La Navidad,
de origen pagano, ha experimentado a lo largo de la historia una
cristianización formal. El modelo de sociedad actual la
ha repaganizado, integrándola en el sistema consumista.
Los pensadores cristianos
de los primeros siglos, como Tertuliano (finales del siglo II),
despreciaban profundamente las fiestas de la sociedad romana en
la que vivían. Pero la oficialización del cristianismo
(en su versión "romana"), primero como religión
permitida en el imperio y después como religión
oficial, implicó una profunda asimilación de elementos
paganos, tanto en la estructura organizativa de la iglesia como
en las creencias y prácticas. El cristianismo, para convertirse
en religión mayoritaria, debía renunciar a su rechazo
de costumbres y tradiciones profundamente arraigadas entre la
población, especialmente la rural, es decir, la de las
aldeas o pagi (de donde viene la expresión "pagano").
El 25 de diciembre
correspondía en el calendario juliano (no así en
el actual, derivado de las reformas del papa Gregorio en el siglo
XVI) al solsticio de invierno, de ahí que en él
se celebrara el día del nacimiento del Sol invicto,
así como el nacimiento del dios solar de origen iranio
Mitra. La adopción de este día como el del nacimiento
de Cristo estuvo en gran medida determinada por la corriente de
elementos del culto solar que inundaron el cristianismo
de estos primeros siglos, y que se constató en fenómenos
como la orientación de las basílicas hacia el este
(donde se hallaba Jerusalén, cierto, pero también
lugar del nacimiento diario del sol) o la adopción del
día del Sol (el domingo) como día del Señor,
frente al sábado de origen judeocristiano. En las catacumbas
de Roma y en numerosas obras artísticas a partir de entonces
se pueden encontrar representaciones simbólicas del Sol
(entre ellas la esvástica) que seguramente simbolizan a
Cristo.
Los
primeros cristianos, que no celebraban como festividad más
que la Pascua (y no todas las comunidades), fueron introduciendo
ésta y otras celebraciones calcadas del calendario romano
y de tradiciones ancestrales de los pueblos del ámbito
del imperio, tanto germánicos como mediterráneos.
Las protestas de numerosos obispos, escritores, eclesiásticos,
no consiguieron frenar esta corriente de supersticiones y rituales
que venían a contaminar la sencillez del culto cristiano.
En el caso de la Navidad, la mayor influencia provino de las Saturnalia
o fiestas en honor a Saturno que se celebraban entre
el 17 y el 24 de diciembre, cuando se cerraban escuelas, negocios
y juzgados para que la población pudiera consagrarse a
celebraciones domésticas y públicas en las que abundaban
la danza y el juego. También se asimilaron costumbres relacionadas
con la fiesta de año nuevo, como el intercambio de regalos
y la decoración de los hogares con luces y vegetación
verde.
Cuando la organización
eclesiástica no conseguía eliminar determinadas
prácticas paganas, procedía a su cristianización,
tal y como se puede comprobar en casi todas las demás celebraciones
populares que han sobrevivido hasta hoy. De ahí que con
el tiempo la Navidad se cargara de tantas referencias a Jesús
y a las circunstancias en torno a su nacimiento, basadas en los
evangelios o no. Una de las más populares es la construcción
de belenes con figuras, cuyo origen se atribuye a Francisco de
Asís (siglo XII). Ahora bien, no por ello desaparecieron
los elementos puramente paganos, especialmente los relacionados
con la forma popular de celebrar la fiesta.
La Reforma protestante
del siglo XVI supuso, en todos los órdenes sociales, una
depuración de tradiciones ajenas al cristianismo, y afectó
por tanto a la Navidad. Incluso el gobernante puritano Cromwell
la prohibió en Inglaterra durante el periodo 1642-1660,
decretando que el 25 de diciembre fuera un día laboral,
con multa o cárcel a quien le diera significado religioso.
Lo mismo hicieron los puritanos de Nueva Inglaterra entre 1659
y 1681. Todavía hoy hay grupos cristianos que se niegan
a celebrarla, y especialmente entre los evangélicos se
mantiene el debate acerca de su auténtico significado.
