Frase sensata
del mes

«Sería un error que se pudiera llegar a utilizar la guerra emprendida contra el terrorismo para intentar hacerse con el control de determinados países o regiones del planeta. De llegar a ser así, esto desacreditaría en buena manera a la coalición» (Mijail Gorbachov, El Mundo, 22 de octubre de 2001).
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Frase insensata
del mes

«Debemos acudir en ayuda de quien es hoy el principal sostén de la sociedad abierta, es decir, en defensa de los Estados Unidos de América» (Pedro Schwartz, ABC, 15 de octubre de 2001).
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Noviembre 2001
 
"Una fecha y sus secuelas (sobre la crisis internacional presente" (continuación) . Si bien resulta desolador el presente panorama internacional, cabe atisbar tras sus negras brumas un rayo de la más genuina esperanza.
4. Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva realidad totalitaria
 
"El Vaticano ante la guerra de Afganistán". Un seguimiento de las declaraciones oficiales del Vaticano desde el 11-S permite comprobar que navegan en una calculada ambigüedad, con el objetivo de dar sensación de pacifismo por un lado, pero dejando patente la postura pragmática que siempre caracteriza a este estado.
     
     
     

 

Una fecha y sus secuelas (Continuación)
(sobre la crisis internacional presente)
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (2 de noviembre de 2001)

Concluye aquí el artículo que, sobre este asunto, comenzó el mes pasado (ver).

4. Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva realidad totalitaria

Una vez iniciada la venganza contra Afganistán se han confirmado los peores pronósticos recogidos en la tercera parte de este mismo artículo, escrita el 27.9.01 (ver 3. Consecuencias y repercusiones: barbarie sobre barbarie). Las muertes de personas completamente ajenas al núcleo del conflicto se han ido acumulando ante nuestra mirada impotente y sobre las conciencias de sus ejecutores y de sus innumerables cómplices. De este modo, a los varios millares de víctimas del 11.9.01 se vienen sumando, día tras día, nuevas pérdidas de vidas inocentes, las cuales muy pronto –me encantaría equivocarme– superarán en número a las de aquella fecha. Bastaba una sola muerte para condenar esta represalia, dado el valor infinito de una vida humana (ver El condenado y el sistema: dos caras de la misma moneda); pero la atroz masacre crece a diario y las condenas exclusivamente proceden de sectores marginales, ajenas a los círculos principales del poder y de los medios de comunicación.

Esto último es algo particularmente trágico sobre todo cuando se observa la frivolidad que, incluso después del 11.9.01, sigue tiñendo el estilo de vida en las sociedades opulentas (ejemplificada también en el tono animado, e incluso festivo, con que algunos locutores hablan de la guerra-espectáculo en sus noticiarios). Una tragedia, la de la general indiferencia (similar a la que caracterizó a la mayoría de los alemanes durante el ascenso del nazismo, como recordaba Javier Ortiz en su excelente artículo "¡Si hubiese sabido!", en El Mundo, 20.10.01), que acaso debería interpelar a todo sincero partidario de la paz y del pluralismo democrático; o, en última instancia, a toda alma sensible al dolor ajeno.

Como señalaba el profesor Zygmunt Bauman (en "El desafío ético de la globalización", El País, 20.7.01) para un contexto diferente, pero con términos aplicables aquí: «Cuando un ser humano sufre indignidad, pobreza o dolor, no podemos tener certeza de nuestra inocencia moral. No podemos declarar que no lo sabíamos, ni estar seguros de que no hay nada que cambiar en nuestra conducta para impedir o por lo menos aliviar la suerte del que sufre. Puede que individualmente seamos impotentes, pero podríamos hacer algo unidos. Y esta unión está hecha de individuos y por los individuos»(cursiva añadida).

En varias ocasiones, como en el ataque a un hospital que ocasionó cien víctimas mortales, el gobierno norteamericano puso en duda la versión talibán, atribuyéndola a la propaganda. Pero finalmente, en un gesto de honestidad que pese a todo le honra (aunque eso apenas mengüe su deshonra), dicho gobierno acabó reconociendo la veracidad de los hechos. Admisión que, naturalmente, no se acompañó del menor signo de arrepentimiento. Porque en la lógica de cualquier conflicto, y más en uno de estas características, la maldad es patrimonio exclusivo del otro (ver Malos contra malos), de lo que cabe deducir que "los nuestros" solamente pueden hacer el bien.

