Una
fecha y sus secuelas (Continuación)
(sobre la crisis internacional presente)
©
J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(2 de noviembre de 2001)
Concluye
aquí el artículo que, sobre este asunto, comenzó
el mes pasado (ver).
4.
Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva realidad
totalitaria
Una
vez iniciada la venganza contra Afganistán se han confirmado
los peores pronósticos recogidos en la tercera parte
de este mismo artículo, escrita el 27.9.01 (ver 3.
Consecuencias y repercusiones: barbarie sobre barbarie).
Las muertes de personas completamente ajenas al núcleo
del conflicto se han ido acumulando ante nuestra mirada impotente
y sobre las conciencias de sus ejecutores y de sus innumerables
cómplices. De este modo, a los varios millares de víctimas
del 11.9.01 se vienen sumando, día tras día, nuevas
pérdidas de vidas inocentes, las cuales muy pronto me
encantaría equivocarme superarán en número
a las de aquella fecha. Bastaba una sola muerte para condenar
esta represalia, dado el valor infinito de una vida humana (ver
El condenado
y el sistema: dos caras de la misma moneda);
pero la atroz masacre crece a diario y las condenas exclusivamente
proceden de sectores marginales, ajenas a los círculos
principales del poder y de los medios de comunicación.
Esto último
es algo particularmente trágico sobre todo cuando se
observa la frivolidad que, incluso después
del 11.9.01, sigue tiñendo el estilo de vida en las sociedades
opulentas (ejemplificada también en el tono animado,
e incluso festivo, con que algunos locutores hablan de la guerra-espectáculo
en sus noticiarios). Una tragedia, la de la general indiferencia
(similar a la que caracterizó a la mayoría de
los alemanes durante el ascenso del nazismo, como recordaba
Javier Ortiz en su excelente artículo "¡Si
hubiese sabido!", en El Mundo, 20.10.01), que acaso debería
interpelar a todo sincero partidario de la paz y del pluralismo
democrático; o, en última instancia, a toda alma
sensible al dolor ajeno.
Como señalaba
el profesor Zygmunt Bauman (en "El desafío ético
de la globalización", El País, 20.7.01)
para un contexto diferente, pero con términos aplicables
aquí: «Cuando un ser humano sufre indignidad, pobreza
o dolor, no podemos tener certeza de nuestra inocencia moral.
No podemos declarar que no lo sabíamos, ni estar seguros
de que no hay nada que cambiar en nuestra conducta para impedir
o por lo menos aliviar la suerte del que sufre. Puede que
individualmente seamos impotentes, pero podríamos hacer
algo unidos. Y esta unión está hecha de individuos
y por los individuos»(cursiva añadida).
En
varias ocasiones, como en el ataque a un hospital que ocasionó
cien víctimas mortales, el gobierno norteamericano puso
en duda la versión talibán, atribuyéndola
a la propaganda. Pero finalmente, en un gesto de honestidad
que pese a todo le honra (aunque eso apenas mengüe su deshonra),
dicho gobierno acabó reconociendo la veracidad de los
hechos. Admisión que, naturalmente, no se acompañó
del menor signo de arrepentimiento. Porque en la lógica
de cualquier conflicto, y más en uno de estas características,
la maldad es patrimonio exclusivo del otro (ver
Malos
contra malos),
de lo que cabe deducir que "los nuestros" solamente pueden hacer
el bien.
Y en esta línea, por parte
de sus ejecutores y de su inmensa red de corifeos (entre quienes,
no lo dudamos, a menudo anida la mejor de las intenciones...,
tal vez junto a la peor de las cegueras), se consideraron dichas
muertes una "desgracia", a la que algunos añadieron la
coletilla de "inevitable"... ¿Habrían usado estos
términos si entre las víctimas se hubiera encontrado
algún caro allegado suyo? Como recuerda Irene Khan, actual
secretaria general de Amnistía Internacional, «las
violaciones de los derechos humanos no se cometen contra "el
otro bando", sino contra una madre, una hermana, un hermano,
un hijo» (El País, 19.8.01; negrita
añadida).
Quienes defienden
la guerra añaden que el responsable último y real
de los "efectos colaterales" es el gobierno talibán,
en conjunción con Bin Laden, por haber desencadenado
las primeras hostilidades en este conflicto. Y, por si queda
alguna duda, arguyen que los líderes afganos usan a su
población como "escudos humanos", al ubicar
sus armas defensivas en centros civiles como mezquitas, escuelas,
sanatorios u otros, a fin de que no sean destruidas por los
bombardeos de la Coalición. (Entretanto, los dirigentes
de la Alianza del Norte, la oposición afgana antitalibán,
ya han deplorado las víctimas civiles, llegando a advertir
que se replantearán su asociación con las potencias
occidentales en caso de seguir produciéndose). [Para
un excelente análisis de las similitudes entre los "daños
colaterales" de una guerra como ésta y los efectos
"no deseados" de cualquier acción terrorista,
incluidas las de ETA, recomiendo encarecidamente el artículo
de Antonio García Trevijano, "Efectos colaterales",
en La Razón, 22.10.01.]
