y el dominio de la región.
De momento Estados Unidos ya está financiando con 500 millones
de pesetas un canal de TV por satélite, que emite desde el
país americano y en el que participa la oposición
iraquí (El
País,
22 de agosto de 2001).
También
se prefería a Milosevic (con la mano dura de su nacionalismo
centrípeto, muy útil frente a los nacionalismos centrífugos
de los Balcanes) antes que el caos. Sólo tras encontrar a
un sucesor de apariencia más respetable que garantizara los
intereses occidentales en la zona (Kostunica), ha convenido apresarlo
y así quedar bien ante el resto de la camarilla de la "comunidad
internacional".
Los
violentos y sus cómplices
El
desmesurado ensañamiento presente contra Irak, un país
vencido desde hace más de diez años, tiene un mensaje
claro, dirigido básicamente a los demás países
de la zona: «Cuidado, amigos: La policía petrolera
está aquí y no piensa marcharse en mucho tiempo.»
Gobiernos
como el español, que por un lado apelan a la resolución
de los conflictos sin el uso de la violencia, sancionan hipócritamente
estos ataques asesinos,
cuando no les dan cobertura logística. El 16 de diciembre
de 1997, tras considerar fracasado el conflicto sobre la supervisión
de armamentos iraquíes, Estados Unidos y el Reino Unido bombardearon
Bagdad. El ejecutivo español, usando un lenguaje que
casi recordaría al de ETA, emitió un comunicado en
el que afirmaba: «El gobierno español lamenta que el
grave incumplimiento por parte de Irak de sus obligaciones internacionales
haya hecho necesario que la comunidad internacional recurra al uso
de la fuerza [...]. Los españoles lamentamos profundamente
el sufrimiento que el recurso al uso de la fuerza pueda causar al
pueblo iraquí, contra quien en ningún caso van dirigidas
las operaciones militares.»
*
Ver el excelente análisis de la guerra del
Golfo en CHOMSKY, N., El nuevo orden mundial (y el viejo),
Barcelona: Crítica, 1994, pp. 18-40.
©
LaExcepción.com
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Zidane
vale mucho más
© J.F.S.P.[juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(agosto 2001)
El
reciente fichaje de un futbolista ha costado trece mil millones
de pesetas, una cifra monstruosa y condenable. Denunciarlo, sin
embargo, provoca de inmediato los ladridos de los perros guardianes
del sistema.
Nuestros
tiempos asisten a otra vuelta de tuerca, quizá la definitiva,
en la pérdida de los valores más elementales. Ya
no se cuestiona la fe: ésta se halla desfasada y la Ilustración
ya dio buena cuenta de ella. Ni se ponen meramente en entredicho
principios como la justicia y la equidad, la honestidad y la genuina
compasión: también esto ha sido ya trillado en exceso.
Hoy se da un paso más y se apisonan estos últimos
valores mediante el rodillo del ridículo y la descalificación
de quien pretenda defenderlos.
Clara
muestra de lo que antecede la encontramos en el ámbito
futbolero. Como señala Carlos Toro (www.elmundo.es/2001/07/08/opinion/1019446.html),
"hace tiempo que el fútbol perdió la noción
de la medida. Ahora está empezando a perder incluso la
de la desmesura".
Véase
si no el desprecio que en múltiples comentaristas han suscitado
las tímidas críticas al fichaje de Zinedine Zidane,
rematado por el escandaloso importe de más de trece mil
millones de pesetas.
Quien
eventualmente pronuncie tales críticas a una operación
d tan colosal cuantía ya no será sólo un
antiguo: será un "listillo" pero también
un "estúpido" (según Federico Jiménez
Losantos, desde El Mundo); un "retórico piadoso"
que "gimotea" (de acuerdo con Santiago Segurola, desde
El País); y, por supuesto, un "demagogo"
(al decir de Javier García Sánchez, también
desde El Mundo; no hay, por cierto, en nuestros días
"argumento" más recurrentemente demagógico
que la acusación de demagogia..., con la posible excepción
de la crítica presente).
En
suma, atreverse a cuestionar que Zidane "valga" trece
mil millones no es más que una osadía propia de
almas delirantes. Es tal la fuerza adquirida por la visión
ultracapitalista neoliberal, tan descomunal su hegemonía
en los albores del tercer milenio, que discrepar con ella implica,
sin duda, padecer los efectos de algún tipo de ebriedad
o alucinación. Pensar diferente equivale, pues, a no estar
capacitado para pensar.
Alarma
comprobar que cada vez más lumbreras de nuestro oscuro
firmamento "intelectual" no se crean en el deber de
dar explicaciones para justificar lo injustificable (confirmando
así, de paso, que lo es), y se limiten a ridiculizar al
que se atreve a condenarlo. Pero no alarma menos que la mera constatación
del statu quo valga como razón última (¡incluso
en progres confesos, como los tales García Sánchez
y Segurola!) para bendecir, o al menos aprobar, lo que a cualquier
conciencia mínimamente despierta le resulta intolerable.