Y en esta línea, por parte de sus ejecutores y de su inmensa red de corifeos (entre quienes, no lo dudamos, a menudo anida la mejor de las intenciones..., tal vez junto a la peor de las cegueras), se consideraron dichas muertes una "desgracia", a la que algunos añadieron la coletilla de "inevitable"... ¿Habrían usado estos términos si entre las víctimas se hubiera encontrado algún caro allegado suyo? Como recuerda Irene Khan, actual secretaria general de Amnistía Internacional, «las violaciones de los derechos humanos no se cometen contra "el otro bando", sino contra una madre, una hermana, un hermano, un hijo» (El País, 19.8.01; negrita añadida).

Quienes defienden la guerra añaden que el responsable último y real de los "efectos colaterales" es el gobierno talibán, en conjunción con Bin Laden, por haber desencadenado las primeras hostilidades en este conflicto. Y, por si queda alguna duda, arguyen que los líderes afganos usan a su población como "escudos humanos", al ubicar sus armas defensivas en centros civiles como mezquitas, escuelas, sanatorios u otros, a fin de que no sean destruidas por los bombardeos de la Coalición. (Entretanto, los dirigentes de la Alianza del Norte, la oposición afgana antitalibán, ya han deplorado las víctimas civiles, llegando a advertir que se replantearán su asociación con las potencias occidentales en caso de seguir produciéndose). [Para un excelente análisis de las similitudes entre los "daños colaterales" de una guerra como ésta y los efectos "no deseados" de cualquier acción terrorista, incluidas las de ETA, recomiendo encarecidamente el artículo de Antonio García Trevijano, "Efectos colaterales", en La Razón, 22.10.01.]

Los nazislámicos, por su parte, en vez de proceder a una reflexión conducente a decisiones benéficas para su pueblo, han continuado caldeando el ambiente y llamando a la "guerra santa" (esa infame contradicción en los términos, que tanto recuerda a la occidental "guerra justa"). La espiral acción-reacción ha quedado definitivamente servida, y los señores de la guerra de uno y otro bando, incluidos los fabricantes y traficantes de armas, se gozan de poder hacer su agosto en plena estación otoñal.

La razón frente a la barbarie

Es mi personal opinión que la mera razón humana (aquélla que Kant, llamándola "pura", se dedicó a "criticar") no es capaz de contener la barbarie. El fracaso de la Ilustración, como ya otros pusieron de manifiesto (de modo reseñable, Nietzsche y Heidegger, pero también Horkheimer y Adorno), se deriva de haber creído que no sólo era capaz de aquello, sino que lo sería, incluso, de traer felicidad a la especie humana. Una fe sin duda bienintencionada, pero que ha engendrado monstruos sin cuento.

Con todo, no tengo el menor interés en sostener que estos monstruos sean fruto exclusivo de esa razón desenfrenada. Antes de la Ilustración y fuera de ella (como lo evidencian los nazislámicos), la monstruosidad también existe (ver 1. El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente). El problema no radica, pues, en la razón misma, sino en la mente que la emplea. La naturaleza de ésta, de hecho, presenta rasgos comunes con la de quienes no la emplean o, empleándola, no lo hacen al modo que se supone propio de Occidente. Es, en suma, la mente humana, sin distinción de razas, épocas históricas o civilizaciones, la que se encuentra «en hiel de amargura y en prisión de maldad» (Hechos 8: 14).

A pesar de todo ello, la razón sigue siendo útil. Útil para delatar con rigor las artimañas del mal, y útil para movilizar a las almas sensibles contra la sinrazón. Y especialmente útil cuando reconoce su papel meramente instrumental y se pone al servicio de las premisas genuinamente éticas: las que encuentran el asenso de la voz de la conciencia y concuerdan con la moral más excelente que nos es dado conocer.

Usemos, pues, la razón frente a la barbarie. No lograremos, seguramente, parar esta guerra, evitar la sangre que seguirá brotando. Pero siempre habrá personas que se sentirán interpeladas, y que tal vez contribuyan a crear entornos, por reducidos que sean, en los que crezcan el espíritu crítico y el amor a la paz.

Querido/a lector/a, le invito a imaginar la siguiente situación: Supongamos que pertenece usted a una extensa familia, y que uno de los patriarcas de la misma ejecuta una cruel masacre entre los miembros, exentos de culpa en cualquier conflicto previo, de una familia ancestralmente rival de la suya (y tal vez, más poderosa que ésta). Los daños humanos son estremecedores.

Los patriarcas de la familia rival condenan la brutal matanza a la vez que identifican de inmediato al causante de la misma. Argumentan que se trata de un crimen horrible, sobre todo por tratarse de inocentes. Y acto seguido, querido/a lector/a, inician una represalia contra su familia con la excusa de que su pariente genocida ha de pagar sus culpas.

