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Agosto 2001
  "Zidane vale mucho más" El reciente fichaje de un futbolista ha costado trece mil millones de pesetas, una cifra monstruosa y condenable. Denunciarlo, sin embargo, provoca de inmediato los ladridos de los perros guardianes del sistema.
  "La guerra del Golfo no ha terminado" Muchos iraquíes siguen siendo asesinados en "ataques preventivos" de la "comunidad internacional".
     
     
     
     

 

La guerra del Golfo no ha terminado
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (29 de agosto de 2001)

Muchos iraquíes siguen siendo asesinados en "ataques preventivos" de la "comunidad internacional". Son "daños colaterales" de la geopolítica y de los intereses occidentales en la zona.

Desde la guerra del Golfo de 1991, los ataques a Irak por parte de Estados Unidos y el Reino Unido han sido continuos. No nos referimos sólo a los episodios espectaculares que saltaron a los medios masivos de comunicación (como cuando Clinton asumió la presidencia, y lo celebró indicando a Sadam cuál era su sitio, en 1993*). Los ataques se vienen produciendo constantemente: a lo largo del verano han tenido lugar varias ofensivas contra objetivos iraquíes. El bombardeo de un centro de comunicaciones iraquíes el 10 de agosto resultó en una persona muerta y once heridas. Fue calificado por los agresores como de "acción rutinaria".

El 28 de agosto El País informaba: "Irak derriba un avión de EE UU"; iba sin tripulación, y por tanto no se produjeron víctimas. Era necesario leer toda la noticia para descubrir que ese mismo día fallecía un civil y otros tres eran heridos como consecuencia de un ataque contra "instalaciones civiles y de servicios" llevado a cabo en el norte de Irak por cazabombarderos de Estados Unidos y el Reino Unido. Para la prensa occidental, resulta más destacable la pérdida de un avión estadounidense que la de una vida iraquí. Y lo que es aún más grave: semejante manipulación les permite disponer de nuevas excusas para ataques adicionales.

Los que reciban la información sólo a través de las cadenas de televisión y de radio, incluso muchos lectores de periódicos a quienes se les pasa por alto este tipo de noticias, quizá se sorprendan al saber que la guerra del Golfo no ha terminado, por lo menos para muchos iraquíes que siguen siendo asesinados. Entre los objetivos inmediatos de la "Tormenta del Desierto" de 1991 no parece que figurara la eliminación física de Sadam. Más bien la intención era dejar claros sus límites territoriales (fuera de Kuwait) y geopolíticos (nada de buscar la hegemonía iraquí en el mundo árabe/petrolífero, y menos provocar al amigo israelí).

Mejor dictadores que procesos democráticos

Desde luego la "comunidad internacional" (eufemismo con el que se hace referencia a EE. UU. y países satélites) prefiere la autocracia de Sadam Hussein a un proceso democrático de resultados impredecibles, que implicara cierta inestabilidad. Hay, ciertamente, situaciones inestables que favorecen mucho al capital occidental, como la guerra, que suele ser una buena ocasión para dar salida a los stocks armamentísticos así como para anotarse una nueva victoria bélica, con el refuerzo que ésta supone para la hegemonía occidental. Pero hay otras coyunturas inestables, como las transiciones políticas que, pese a estar usualmente tuteladas por Occidente, son más peligrosas desde el punto de vista geoestratégico y económico-financiero.

Al sistema hegemónico, de hecho, poco parece importarle que la guerra sea, por lo común, mucho más costosa en términos civiles que la transición política. Un coste del que bien podrían hablar los familiares de todos los iraquíes masacrados estos años, o los soldados yanquis afectados por las armas químicas usadas ilegalmente por el ejército de su país. La autocracia de Sadam, por cierto, siendo horrible e injustificable, no parece que sea más terrorífica que la saudí, la kuwaití y la de muchos otros países aliados, sobre cuyas maldades pocas veces se escucha hablar en los medios masivos.

No olvidemos que Sadam también garantiza la cohesión iraquí frente a los separatistas kurdos del norte y shiíes del sur. La propaganda occidental hizo creer durante la guerra de 1991 que sus derechos serían protegidos. Nada más falso: su situación se agravó, sobre todo en el caso de los kurdos, sistemáticamente masacrados por los turcos amigos del Tío Sam. Con el tiempo puede interesar la eliminación de Sadam Hussein. Éste, antes o después, y de una u otra forma, dejará el poder. Pero para entonces la única superpotencia global quiere tener garantizado el control del proceso político y el dominio de la región. De momento Estados Unidos ya está financiando con 500 millones de pesetas un canal de TV por satélite, que emite desde el país americano y en el que participa la oposición iraquí (El País, 22 de agosto de 2001).