En cualquier caso,
algunos elementos más o menos cristianos han pervivido
a lo largo de los siglos: los días en torno a la Navidad
se consideran días de paz, de alegría, de solidaridad,
de encuentro familiar, incluso de reconciliación. Algunos
villancicos, aunque aderezados con todo tipo de tradiciones apócrifas
y hagiográficas, expresan de forma popular el misterio
de la encarnación del Hijo de Dios. Durante siglos la Navidad
ha significado un periodo entrañable y feliz.
Pero
en la sociedad moderna se ha retrocedido al modelo más
ancestral de festividad. De la mano del hedonismo, de ese espíritu
festivamente superficial con que se quiere celebrar todo, y del
modelo industrial-consumista del capitalismo salvaje, todos los
atributos que la celebración catártica del año
nuevo tenía han sido transferidos al periodo completo.
(Respecto a la reducción de la Navidad a parafernalia consumista,
y otras curiosidades sobre la historia de la festividad, se puede
visitar http://webs.sinectis.com.ar/mcagliani/navidad.htm).
En el Reino Unido ya hay ciudades que, afectadas por la fiebre
de lo políticamente correcto, están cambiando el
nombre y la simbología de la festividad por otros supuestamente
más "laicos", como los tomados de la serie de
Harry Potter (I+CPress, 12.11.01).
La
Navidad es ahora saturación de estímulos visuales
(derroche de electricidad con efectismo cargante) y sonoros (estridentes
villancicos desnaturalizados electrónicamente en los establecimientos
comerciales), todos ellos invitándonos al más irreflexivo
consumismo compulsivo (hace un año Gabriel Albiac publicó
una intresante reflexión estética/ética sobre
el paisaje urbano en Navidad, En
la ciudad profanada). Es la gran fiesta del capital, convenientemente
adornada por el sistema con disfraces "solidarios" (tarjetas,
regalos a los pobres...) que, aun teniendo su indudable función
benefactora, contribuyen a amortiguar el complejo de culpa provocado
por los empachos de comida y de objetos inútiles.
Ya en 1925, en los
albores de nuestra materialista sociedad de consumo, el gran escritor
alemán Hermann Hesse, quien no era precisamente cristiano,
advirtió la gran contradicción de esta fiesta: "La
Navidad es una suma, un almacén de regalos de todos los
sentimentalismos y mendacidades burgueses. Es un motivo de desenfrenadas
orgías para la industria y el comercio, el artículo
más sensacional de los almacenes, huele a hojalata lacada,
a ramas de abeto y a gramófonos, a agotados carteros y
chicos de reparto que murmuran por lo bajo, a alborotadas fiestas
familiares bajo el árbol engalanado, a suplementos de los
periódicos y a una gran publicidad; en resumen, a mil cosas
que me resultan extremadamente odiosas y que me serían
indiferentes y ridículas si no hicieran un uso tan lamentable
del nombre del Salvador y del recuerdo de nuestros años
más tiernos".
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Una
muerte que apenas sirvió de lección
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(25 de noviembre de 2001)
El 19 de noviembre
moría asesinado el periodista Julio Fuentes en Afganistán.
Un hecho triste que no debiera tapar, sin embargo, otros muchos
no menos tristes y violentos que acontecen en ese mismo contexto
y en otros igualmente dolorosos.
«Asesinados
a sangre fría» ösegún informaron los medios
de comunicaciónö murieron cuatro periodistas occidentales
en el castigado territorio afgano. Entre ellos se encontraba el
español Julio Fuentes, adscrito al diario El Mundo.
La muerte de un reportero,
por su condición de tal, suele estar connotada de un matiz
que la hace singularmente penosa: estaba allí para informar,
y en alguna medida para denunciar los horrores de
la guerra. Que él mismo se convierta en víctima
mortal hace aún más auténtica, pero también
más terrible, su valiosa y valerosa misión. Pues
un hecho así patentiza sus informes rubricándolos
con la entrega de la propia vida.