Fruto de esta represalia, que al parecer busca con denuedo a dicho pariente suyo, usted empieza a contemplar un rosario de muertes (supuestamente imprevistas pero perfectamente esperables) entre sus familiares, de cuya inocencia no puede usted dudar y le consta, además, que tampoco la familia rival duda lo más mínimo. Como es natural, le sobrecogen el dolor y el espanto, pero su desgarro se acentúa cuando escucha que se trata de una "desgracia inevitable" cuyo verdadero responsable es el patriarca de su familia. A su lado, querido/ amigo/a, tal vez cae su abuelo, o su propia madre, tal vez sus hijos..., y usted contempla cómo los ejecutan los miembros de la familia rival que buscan al asesino en masa (quien, curiosamente, parece haber logrado escapar, al menos de momento). Pero no hay nada que hacer, pues se trata de una lógica infernal.

Ya lo ve, hemos echado mano de la razón. Pero no se haga ilusiones: esta argumentación racional irrefutable convencerá a muy pocos que no estuvieran ya convencidos. (Tal vez ni siquiera le convenza a usted, en cuyo caso habré de agradecerle que al menos haya sido capaz de leer hasta aquí; y ya sería un logro extraordinario que continuase haciéndolo. Pues, pese a todo, nos proponemos seguir usando la razón).

Frente a esta guerra terrorista

"War against terrorism" (guerra contra el terrorismo). Así se nos presenta, cada día, la actuación agresiva sobre Afganistán. Mediante el continuo recuerdo del horror que los terroristas son capaces de cometer (también en sus nuevas formas, como la difusión del ántrax), se justifica el horror que se comete sobre la gente de ese devastado país. A los más de veinte años de guerra con su interminable secuela de muerte, miseria y refugiados, y a la dureza de un régimen como el nazislámico, se agregan ahora los diarios bombardeos de una guerra terrorista cuyos responsables aún no han sido capaces de probar la implicación de Bin Laden en los sucesos del 11.9.01.

Se nos ha reiterado, asimismo, que el proceder de George Bush en esta crisis ha sido admirablemente paciente y comedido, al dejar que transcurrieran varias semanas antes de iniciar los actos de represalia. De este modo se transmite la idea de que donde hay prudencia y ponderación no puede haber injusticia. Y de paso, se pretende adormecer las instancias críticas que nos permitirían recordar algo: que la naturaleza misma de los actos supone un atropello contra el derecho y la justicia, al reducir a una sangrienta venganza lo que debería haber sido una legítima persecución jurídico-policial de los criminales.

La verdadera paciencia, el auténtico respeto a la justicia, habrían aconsejado otro modo de proceder, el cual también se hallaba al alcance de los Estados Unidos y sus aliados. En el marco de la ONU, podían haber usado su influencia para impulsar una adecuada regulación del derecho internacional, con el objetivo de aplicar la justicia donde hoy se recurre a la venganza. No para efectuar alardes de fuerza, sino para mostrar la firme voluntad internacional de poner coto a la amenaza terrorista con las armas legales a disposición de toda la sociedad de naciones. No para asegurarse un mayor control sobre todos los ciudadanos, sino para garantizar que crímenes como los del 11.9.01 no quedasen impunes. Y, en suma, no para conseguir una posición todavía más hegemónica en el conjunto del planeta, sino para prevenir nuevos crímenes y nuevas guerras mediante la instauración de un ordenamiento jurídico global más equitativo.

¿Por qué no se ha procedido así? En el plano más superficial, por dos motivos básicos. El primero, porque pese a lo que se diga, se ha preferido la vía de la precipitación (no exenta de cálculo interesado) a fin de calmar la sed vindicativa de una población comprensiblemente herida en lo más profundo de su corazón, pero también en su orgullo. El segundo, porque tal proceder, para ser realmente justo y sincero, hubiera exigido una reconsideración de actuaciones previas de los Estados Unidos y otros países occidentales en relación con otros conflictos: destaquemos el palestino-israelí y el que enfrenta a Marruecos con el Frente Polisario, reavivado en los últimos días. No sólo eso, sino que también habría exigido un replanteamiento de la lógica actualmente seguida en el proceso de globalización, caracterizado por favorecer el hegemonismo económico y militar estadounidense y occidental, y oprimir a los países pobres.

Pero en un plano más profundo, si no se ha procedido de acuerdo con el derecho ha sido, con toda probabilidad, porque no había la menor intención de hacerlo, aunque sí de aparentarlo. Pues, por duro que nos resulte admitirlo, los Estados Unidos y otros países occidentales han hallado en los traumáticos sucesos del 11.9.01 la ocasión idónea para resolver una serie de problemas y avanzar unas cuantas posiciones en el tablero internacional. Entre los primeros cabe citar la inseguridad económico-financiera, asociada en parte a inestabilidades políticas en áreas de influencia "integrista"; las dificultades para garantizar los canales de distribución de gas y petróleo, gestionados por compañías occidentales; y los casos de terrorismo interno de algunos países, como Reino Unido y España. Y respecto a las posiciones buscadas, serían aquéllas que, en el futuro, permitan prevenir la (re)aparición de esos y de cualquier otro problema susceptible de afectar a los intereses occidentales en cualquier punto del planeta.