También se prefería a Milosevic (con la mano dura de su nacionalismo centrípeto, muy útil frente a los nacionalismos centrífugos de los Balcanes) antes que el caos. Sólo tras encontrar a un sucesor de apariencia más respetable que garantizara los intereses occidentales en la zona (Kostunica), ha convenido apresarlo y así quedar bien ante el resto de la camarilla de la "comunidad internacional".

Los violentos y sus cómplices

El desmesurado ensañamiento presente contra Irak, un país vencido desde hace más de diez años, tiene un mensaje claro, dirigido básicamente a los demás países de la zona: «Cuidado, amigos: La policía petrolera está aquí y no piensa marcharse en mucho tiempo.»

Gobiernos como el español, que por un lado apelan a la resolución de los conflictos sin el uso de la violencia, sancionan hipócritamente estos ataques asesinos, cuando no les dan cobertura logística. El 16 de diciembre de 1997, tras considerar fracasado el conflicto sobre la supervisión de armamentos iraquíes, Estados Unidos y el Reino Unido bombardearon Bagdad. El ejecutivo español, usando un lenguaje que casi recordaría al de ETA, emitió un comunicado en el que afirmaba: «El gobierno español lamenta que el grave incumplimiento por parte de Irak de sus obligaciones internacionales haya hecho necesario que la comunidad internacional recurra al uso de la fuerza [...]. Los españoles lamentamos profundamente el sufrimiento que el recurso al uso de la fuerza pueda causar al pueblo iraquí, contra quien en ningún caso van dirigidas las operaciones militares.»

* Ver el excelente análisis de la guerra del Golfo en CHOMSKY, N., El nuevo orden mundial (y el viejo), Barcelona: Crítica, 1994, pp. 18-40.

© LaExcepción.com

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Zidane vale mucho más
© J.F.S.P.[juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (agosto 2001)

El reciente fichaje de un futbolista ha costado trece mil millones de pesetas, una cifra monstruosa y condenable. Denunciarlo, sin embargo, provoca de inmediato los ladridos de los perros guardianes del sistema.

Nuestros tiempos asisten a otra vuelta de tuerca, quizá la definitiva, en la pérdida de los valores más elementales. Ya no se cuestiona la fe: ésta se halla desfasada y la Ilustración ya dio buena cuenta de ella. Ni se ponen meramente en entredicho principios como la justicia y la equidad, la honestidad y la genuina compasión: también esto ha sido ya trillado en exceso. Hoy se da un paso más y se apisonan estos últimos valores mediante el rodillo del ridículo y la descalificación de quien pretenda defenderlos.

Clara muestra de lo que antecede la encontramos en el ámbito futbolero. Como señala Carlos Toro (www.elmundo.es/2001/07/08/opinion/1019446.html), "hace tiempo que el fútbol perdió la noción de la medida. Ahora está empezando a perder incluso la de la desmesura".

Véase si no el desprecio que en múltiples comentaristas han suscitado las tímidas críticas al fichaje de Zinedine Zidane, rematado por el escandaloso importe de más de trece mil millones de pesetas.

Quien eventualmente pronuncie tales críticas a una operación d tan colosal cuantía ya no será sólo un antiguo: será un "listillo" pero también un "estúpido" (según Federico Jiménez Losantos, desde El Mundo); un "retórico piadoso" que "gimotea" (de acuerdo con Santiago Segurola, desde El País); y, por supuesto, un "demagogo" (al decir de Javier García Sánchez, también desde El Mundo; no hay, por cierto, en nuestros días "argumento" más recurrentemente demagógico que la acusación de demagogia..., con la posible excepción de la crítica presente).

En suma, atreverse a cuestionar que Zidane "valga" trece mil millones no es más que una osadía propia de almas delirantes. Es tal la fuerza adquirida por la visión ultracapitalista neoliberal, tan descomunal su hegemonía en los albores del tercer milenio, que discrepar con ella implica, sin duda, padecer los efectos de algún tipo de ebriedad o alucinación. Pensar diferente equivale, pues, a no estar capacitado para pensar.