No todo es heroico,
sin embargo, en esta historia. Los noticiarios radiofónicos
y televisivos desplegaron tiempo y medios al servicio de la noticia.
Un tiempo y unos medios desproporcionados, sobre todo cuando se
los compara con el que reciben las víctimas civiles de
esta atroz guerra afgana. Por no hablar del resto de las guerras
y conflictos violentos que siembran el planeta de sangre y fuego,
la mayoría de los cuales han quedado eclipsados en estos
días: desde las luchas feroces del Sudán
hasta la permanente y multiforme contienda que tiñe de
rojo Colombia, o las crueles persecuciones que en Indonesia
padecen las minorías religiosas.
Por la nacionalidad
del fallecido, y por su condición de periodista, resultaba
esperable que los medios informativos concediesen atención
a la muerte de Julio Fuentes. Pero el volumen de la cobertura
prestada (por ejemplo, cierto noticiario estelar de la radio pública
dedicó la mitad de su media hora a ese suceso) ya no parece
tan razonable. Y acaso al propio periodista (a quien cuentan "de
raza", es decir, empeñado en investigar y subrayar
lo relevante) le hubiera parecido excesiva.
Entiéndase
bien lo que queremos decir: Dedicar espacio y tiempo a informar
y valorar una muerte (y más una de esta índole)
no es intrínsecamente un dispendio, por mucho
que se le dedique. Pero hacerlo por motivos espurios, como parece
ser el caso (según veremos después), resulta de
lo más lamentable. Porque, al hilo de la muerte que nos
ocupa, no se ha condenado el asesinato en tanto que tal,
no se ha señalado el mal realmente universal
que anida en todo acto sangriento: la violencia misma.
No se ha afrontado, en suma, el pecado (permítaseme
esta palabra tabú) que implica toda extirpación
voluntaria de una vida humana.
Se ha perdido así
una excelente ocasión para denunciar la barbarie de
fondo, que no es otra que la violencia en toda la tierra,
la misma que asola, de modo destacado pero ni mucho menos exclusivo,
Afganistán. El gremialismo de la prensa, centrando
el asunto en sí misma y no en el mal subyacente,
corrió una cortina de humo sobre lo que está sucediendo
en nuestros días con la anuencia, e incluso promoción,
de los más altos estamentos internacionales: la matanza
de inocentes y la masacre bélica en el país centroasiático,
en una guerra que sólo se anuncia como el primer eslabón
de una cadena "duradera". Cadena que, sin duda,
seguirá agravando la extrema violencia en el conjunto de
la tierra.
El asesinato de Julio
Fuentes podía y debía haber servido para recordar
la "utilidad" real de toda guerra: ocasiona muertes,
tanto "colaterales" como "centrales", y sirve
para perpetuar un sistema, el del odio y la venganza,
que la humanidad lleva ensayando durante milenios sin que haya
servido para resolver ninguno de sus problemas, y mucho menos
para obtener la paz. El cadáver de Julio Fuentes debería
haber levantado ante las conciencias el horror y el absurdo de
que a estas alturas se consientan, y aun promuevan con entusiasmo,
la guerra y la venganza como medios de resolución de conflictos.
Debiera haber dirigido nuestros ojos a la realidad de que, como
él, muchos otros están muriendo inútilmente
en este mundo enloquecido, y de modo específico en esa
guerra afgana (cuyas imágenes, por cierto, nos dosifican
a su arbitrio quienes detentan el control de la información).
Pero no ha de sorprender
demasiado que el mensaje de condena a la guerra no haya trascendido.
La mencionada cortina de humo tiene una motivación definida:
la paz no interesa a los grandes medios de comunicación,
al menos en el momento presente. Son muchos, de hecho, y muy poderosos,
los intereses creados a favor de la guerra. El propio
periódico en el que trabajaba Julio Fuentes, y que con
el lógico dolor ha llorado su muerte, viene manifestando
en su línea editorial (particularmente en los artículos
de su director) una clara defensa de la campaña bélica
que le ha costado la vida a su reportero.