Lo de menos es, por tanto, el castigo a los presuntos culpables del 11.9.01, pues la caza y captura de Bin Laden sería tan sólo una excusa: su cumplimiento no es del todo desdeñable, a efectos de calmar la sed de venganza, pero sí es perfectamente demorable. No es lo relativo a ese oscuro y maximalista personaje, pese a ciertas apariencias, lo que obsesiona a Estados Unidos, sino el supremo objetivo de hacerse con el poder en todo el mundo. Resulta, pues, plenamente comprensible que la guerra terrorista se pretenda larga y no limitada a los ataques sobre Afganistán.

Que nadie se engañe: son tales intereses los que están detrás de esta guerra siniestra, que hace uso de bombardeos masivos (con misiles tan inteligentes que yerran a diario), proyectiles subterráneos y bombas de racimo, ya célebres por su carácter ominoso. Y que condena a la muerte de hambre y de frío a miles de personas aisladas y/o refugiadas, mientras con "humanitario" cinismo arroja bolsas de alimentos para quienes las bombas (aún) no han asesinado.

Frente a esta realidad totalitaria

Si yo digo: «Es un crimen que el hijo del mulá Omar, de trece años de edad, haya sido asesinado en los bombardeos», seguramente más de uno, aquejado de simplismo bipolar (ver 1. El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente), me considerará cómplice o, cuando menos, simpatizante del terrorismo. A sus ojos, ese niño forma parte de un conjunto de seres remotos y anónimos que se merecen todo cuanto les pueda ocurrir.

Ese niño (¿quién puede dudarlo?) era sin embargo tan inocente como cualquiera de los miles de almas perecidas en las Torres Gemelas de Nueva York. Negar este hecho es una insensatez comparable a la de quienes (también los hay) estiman que dichas víctimas se lo tenían merecido. Y sin embargo, para la lógica hoy dominante en los círculos de poder y de opinión occidentales, atreverse a denunciar la muerte del hijo de Omar es un acto tabú. Y el osado que lo "cometa" será digno de figurar en la lista negra que algunos ÷como el influyente Federico Jiménez Losantos÷ ya están confeccionando para la CIA [ver La carta que 'Libertad Digital' no quiso publicar (y el artículo que la motivó)].

Este es sólo uno de los síntomas que apuntan a un totalitarismo creciente, pero hay muchos más (ver 1. El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente). Una queja habitualmente esgrimida contra quienes en Occidente se oponen a la guerra arguye que éstos piden paz a las democracias y no a los terroristas. No voy a negar que haya quienes, llevados de un fanatismo similar o paralelo al de los nazislámicos, actúen así. Pero ésa no es la manera de proceder más común entre los contrarios a las matanzas de Afganistán.

Ahora bien, lo más grave no es esa falacia, sino que tras ella suele latir, calladamente, el cuestionamiento de un derecho que es también una obligación ineludible. Pues los ciudadanos de un país democrático tienen el derecho y el deber de vigilar al poder en todas sus actuaciones, tanto internas como externas. Si operan fuera del control ciudadano, los gobiernos acaban equiparándose a los terroristas, con quienes resulta imposible diálogo alguno que no presuponga la aceptación de sus condiciones básicas (i.e., de su posición de fuerza, o en términos aún más claros, de su dominio violento). Poner en duda ese derecho ciudadano a controlar al poder, con la excusa de que hay poderosas razones de seguridad para hacerlo, supone la implantación en la práctica de un estado de excepción; el cual, por su carácter indefinido, nos lleva a ver amenazados los mismos cimientos de la democracia y del estado de derecho.

Esta tendencia se concretó aún más a finales de octubre con la promulgación de una ley antiterrorista en los Estados Unidos que suspendía una serie de garantías jurídicas, en particular entre los extranjeros. Según dicha ley, cualquier inmigrante –incluidos los legales– puede ser detenido durante siete días si se le considera sospechoso de vinculación terrorista. Además, la citada norma autoriza la vigilancia telefónica y cibernética (comunicaciones por Internet) con el requisito de un único permiso judicial, así como el seguimiento de las actividades de los cientos de miles de estudiantes universitarios extranjeros que residen en los Estados Unidos.