Los nazislámicos,
por su parte, en vez de proceder a una reflexión conducente
a decisiones benéficas para su pueblo, han continuado
caldeando el ambiente y llamando a la "guerra santa"
(esa infame contradicción en los términos, que
tanto recuerda a la occidental "guerra justa"). La
espiral acción-reacción ha quedado definitivamente
servida, y los señores de la guerra de uno y otro bando,
incluidos los fabricantes y traficantes de armas, se gozan de
poder hacer su agosto en plena estación otoñal.
La
razón frente a la barbarie
Es mi personal
opinión que la mera razón humana (aquélla
que Kant, llamándola "pura", se dedicó
a "criticar") no es capaz de contener la barbarie.
El fracaso de la Ilustración, como ya otros pusieron
de manifiesto (de modo reseñable, Nietzsche y Heidegger,
pero también Horkheimer y Adorno), se deriva de haber
creído que no sólo era capaz de aquello, sino
que lo sería, incluso, de traer felicidad a la especie
humana. Una fe sin duda bienintencionada, pero que ha engendrado
monstruos sin cuento.
Con
todo, no tengo el menor interés en sostener que estos
monstruos sean fruto exclusivo de esa razón desenfrenada.
Antes de la Ilustración y fuera de ella (como lo evidencian
los nazislámicos), la monstruosidad también existe
(ver 1.
El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente).
El problema no radica, pues, en la razón misma, sino
en la mente que la emplea. La naturaleza de ésta, de
hecho, presenta rasgos comunes con la de quienes no la emplean
o, empleándola, no lo hacen al modo que se supone propio
de Occidente. Es, en suma, la mente humana, sin distinción
de razas, épocas históricas o civilizaciones,
la que se encuentra «en hiel de amargura y en prisión
de maldad» (Hechos 8: 14).
A pesar de todo
ello, la razón sigue siendo útil. Útil
para delatar con rigor las artimañas del mal, y útil
para movilizar a las almas sensibles contra la sinrazón.
Y especialmente útil cuando reconoce su papel meramente
instrumental y se pone al servicio de las premisas genuinamente
éticas: las que encuentran el asenso de la voz de la
conciencia y concuerdan con la moral más excelente
que nos es dado conocer.
Usemos, pues, la
razón frente a la barbarie. No lograremos, seguramente,
parar esta guerra, evitar la sangre que seguirá brotando.
Pero siempre habrá personas que se sentirán
interpeladas, y que tal vez contribuyan a crear entornos, por
reducidos que sean, en los que crezcan el espíritu crítico
y el amor a la paz.
Querido/a lector/a,
le invito a imaginar la siguiente situación: Supongamos
que pertenece usted a una extensa familia, y que uno de los
patriarcas de la misma ejecuta una cruel masacre entre los miembros,
exentos de culpa en cualquier conflicto previo, de una familia
ancestralmente rival de la suya (y tal vez, más poderosa
que ésta). Los daños humanos son estremecedores.
Los patriarcas
de la familia rival condenan la brutal matanza a la vez que
identifican de inmediato al causante de la misma. Argumentan
que se trata de un crimen horrible, sobre todo por tratarse
de inocentes. Y acto seguido, querido/a lector/a, inician una
represalia contra su familia con la excusa de que su pariente
genocida ha de pagar sus culpas.
Fruto de esta represalia,
que al parecer busca con denuedo a dicho pariente suyo, usted
empieza a contemplar un rosario de muertes (supuestamente
imprevistas pero perfectamente esperables) entre sus familiares,
de cuya inocencia no puede usted dudar y le consta, además,
que tampoco la familia rival duda lo más mínimo.
Como es natural, le sobrecogen el dolor y el espanto, pero su
desgarro se acentúa cuando escucha que se trata de una
"desgracia inevitable" cuyo verdadero responsable
es el patriarca de su familia. A su lado, querido/ amigo/a,
tal vez cae su abuelo, o su propia madre, tal vez sus hijos...,
y usted contempla cómo los ejecutan los miembros de la
familia rival que buscan al asesino en masa (quien, curiosamente,
parece haber logrado escapar, al menos de momento). Pero no
hay nada que hacer, pues se trata de una lógica infernal.