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Lo
que dicen y lo que en realidad quieren decir
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
y J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(3 de diciembre de 2001)
Numerosos
personajes públicos, especialmente los políticos,
hacen declaraciones en las que expresan una cosa pero implícitamente
comunican algo distinto. En La Excepción nos permitimos
"traducir" algunas de estas frases crípticas.
He aquí la primera entrega.
José María
Aznar, presidente del gobierno español
«Una acción
militar precipitada contra Bagdad podría poner en peligro
la coalición internacional contra el terrorismo.»
(El Mundo, 2.12.01)
Traducción
«Si me permitís el consejo, pensaos bien la excusa
antes de proceder a las nuevas masacres; y una vez debidamente
elaborada, Áproceded con entusiasmo!» .
George Bush padre,
ex presidente de Estados Unidos
«Estoy preocupado por Irak, como todo el mundo lo está»
(1.12.01)
Traducción
«Obviamente, si Estados Unidos está preocupado
por algo, el resto del mundo también debe de estarlo, aunque
tal vez aún no haya reparado en ello» .
Miguel Arias Cañete,
ministro español de Agricultura
«Hemos sido capaces en el plazo de un año de
recuperar la confianza de los consumidores y eso no es casual.
Se debe a que se han puesto en marcha todos los mecanismos de
control de la salubridad de los productos cárnicos»
(ABC, 25.11.01)
Traducción
«Al menos, durante este año se han puesto en
marcha con éxito todos los mecanismos automáticos
para una percepción distorsionada de la realidad por parte
de los españoles, de manera que o bien se han olvidado
del peligro que siguen corriendo al consumir animales contaminados,
o bien les hemos convencido de que pueden seguir haciéndolo,
para una mejor salud de las finanzas del sector.»
ICPress,
a raíz de un mensaje del papa
«Juan Pablo II ha mostrado de nuevo su disponibilidad
a que teólogos y expertos debatan cómo articular
ese primado para, sin renunciar a las esencias, ajustar su ejercicio
a las expectativas de los no católicos» (19.11.01).
Traducción
«Juan Pablo II ha mostrado de nuevo su disponibilidad
a que teólogos y expertos formulen el dogma sobre el primado
papal para que, diciendo exactamente lo mismo, les parezca a los
no católicos que dice algo distinto.»
Un portavoz del
primer ministro británico Tony Blair
«La gente protestará en contra [de las medidas
antiterroristas] pero nosotros estamos absolutamente determinados
a hacer una justa elección entre el respeto a los derechos
humanos, que son importantes, y el derecho de una sociedad a vivir
sin la amenaza del terrorismo» (El Mundo, 10.11.01)
Traducción
«Nos da igual lo que piensen nuestros electores. Nosotros
decidiremos qué medidas tomar a favor de su seguridad,
y qué derechos conculcar.»
George W. Bush
«Algunos crímenes son tan terribles que ofenden
a la humanidad... El mal ha vuelto, y su causa se ha renovado»
(10.11.01).
Traducción
«Otros crímenes, ìgualmente terribles,
sólo ofenden a quienes los sufren. Porque todos los terrorismos
son iguales, pero no todos los crímenes son iguales.»
Colin Powell,
secretario de Estado de Estados Unidos
«Países como Irak, que han tratado de conseguir
armas de destrucción masiva, no deben pensar que no les
dedicaremos nuestra atención» (8.11.01)
Traducción
«Gentes de Irak: Salvo que mucho cambien los vientos,
estáis inexorablemente condenadas.»
Banco de España
«Los salarios no deben caer en la tentación de
acomodarse a aumentos transitorios de los precios» .
Traducción
«Los trabajadores deben resignarse a perder capacidad
de compra» (cita y traducción tomadas de Javier Ortiz,
El Mundo, 7.11.01).
Editorial de El
Mundo
«El éxito militar de EEUU sería el mejor
estímulo a una economía que se ha contagiado del
miedo al futuro» (1.11.01).
Traducción
«Si es preciso, procédase a un rápido
genocidio, pues la economía lo agradecerá.»
©
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