En la misma línea, el gobierno canadiense, afectado por la misma psicosis, también ha autorizado las detenciones preventivas, ampliado la vigilancia electrónica y, junto a ello, ha eliminado el derecho de los sospechosos a no declarar durante una investigación.

En suma, que George Orwell, el paradigmático delator del doblepensar propio de la clase política, tenía razón. Los Estados Unidos (y tras este país, el resto de Occidente) se levantan hoy, es probable que de manera ya definitiva, como la potencia que en nombre de la libertad acabará suprimiéndola (ver Estados Unidos, vigía de la libertad).

Ante tantas evidencias, ¿continuará la pasividad general?


5. Conclusión B: ¿Hay esperanza?

Venimos pintando un panorama desolador. Acaso algún lector no haya podido resistir tanta negrura, y haya decidido abandonarnos. Los diagnósticos pesimistas suelen espantar, y a muchos profetas del pasado (a quienes dedica un bellísimo homenaje el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos) los persiguieron, e incluso asesinaron, por atreverse a pronunciarlos.

La gente no quiere oír hablar de perspectivas tenebrosas. Es comprensible y hasta deseable. Lo que ya no se justifica es que para evitarlo recurra con tanta frecuencia a actitudes evasivas, acríticas o falaces; que, sin ser innatamente estúpida, se comporte como tal consintiendo en ser engañada; y que, convertida en público, siga anteponiendo sus frívolos divertimentos (los que le suministra el sistema) a su deber ético de actuar para poner freno a la barbarie.

Si en lugar de dejarse adormecer por medio de la manipulación informativa y los entretenimientos opiáceos, se aprestase a escudriñar la realidad presente, es más que probable que la gente reconociese sobrados motivos de alarma en los signos de los tiempos. Y que al hacerlo, buena parte de ella (una porción mucho mayor que la que hoy se moviliza) se sintiese animada a intentar cambiarlos.

Pero siempre será una minoría la que opte por actuar así. Sus integrantes siempre constituirán la excepción. La falsa condición que es característica de "progresías" como la española se está confirmando en muchos de sus representantes a lo largo del actual conflicto. Su superficialidad teñida de hedonismo no está preparada para afrontar momentos críticos como éstos; por definición, el progre o pseudoprogresista tiende a conformarse a los signos de los tiempos, pues por naturaleza es el ser más opuesto a la genuina revolución. No es extraño que los progres sean hoy legión en las filas belicistas; o que los que se mantienen al margen de ellas se limiten a callar o, a lo sumo, a expresar tibias reservas

Hoy es tiempo de reacción y el progre, asustadizo, se echa a un lado, pues apenas encuentra eco social a sus proclamas (y ese eco es el alimento del progre). Es cierto que aun entre éstos hay excepciones: pero cuando la crisis se acentúe, tendrán que decantarse. Y si se decantan hasta el final por la paz y la libertad, dejarán de ser progres.

La nuestra es, pues, una época que presencia la marea creciente del pensamiento único. Mientras se pueda denunciar públicamente, aún habrá tiempo. Pero las actitudes reaccionarias dominantes permiten prever que ya no quedan muchos días de libertad. ¿Cuántos serán...?

Es convicción mía que el mal tiene, en su mismo desarrollo, su propio factor corrector. Llegado a cierto nivel, desata una repugnancia creciente entre las almas. No es que, en razón de ello, sea en alguna medida bueno; tampoco es que lo sean dichas almas. Es que justamente por ser malo, y por desarrollarse de modo que sus contornos resultan cada vez más precisos, el mal tiende a despertar la conciencia moral humana, esa facultad –hoy tan entumecida– que permite distinguir entre el bien y el mal.

También esto sucederá, en alguna medida, en nuestros días. Pero el sistema lleva muchos años dotándose de los medios (fundamentalmente, propagandísticos, controladores y cada vez más coercitivos) que limiten al máximo el alcance de esa medida. El peor cazabombardero no es ninguno de los B-52 que arrasan actualmente Afganistán, sino el que desde los medios de comunicación se dedica, de manera aún más sistemática que aquéllos, a mantener las conciencias dormidas. Y lo hace con multitud de distracciones, así como mediante continuos pronunciamientos en favor de la "civilización", la "libertad", la "democracia" e incluso la "paz", hechas todas ellas en tono sensato y ponderado.

En el fondo, nada nuevo bajo el sol... La justicia nunca fue un valor masivamente defendido, salvo en proclamas de papel mojado. El justo fue, en todo tiempo y lugar, un elemento subversivo. Cuanto más firme era su empeño en la observancia de la rectitud, más candidato se hacía a pagar por causa de ella. Por alguna diabólica razón, la coherencia moral en la defensa del bien siempre ha suscitado la rabia y el encono.