En el fondo, esas lumbreras preclaras se limitan a decir: "Esto
es lo que hay, y punto." Y como se te ocurra insistir, tonto
de ti, seguramente agregarán: "No me des la barrila
con tu ética, pelmazo. Ah... si no quieres taza, tendrás
taza y media." (Y ya lo creo que la tienes, pues ¿qué
es sino "taza y media" la noticia de que el ayuntamiento
y la comunidad madrileños se hagan cargo parcialmente de
la deuda del Real Madrid? En otros términos: el dinero
público financiando el escándalo privado...).
Pues
la cuestión de fondo en el asunto Zidane no es que se pague
por él la astronómica cifra de trece mil millones,
ni que ello suponga una inmoralidad que la supone,
ni tan siquiera que tamaña transacción refleje una
escala de valores totalmente trastocada. En el contexto neoliberal
del ya inaugurado tercer milenio, lo verdaderamente significativo
por lo estremecedor lo constituyen los comentarios
reaccionarios que han acompañado a semejante fichaje; denotadores
del rampante totalitarismo que ya no es sólo una
amenaza.
Zidane
"vale" esa suma sideral porque, a fin de cuentas, proporciona
"enormes dosis de alegría a las masas fanáticas
del fútbol, que es mucho más que una religión
y que un opio para el pueblo. El fútbol es Dios, y el peyote
en la vena" (García Sánchez). Sí, la
"vale", porque "sencillamente, ahora hay más
dinero para un futbolista porque hay mucha gente dispuesta a pagar
más por él" (Federico). Y porque "muy
probablemente, la contratación de Zidane por el Madrid
tendrá éxito en todos los aspectos" (Segurola).
Por cierto, el editorial del periódico rival del que publica
tan sensatas palabras de Segurola, le apostilla con brillantez:
"El total a pagar por Zizou son 13.080 millones de pesetas.
[...] Pero el presumible éxito de la operación de
marketing puesta en marcha desde ayer con la venta de camisetas
a 12.000 pesetas sugiere que el hábil presidente blanco
puede haber vuelto a acertar" (El Mundo). Razones
basadas, todas ellas, en la más pura lógica mercantil
(incluida, por el lado de la demanda, su vertiente "espiritual";
no en vano en LaExcepcion.com insistimos en el creciente carácter
religioso que el fútbol viene adquiriendo: véanse
"Pan y fútbol",
"¡Qué
poco gusta el fútbol!" y "Diosas
locales"). Es la voz de la Supercaja Registradora del
Gran Capital, la misma que dicta el pensamiento único y
destierra cualquier consideración fundada en razones morales
o "demagógicas".
El
sistema se delata
Y
con todo, mal que les pese a esas lumbreras de conciencia satisfecha,
habrá que aludir a estas razones, algunas de las cuales
como ahora veremos vienen servidas por aquéllas,
como para mostrar siquiera que se dan por enteradas de lo que
desprecian.
El
propio Federico nos recuerda que el importe del fichaje de Zidane
equivale a "lo que cuesta la prevención de incendios
en el Mediterráneo" o "la sanidad de Malí".
Dicho lo cual, se queda tan ancho. Probablemente nótese
mi "demagógica" insinuación esto lo dice
porque él no forma parte de esos miles de pobres malienses
sin acceso a una sanidad digna. De ahí que no sea dicho
acceso su anhelo más profundo, sino, al parecer, el siguiente:
"Lo que yo quiero es que la Liga empiece cuanto antes."
Eso es lo que importa, y lo demás son zarandajas.
García
Sánchez, por su parte, adormece su conciencia indicando
que operaciones como el fichaje de Zidane "no son, justamente,
las más ofensivas para la condición humana. Porque
eso es lo que vale medio cazabombardero, o un porrón de
minas-personales-mutila-inocentes, o lo que se gasta la jet en
sus pollos sociales". O sea, el viejo argumento según
el cual mientras no se resuelvan males mayores, ¿por
qué no seguir agregando males menores? Eso sí,
el ideal de García Sánchez "es el de una sociedad
sin clases, sin sueldazos". Pero claro, mientras llega el
ideal...
En
línea similar continúa Segurola, para quien "el
fútbol se alejó hace décadas de su raíz
amateur para transformarse en un formidable aparato mercantil,
sostenido por las mismas reglas que condicionan la industria del
espectáculo. No hay esencialmente nada que distinga al
fútbol del cine, por citar a los dos mayores tinglados
del entretenimiento". Pero el "demagogo" recalcitrante
que uno lleva dentro le replicará: "Esa descripción
de la realidad parece muy acertada, amigo Santi, pero ¿qué
opinas de ella: crees que se trata de una realidad aceptable
o reprobable? Y ¿qué me dices de los miles de millones
de congéneres, tuyos y míos, que nunca se benefician,
ni se beneficiarán, de la industria futbolera ni de la
del entertainment?"