Ya lo ve, hemos
echado mano de la razón. Pero no se haga ilusiones: esta
argumentación racional irrefutable convencerá
a muy pocos que no estuvieran ya convencidos. (Tal vez ni siquiera
le convenza a usted, en cuyo caso habré de agradecerle
que al menos haya sido capaz de leer hasta aquí; y ya
sería un logro extraordinario que continuase haciéndolo.
Pues, pese a todo, nos proponemos seguir usando la razón).
Frente
a esta guerra terrorista
"War
against terrorism" (guerra contra
el terrorismo). Así se nos presenta, cada día,
la actuación agresiva sobre Afganistán. Mediante
el continuo recuerdo del horror que los terroristas son capaces
de cometer (también en sus nuevas formas, como la difusión
del ántrax), se justifica el horror que se comete sobre
la gente de ese devastado país. A los más de veinte
años de guerra con su interminable secuela de muerte,
miseria y refugiados, y a la dureza de un régimen como
el nazislámico, se agregan ahora los diarios bombardeos
de una guerra terrorista cuyos responsables aún no han
sido capaces de probar la implicación de Bin Laden en
los sucesos del 11.9.01.
Se nos ha reiterado,
asimismo, que el proceder de George Bush en esta crisis ha sido
admirablemente paciente y comedido, al dejar que transcurrieran
varias semanas antes de iniciar los actos de represalia. De
este modo se transmite la idea de que donde hay prudencia y
ponderación no puede haber injusticia. Y de paso, se
pretende adormecer las instancias críticas que nos permitirían
recordar algo: que la naturaleza misma de los actos supone un
atropello contra el derecho y la justicia, al reducir a una
sangrienta venganza lo que debería haber sido una legítima
persecución jurídico-policial de los criminales.
La verdadera paciencia,
el auténtico respeto a la justicia, habrían aconsejado
otro modo de proceder, el cual también se hallaba al
alcance de los Estados Unidos y sus aliados. En el marco de
la ONU, podían haber usado su influencia para impulsar
una adecuada regulación del derecho internacional, con
el objetivo de aplicar la justicia donde hoy se recurre a la
venganza. No para efectuar alardes de fuerza, sino para mostrar
la firme voluntad internacional de poner coto a la amenaza terrorista
con las armas legales a disposición de toda la
sociedad de naciones. No para asegurarse un mayor control sobre
todos los ciudadanos, sino para garantizar que crímenes
como los del 11.9.01 no quedasen impunes. Y, en suma, no para
conseguir una posición todavía más hegemónica
en el conjunto del planeta, sino para prevenir nuevos crímenes
y nuevas guerras mediante la instauración de un ordenamiento
jurídico global más equitativo.
¿Por qué
no se ha procedido así? En el plano más superficial,
por dos motivos básicos. El primero, porque pese a lo
que se diga, se ha preferido la vía de la precipitación
(no exenta de cálculo interesado) a fin de calmar la
sed vindicativa de una población comprensiblemente herida
en lo más profundo de su corazón, pero también
en su orgullo. El segundo, porque tal proceder, para ser realmente
justo y sincero, hubiera exigido una reconsideración
de actuaciones previas de los Estados Unidos y otros países
occidentales en relación con otros conflictos: destaquemos
el palestino-israelí y el que enfrenta a Marruecos con
el Frente Polisario, reavivado en los últimos días.
No sólo eso, sino que también habría exigido
un replanteamiento de la lógica actualmente seguida en
el proceso de globalización, caracterizado por favorecer
el hegemonismo económico y militar estadounidense y occidental,
y oprimir a los países pobres.
Pero en un plano
más profundo, si no se ha procedido de acuerdo con el
derecho ha sido, con toda probabilidad, porque no había
la menor intención de hacerlo, aunque sí de aparentarlo.
Pues, por duro que nos resulte admitirlo, los Estados Unidos
y otros países occidentales han hallado en los traumáticos
sucesos del 11.9.01 la ocasión idónea
para resolver una serie de problemas y avanzar unas cuantas
posiciones en el tablero internacional. Entre los primeros cabe
citar la inseguridad económico-financiera, asociada en
parte a inestabilidades políticas en áreas de
influencia "integrista"; las dificultades para garantizar
los canales de distribución de gas y petróleo,
gestionados por compañías occidentales; y los
casos de terrorismo interno de algunos países, como Reino
Unido y España. Y respecto a las posiciones buscadas,
serían aquéllas que, en el futuro, permitan prevenir
la (re)aparición de esos y de cualquier otro problema
susceptible de afectar a los intereses occidentales en cualquier
punto del planeta.