El mayor modelo de justicia fue también el paradigma del amor. Sin culpa en ningún conflicto, también él, como hoy tantas víctimas inocentes, fue injustamente asesinado. Y lo fue, si cabe, aún más injustamente que aquéllas, pues él «nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca» (Isaías 53: 9). Pero eso no bastó para que respetasen su vida; antes bien, eso fue la causa de que se la quitaran.

Lo clavaron en un vil madero pensando que así crucificarían sus conciencias. Pero, resucitando al tercer día, el clamor de éstas se hizo aún más insufrible. Los siglos pasaron y volvieron, infinidad de veces, a "clavar" su recuerdo, y a sus seguidores, en esa horrible "cruz". Pero su vida era tan plena que su memoria siempre "resucitaba"; y sus seguidores, aunque minoritarios, proliferaban una y otra vez.

Su palabra viva sigue resonando. Y aun en medio de estas horas negras, nos consuela con su esperanza: «Tened buen ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16: 33).

© LaExcepción.com

El Vaticano ante la guerra de Afganistán
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (1 de noviembre de 2001)

Un seguimiento de las declaraciones oficiales del Vaticano desde el 11-S (que se ofrecen con detalle a través de la página y boletín de su agencia de prensa, www.zenit.org) permite comprobar que navegan en una calculada ambigüedad, con el objetivo de dar sensación de pacifismo por un lado, pero dejando patente la postura pragmática que siempre caracteriza a esta institución.

Los primeros llamamientos del papa apelaban a «la construcción de un mundo mejor» (Zenit, 12.9.01) y a ătrabajar por la llegada de una nueva era de cooperación internacional inspirada en los más elevados ideales de solidaridad, justicia y paz», luchando contra ălos enemigos tradicionales de la humanidad: la pobreza, las enfermedades, la violencia». También pidió que el pueblo de Estados Unidos ăno ceda a la tentación del odio y de la violencia» y reaccione con ăjusticia» (16.9.01).

La Comisión de Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea consideró que «el uso masivo de la fuerza no es una respuesta adecuada para restablecer la ley y la justicia», urgiendo «a los líderes de la Unión Europea a hacer todo lo posible para prevenir el hundimiento en un torbellino de guerra y represalia» (19.9.01). En la misma línea pacifista, el papa afirma que las operaciones militares «nunca sirven al bien común de la humanidad, la violencia destruye y no construye, las heridas que provoca quedan sangrando durante mucho tiempo» (21.9.01).


"Guerra justa"

Pero a partir de finales de septiembre se comienzan a escuchar otras voces. En primer lugar, en una carta dirigida a George Bush, Joseph A. Fiorenza, el presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, explica que los obispos «apoyan los esfuerzos de nuestra nación y de la comunidad global para hacer justicia a aquellos individuos, grupos y gobiernos responsables de los atentados», e indica que «toda respuesta militar debe estar de acuerdo con los principios morales, en particular con las normas de la tradición de la guerra justa» (21.9.01). Ya el día 17 el cardenal Roberto Tucci, director de Radio Vaticano, hablaba de la necesidad de «extinguir los nidos de odio que existen en el mundo contra Estados Unidos y contra el mundo occidental», precisando que ăel gran peligro es el de no proponerse objetivos claramente determinados».

Desde estas fechas, Zenit emite una gran cantidad de comunicados en los que se va perfilando la concepción del magisterio católico sobre la guerra justa. Hábilmente, los textos vienen titulados de forma interrogativa ("¿Una «guerra justa» contra el terrorismo?"), mientras que las conclusiones son claras: Según el Catecismo de la Iglesia Católica, «una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa». Se argumenta que «el recurso a la fuerza no debería ser descartado categóricamente. De este modo, mientras los Papas modernos han subrayado la importancia de la resolución pacífica de las injusticias, esto no significa que en alguna ocasión pudiera justificarse una acción militar» (22.9.01). Se recuerda igualmente que el mismo Catecismo admite que hay casos «de extrema gravedad» en los que no se puede excluir «el recurso a la pena de muerte». Numerosos textos oficiales y declaraciones de obispos publicados en Zenit detallan todas las rigurosas condiciones que deben garantizar la legitimidad moral de las respuestas militares.