La
filosofía subyacente
El
sistema en vigor, ultracapitalista neoliberal, reverencia como
valor sacratísimo la obtención de beneficios.
En virtud de ello, dentro de ciertos márgenes legales (pero
ya se sabe que son márgenes móviles a conveniencia),
cualquier acción es positiva siempre y cuando involucre
una ganancia sobre el esfuerzo implicado en su puesta en marcha;
o dicho en términos económicos en el lenguaje
de los que mandan: siempre que suponga una inversión
rentable. Es así, de acuerdo con el orden dominante,
como habrá que juzgar el fichaje de Zidane. A lo sumo,
los voceros y apologetas del sistema agregarán, como mínima
concesión de carácter social, que la sociedad
entera se beneficia con toda inversión rentable dado que
a la postre la riqueza resultante es mayor.
En
otras palabras, capitalismo puro y duro: la riqueza se incrementa
por medio de la acumulación del capital, ¿no es
maravilloso?
No.
Pues, naturalmente, se deja de lado la cuestión de la distribución
de las ganancias. El mecanismo operante en la inversión
del jugador Zidane es el mismo que ha venido funcionando en los
cerca de doscientos años de historia de la economía
de mercado. Período de tiempo a lo largo del cual no ha
desaparecido la pobreza y la injusticia en el mundo capitalista.
Y durante el que la galopante predación del medio ambiente
ha llevado a instituciones no precisamente anticapitalistas (como
el Club de Roma) a urgir la necesidad de poner límites
al crecimiento, es decir, a la acumulación del capital.
El
neoliberal de turno responderá que ningún sistema
garantiza, a la larga, una mejor distribución de la riqueza
que el propio capitalismo. Se trata, como acabamos de ver, de
un enunciado contrafáctico, refutado por los aproximadamente
dos siglos de existencia del capitalismo. En realidad, la fe del
neoliberal reposa en un supuesto implícito: la
bondad natural humana, curiosamente el mismo supuesto que
alimentó la fe en la sociedad comunista, la bestia negra
del neoliberal.
Éste
se jactaba de no ser utopista y de reconocer la necesidad del
egoísmo para que, partiendo de él, la mano invisible
organizara la economía. Así, sobre la base de un
mínimo mal se edificaría un gran bien. Pero ésta,
como la del comunismo, es también una confianza ingenua
(por más que los neoliberales nos resulten poco candorosos).
Pues supone olvidarse demasiado pronto de la maldad humana,
manifiesta en la insaciable codicia de tantos banqueros y magnates
industriales, para quienes el dinero siempre llamará al
dinero, y no a la subsistencia, mucho menos al bienestar, de sus
semejantes.
El
resultado es, como predijo Marx (y no hace falta ser marxista
para admitirlo), la progresiva conversión de la economía
de "libre mercado" en un sistema oligopólico,
en el cual los grandes conglomerados empresariales, como dotados
de un imán de singular potencia, allegan cada vez más
recursos al tiempo que privan de ellos al resto de la sociedad.
Este esquema alcanza su cumplimiento más nítido
en la esfera internacional.
El
valor de Zidane
Pero
volvamos a Zidane. En realidad, él debería ser el
primero en quejarse. Ahora el mundo lo valora como una mercadería
de lujo. A poco que se descuide, si no lo es ya, se convertirá
en un esclavo del materialismo imperante. Insertado en el engranaje
economicista del sistema, posiblemente quedará cegado para
meditar en otros valores que los meramente pecuniarios y "deportivos".
En apariencia vivirá una existencia opípara y aclamada;
pero tal vez, con el tiempo, en su corazón la lucidez pugne
por abrirse paso. Y como al gran Diego Armando, el mayor artista
del balón que nos es dado recordar, le sobrevenga el peso
de la única verdad profunda de la vida: cuando el ser humano
se centra solamente en el brillo efímero y material, su
creciente sed de plenitud no le dejará vivir, abocándole
como a Maradona al pozo de las drogas, o de la rutina
del sinsentido, o de la más absoluta vaciedad. Porque al
cabo del día, en la oscuridad de la noche, cada cual se
queda a solas con su amargura...
No,
Zidane no vale trece mil millones. Vale mucho más. Posee,
como cualquiera de sus congéneres, un valor infinito.
Porque hubo Alguien que, deseoso de saciar su alma sedienta de
plenitud, quiso dar su vida por él en una cruz; para prevenir
que, tal vez cuando ya no sea una estrella del fútbol,
sus noches no fueran amargas sino apacibles sueños llenos
de la esperanza viva.
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