Alarma comprobar que cada vez más lumbreras de nuestro oscuro firmamento "intelectual" no se crean en el deber de dar explicaciones para justificar lo injustificable (confirmando así, de paso, que lo es), y se limiten a ridiculizar al que se atreve a condenarlo. Pero no alarma menos que la mera constatación del statu quo valga como razón última (¡incluso en progres confesos, como los tales García Sánchez y Segurola!) para bendecir, o al menos aprobar, lo que a cualquier conciencia mínimamente despierta le resulta intolerable. En el fondo, esas lumbreras preclaras se limitan a decir: "Esto es lo que hay, y punto." Y como se te ocurra insistir, tonto de ti, seguramente agregarán: "No me des la barrila con tu ética, pelmazo. Ah... si no quieres taza, tendrás taza y media." (Y ya lo creo que la tienes, pues ¿qué es sino "taza y media" la noticia de que el ayuntamiento y la comunidad madrileños se hagan cargo parcialmente de la deuda del Real Madrid? En otros términos: el dinero público financiando el escándalo privado...).

Pues la cuestión de fondo en el asunto Zidane no es que se pague por él la astronómica cifra de trece mil millones, ni que ello suponga una inmoralidad –que la supone–, ni tan siquiera que tamaña transacción refleje una escala de valores totalmente trastocada. En el contexto neoliberal del ya inaugurado tercer milenio, lo verdaderamente significativo –por lo estremecedor– lo constituyen los comentarios reaccionarios que han acompañado a semejante fichaje; denotadores del rampante totalitarismo que ya no es sólo una amenaza.

Zidane "vale" esa suma sideral porque, a fin de cuentas, proporciona "enormes dosis de alegría a las masas fanáticas del fútbol, que es mucho más que una religión y que un opio para el pueblo. El fútbol es Dios, y el peyote en la vena" (García Sánchez). Sí, la "vale", porque "sencillamente, ahora hay más dinero para un futbolista porque hay mucha gente dispuesta a pagar más por él" (Federico). Y porque "muy probablemente, la contratación de Zidane por el Madrid tendrá éxito en todos los aspectos" (Segurola). Por cierto, el editorial del periódico rival del que publica tan sensatas palabras de Segurola, le apostilla con brillantez: "El total a pagar por Zizou son 13.080 millones de pesetas. [...] Pero el presumible éxito de la operación de marketing puesta en marcha desde ayer con la venta de camisetas a 12.000 pesetas sugiere que el hábil presidente blanco puede haber vuelto a acertar" (El Mundo). Razones basadas, todas ellas, en la más pura lógica mercantil (incluida, por el lado de la demanda, su vertiente "espiritual"; no en vano en LaExcepcion.com insistimos en el creciente carácter religioso que el fútbol viene adquiriendo: véanse "Pan y fútbol", "¡Qué poco gusta el fútbol!" y "Diosas locales"). Es la voz de la Supercaja Registradora del Gran Capital, la misma que dicta el pensamiento único y destierra cualquier consideración fundada en razones morales o "demagógicas".

El sistema se delata

Y con todo, mal que les pese a esas lumbreras de conciencia satisfecha, habrá que aludir a estas razones, algunas de las cuales –como ahora veremos– vienen servidas por aquéllas, como para mostrar siquiera que se dan por enteradas de lo que desprecian.

El propio Federico nos recuerda que el importe del fichaje de Zidane equivale a "lo que cuesta la prevención de incendios en el Mediterráneo" o "la sanidad de Malí". Dicho lo cual, se queda tan ancho. Probablemente –nótese mi "demagógica" insinuación– esto lo dice porque él no forma parte de esos miles de pobres malienses sin acceso a una sanidad digna. De ahí que no sea dicho acceso su anhelo más profundo, sino, al parecer, el siguiente: "Lo que yo quiero es que la Liga empiece cuanto antes." Eso es lo que importa, y lo demás son zarandajas.

García Sánchez, por su parte, adormece su conciencia indicando que operaciones como el fichaje de Zidane "no son, justamente, las más ofensivas para la condición humana. Porque eso es lo que vale medio cazabombardero, o un porrón de minas-personales-mutila-inocentes, o lo que se gasta la jet en sus pollos sociales". O sea, el viejo argumento según el cual mientras no se resuelvan males mayores, ¿por qué no seguir agregando males menores? Eso sí, el ideal de García Sánchez "es el de una sociedad sin clases, sin sueldazos". Pero claro, mientras llega el ideal...

En línea similar continúa Segurola, para quien "el fútbol se alejó hace décadas de su raíz amateur para transformarse en un formidable aparato mercantil, sostenido por las mismas reglas que condicionan la industria del espectáculo. No hay esencialmente nada que distinga al fútbol del cine, por citar a los dos mayores tinglados del entretenimiento". Pero el "demagogo" recalcitrante que uno lleva dentro le replicará: "Esa descripción de la realidad parece muy acertada, amigo Santi, pero ¿qué opinas de ella: crees que se trata de una realidad aceptable o reprobable? Y ¿qué me dices de los miles de millones de congéneres, tuyos y míos, que nunca se benefician, ni se beneficiarán, de la industria futbolera ni de la del entertainment?"