Paralelamente, Wojtyla realiza desde Kazajstán llamamientos genéricos a la oración y en favor de la paz, en los que nunca se menciona la situación concreta de Afganistán: «Las cuestiones controvertidas no deben ser resueltas con el recurso a las armas, sino con los medios pacíficos de la negociación y del diálogo» (22.10.01). La agencia vaticana insiste en que «el Papa ha pronunciado incansablemente una misma palabra al referirse a la nueva situación internacional: "paz"», pero es difícil encontrar textos completos de las alocuciones de Wojtyla. Las citas que se incluyen son más bien ambiguas: «Especialmente hoy, la complejidad y los cambios de la situación internacional requieren optar entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz, la humanidad y la inhumanidad, la verdad y la falsedad» (27.9.01).

Mientras se va desplegando la maquinaria de guerra estadounidense, el portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro-Valls, sorprende el 24 de septiembre declarando que «si alguno ha herido gravemente a la sociedad y existe el peligro de que en caso de que quede en libertad pueda hacerlo de nuevo, tienes el derecho de defender la sociedad de la que estás al frente, aunque esto signifique que los medios que utilices puedan ser agresivos. [...] A veces la autodefensa implica una acción que podría llevar a la muerte de una persona».

El día 25 el ABC de Madrid, caracterizado por su marcado catolicismo oficialista, se sitúa del lado del representante papal: «El Vaticano, por medio de su portavoz, Joaquín Navarro-Valls, ha hecho pública su posición acerca de la legitimidad moral del empleo de la violencia para defender a la sociedad de los ataques criminales del terrorismo. [...] El Vaticano afirma que comprendería, en el caso de que la solución pacífica no fuera posible, que Washington recurriera a la fuerza con el fin de defender a sus ciudadanos ante futuras amenazas. Dada la influencia social y moral de la Iglesia Católica en gran parte de la opinión pública del mundo occidental, la posición vaticana reviste una especial trascendencia».

El mismo diario madrileño, como en otras ocasiones "más papista que el papa", sintetiza las declaraciones de Navarro-Valls con la postura belicista que el propio periódico viene apoyando desde el 11 de septiembre: «La no violencia no es un valor absoluto e incondicionado [...]. El verdadero pacifismo es el que busca la paz y lucha contra las causas de la guerra, no el que, bajo un fundamentalismo de la no violencia, suele acabar favoreciendo la causa de los enemigos de la paz. [...] A partir de estos principios, el Vaticano legitima una eventual acción violenta de Estados Unidos y sus aliados, con el único fin de impedir la comisión de nuevos crímenes terroristas. [...] La declaración vaticana resulta tan irreprochable desde el punto de vista de los principios y valores morales como pertinente desde la perspectiva de su contribución a la formación de la opinión de los católicos, muchas veces sometidos a la propaganda de un falso pacifismo y de una extraviada defensa de la no violencia absoluta que, de ser aplicada, llevaría a la indefensión tanto de los ciudadanos como de los principios de la propia civilización. [...] Algunas personas en Europa pretenden que el Papa es un pacifista radical que condena cualquier forma de violencia, como si no existiera la posibilidad de una violencia legítima. [...] El Vaticano deja muy clara su doctrina y su posición: la moral cristiana considera legítima la violencia ejercida en defensa de las vidas de los ciudadanos amenazados. La paz es un bien muy alto, pero no más que la protección de la vida humana y del bien común».

Pero otros medios advierten la contradicción entre los llamados a la paz del papa y las declaraciones de su portavoz, sobre todo porque en la situación internacional en que se pronunciaron parecían justificar la campaña militar aliada, tal y como interpretó ABC. Navarro-Valls contestó alegando que simplemente citaba el Catecismo y que, por tanto, no podía decirse que hubiera cambiado la actitud del Vaticano. En realidad, hacía días que Roma venía justificando la guerra en documentos oficiales, si bien sólo estaban trascendiendo las declaraciones "pacifistas" de Wojtyla. El día 28 el portavoz intentó aclarar su posición precisando que «nadie ha dicho nunca "haced lo que os parezca'', porque existe una ética cristiana bien precisa sobre la legítima defensa, que tiene en cuenta la proporcionalidad del acto y que exige no verter sangre de víctimas inocentes». Confirmando algunas de las interpretaciones del ABC y distanciándose de otras, asegura que «quien ve al Papa como un pacifista a ultranza o un partidario de la intervención se equivoca. La Iglesia interviene para ofrecer elementos éticos a quienes deben tomar las decisiones» (28.9.01).

Zenit sigue publicando opiniones a favor de la intervención, como las del cardenal Ruini, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana: «Queda fuera de dudas el derecho, es más, el deber de combatir y neutralizar, en la medida de lo posible, el terrorismo internacional y sus promotores o defensores» (25.9.01). O las del historiador Giorgio Rumi (28.9.01): «La tradición católica nunca ha estado, a lo largo de los siglos, por la paz entendida en modo absoluto. La Iglesia ha pedido siempre la paz según la justicia. Una paz, por tanto, que no es consagración de un orden o de un desorden preexistente. Nunca ha predicado, en el nombre de la paz, la sumisión a los tiranos.»