La filosofía subyacente

El sistema en vigor, ultracapitalista neoliberal, reverencia como valor sacratísimo la obtención de beneficios. En virtud de ello, dentro de ciertos márgenes legales (pero ya se sabe que son márgenes móviles a conveniencia), cualquier acción es positiva siempre y cuando involucre una ganancia sobre el esfuerzo implicado en su puesta en marcha; o dicho en términos económicos –en el lenguaje de los que mandan–: siempre que suponga una inversión rentable. Es así, de acuerdo con el orden dominante, como habrá que juzgar el fichaje de Zidane. A lo sumo, los voceros y apologetas del sistema agregarán, como mínima concesión de carácter social, que la sociedad entera se beneficia con toda inversión rentable dado que a la postre la riqueza resultante es mayor.

En otras palabras, capitalismo puro y duro: la riqueza se incrementa por medio de la acumulación del capital, ¿no es maravilloso?

No. Pues, naturalmente, se deja de lado la cuestión de la distribución de las ganancias. El mecanismo operante en la inversión del jugador Zidane es el mismo que ha venido funcionando en los cerca de doscientos años de historia de la economía de mercado. Período de tiempo a lo largo del cual no ha desaparecido la pobreza y la injusticia en el mundo capitalista. Y durante el que la galopante predación del medio ambiente ha llevado a instituciones no precisamente anticapitalistas (como el Club de Roma) a urgir la necesidad de poner límites al crecimiento, es decir, a la acumulación del capital.

El neoliberal de turno responderá que ningún sistema garantiza, a la larga, una mejor distribución de la riqueza que el propio capitalismo. Se trata, como acabamos de ver, de un enunciado contrafáctico, refutado por los aproximadamente dos siglos de existencia del capitalismo. En realidad, la fe del neoliberal reposa en un supuesto implícito: la bondad natural humana, curiosamente el mismo supuesto que alimentó la fe en la sociedad comunista, la bestia negra del neoliberal.

Éste se jactaba de no ser utopista y de reconocer la necesidad del egoísmo para que, partiendo de él, la mano invisible organizara la economía. Así, sobre la base de un mínimo mal se edificaría un gran bien. Pero ésta, como la del comunismo, es también una confianza ingenua (por más que los neoliberales nos resulten poco candorosos). Pues supone olvidarse demasiado pronto de la maldad humana, manifiesta en la insaciable codicia de tantos banqueros y magnates industriales, para quienes el dinero siempre llamará al dinero, y no a la subsistencia, mucho menos al bienestar, de sus semejantes.

El resultado es, como predijo Marx (y no hace falta ser marxista para admitirlo), la progresiva conversión de la economía de "libre mercado" en un sistema oligopólico, en el cual los grandes conglomerados empresariales, como dotados de un imán de singular potencia, allegan cada vez más recursos al tiempo que privan de ellos al resto de la sociedad. Este esquema alcanza su cumplimiento más nítido en la esfera internacional.

El valor de Zidane

Pero volvamos a Zidane. En realidad, él debería ser el primero en quejarse. Ahora el mundo lo valora como una mercadería de lujo. A poco que se descuide, si no lo es ya, se convertirá en un esclavo del materialismo imperante. Insertado en el engranaje economicista del sistema, posiblemente quedará cegado para meditar en otros valores que los meramente pecuniarios y "deportivos". En apariencia vivirá una existencia opípara y aclamada; pero tal vez, con el tiempo, en su corazón la lucidez pugne por abrirse paso. Y como al gran Diego Armando, el mayor artista del balón que nos es dado recordar, le sobrevenga el peso de la única verdad profunda de la vida: cuando el ser humano se centra solamente en el brillo efímero y material, su creciente sed de plenitud no le dejará vivir, abocándole –como a Maradona– al pozo de las drogas, o de la rutina del sinsentido, o de la más absoluta vaciedad. Porque al cabo del día, en la oscuridad de la noche, cada cual se queda a solas con su amargura...

No, Zidane no vale trece mil millones. Vale mucho más. Posee, como cualquiera de sus congéneres, un valor infinito. Porque hubo Alguien que, deseoso de saciar su alma sedienta de plenitud, quiso dar su vida por él en una cruz; para prevenir que, tal vez cuando ya no sea una estrella del fútbol, sus noches no fueran amargas sino apacibles sueños llenos de la esperanza viva.

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