El 7 de octubre comienzan los bombardeos estadounidenses sobre Afganistán. Durante el sínodo que esos días se celebra en el Vaticano, el presidente del episcopado nigeriano, J. O. Onaiyekan, declara: «Cuando una nación niega a algunos de sus ciudadanos el derecho fundamental a la libertad de religión y a la igualdad ante la ley, ¿no es acaso culpable de terrorismo de Estado?». Menciona a continuación el caso de Sudán, para proseguir: «¿Durante cuánto tiempo continuará admitiendo el mundo algunos regímenes que aceptan grandes violaciones de los derechos humanos en el nombre de la religión?» (10.10.01). Un auténtico llamamiento a intervenciones en otros países, tal y como Estados Unidos viene advirtiendo que hará.

El "ministro" de Exteriores de la Santa Sede, Jean Louis Tauran, manifiesta el 15 de octubre: «Hoy todos reconocemos que el gobierno estadounidense, como cualquier otro gobierno, tiene el derecho de legítima defensa, porque tiene la misión de garantizar la seguridad de sus ciudadanos». Trata de justificar esta postura apelando confusamente al Evangelio, según el cual la paz «es algo más que un principio. Es un espíritu, involucra la renovación de corazones, requiere la adopción de principios espirituales».


"Tierra Santa"

Otra de las preocupaciones fundamentales del papado es la del conflicto palestino-israelí. Desde el 11-S numerosas declaraciones papales se suman a las ya tradicionales acerca de la tierra «santificada por la predicación del Redentor» (26.10.01). No hay duda de que, por motivos religiosos y estratégicos, Jerusalén es uno de los puntos de interés político prioritarios para el Vaticano. Así lo confirmaba el Cardenal Ruini el 25 de septiembre: «El principal nudo que queda por deshacer es el de la Tierra Santa y el del conflicto árabe-israelí».

El 30 de octubre Wojtyla recibe por decimotercera vez a Arafat, quien en su día declaró que el Vaticano «es el Estado más glorioso del mundo» (El Mundo, 19.12.99). Sobre todo desde la visita del papa a Israel y Palestina, parece claro que la intervención del papado en una hipotética resolución del conflicto de Oriente Próximo sería decisiva.


Ambigüedad calculada

La aparente diversidad de los mensajes vaticanos no responde a una pluralidad de corrientes. Todas las declaraciones citadas son oficiales. Es verdad que en el mundo católico se pueden encontrar numerosos movimientos críticos que reclaman una auténtica paz, basada en las convicciones no violentas y en el compromiso radical de Jesús. También hay voces, como la de Gregory Rice, coordinador del programa para los refugiados de Caritas Internacional, que han pedido «suspender los bombardeos porque no consiguen nada y sólo añaden sufrimientos» (Zenit, 28.10.01).

Las declaraciones vaticanas navegan en una calculada ambigüedad, con el objetivo de dar sensación de pacifismo por un lado, pero dejando patente la postura pragmática que siempre caracteriza a este estado. Mientras que un titular del boletín de Zenit del 17 de octubre afirma "El Vaticano en la ONU: La respuesta al terrorismo no es la violencia", el texto correspondiente precisa que «la violencia del terrorismo no se resolverá con la simple violencia», dando a entender que esta simple violencia también ayuda a resolver el problema del terrorismo. Lo mismo se puede entender en las declaraciones de R. Martino, observador permanente del Vaticano ante las Naciones Unidas: «Toda campaña seria contra el terrorismo necesita también afrontar las condiciones sociales, económicas y políticas que alimentan la emergencia terrorista, la violencia y el conflicto» (23.10.01).

No hay ni una palabra específica de condena a la guerra, ni siquiera a los episodios más sangrantemente injustos de ella. Se habla del dolor y la angustia del papa y de la «perplejidad de la Santa Sede ante la campaña militar contra el terrorismo lanzada por la alianza anglo-estadounidense en Afganistán» (23.10.01). Se pide «que puedan ahorrarse vidas inocentes y se dé por parte de la comunidad internacional una ayuda tempestiva [sic] y eficaz para tantos refugiados, expuestos a privaciones de todo tipo, mientras ya se acerca la estación inclemente» (28.10.01). Nada que pueda recordar el Evangelio de Jesús, ni siquiera a las palabras de Teresa de Calcuta: «La guerra es un exterminio de seres humanos. ¿A quién se le ocurriría pensar jamás que pueda ser "justa"?» (Orar, Planeta, 1997, p. 136).

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