Lo de menos es,
por tanto, el castigo a los presuntos culpables del 11.9.01,
pues la caza y captura de Bin Laden sería tan sólo
una excusa: su cumplimiento no es del todo desdeñable,
a efectos de calmar la sed de venganza, pero sí es perfectamente
demorable. No es lo relativo a ese oscuro y maximalista personaje,
pese a ciertas apariencias, lo que obsesiona a Estados Unidos,
sino el supremo objetivo de hacerse con el poder en todo el
mundo. Resulta, pues, plenamente comprensible que la guerra
terrorista se pretenda larga y no limitada a los ataques sobre
Afganistán.
Que nadie se engañe:
son tales intereses los que están detrás de esta
guerra siniestra, que hace uso de bombardeos masivos (con misiles
tan inteligentes que yerran a diario), proyectiles subterráneos
y bombas de racimo, ya célebres por su carácter
ominoso. Y que condena a la muerte de hambre y de frío
a miles de personas aisladas y/o refugiadas, mientras con "humanitario"
cinismo arroja bolsas de alimentos para quienes las bombas (aún)
no han asesinado.
Frente
a esta realidad totalitaria
Si
yo digo: «Es un crimen que el hijo del mulá Omar,
de trece años de edad, haya sido asesinado en los bombardeos»,
seguramente más de uno, aquejado de simplismo bipolar
(ver 1.
El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente),
me considerará cómplice o, cuando menos, simpatizante
del terrorismo. A sus ojos, ese niño forma parte de un
conjunto de seres remotos y anónimos que se merecen todo
cuanto les pueda ocurrir.
Ese
niño (¿quién puede dudarlo?) era sin embargo
tan inocente como cualquiera de los miles de almas perecidas
en las Torres Gemelas de Nueva York. Negar este hecho es una
insensatez comparable a la de quienes (también los hay)
estiman que dichas víctimas se lo tenían merecido.
Y sin embargo, para la lógica hoy dominante en los círculos
de poder y de opinión occidentales, atreverse a denunciar
la muerte del hijo de Omar es un acto tabú. Y el osado
que lo "cometa" será digno de figurar en la
lista negra que algunos öcomo el influyente Federico
Jiménez Losantosö ya están confeccionando para
la CIA [ver La
carta que 'Libertad Digital' no quiso publicar (y el artículo
que la motivó)].
Este
es sólo uno de los síntomas que apuntan a un totalitarismo
creciente, pero hay muchos más (ver 1.
El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente).
Una queja habitualmente esgrimida contra quienes en Occidente
se oponen a la guerra arguye que éstos piden paz a las
democracias y no a los terroristas. No voy a negar que haya
quienes, llevados de un fanatismo similar o paralelo al de los
nazislámicos, actúen así. Pero ésa
no es la manera de proceder más común entre los
contrarios a las matanzas de Afganistán.
Ahora bien, lo
más grave no es esa falacia, sino que tras ella suele
latir, calladamente, el cuestionamiento de un derecho que es
también una obligación ineludible. Pues los ciudadanos
de un país democrático tienen el derecho y el
deber de vigilar al poder en todas sus actuaciones, tanto internas
como externas. Si operan fuera del control ciudadano, los gobiernos
acaban equiparándose a los terroristas, con quienes resulta
imposible diálogo alguno que no presuponga la aceptación
de sus condiciones básicas (i.e., de su posición
de fuerza, o en términos aún más claros,
de su dominio violento). Poner en duda ese derecho ciudadano
a controlar al poder, con la excusa de que hay poderosas razones
de seguridad para hacerlo, supone la implantación en
la práctica de un estado de excepción;
el cual, por su carácter indefinido, nos lleva a ver
amenazados los mismos cimientos de la democracia y del estado
de derecho.
Esta tendencia
se concretó aún más a finales de octubre
con la promulgación de una ley antiterrorista en los
Estados Unidos que suspendía una serie de garantías
jurídicas, en particular entre los extranjeros. Según
dicha ley, cualquier inmigrante incluidos los legales
puede ser detenido durante siete días si se le considera
sospechoso de vinculación terrorista. Además,
la citada norma autoriza la vigilancia telefónica y cibernética
(comunicaciones por Internet) con el requisito de un único
permiso judicial, así como el seguimiento de las actividades
de los cientos de miles de estudiantes universitarios extranjeros
que residen en los Estados Unidos.
En la misma línea,
el gobierno canadiense, afectado por la misma psicosis, también
ha autorizado las detenciones preventivas, ampliado la vigilancia
electrónica y, junto a ello, ha eliminado el derecho
de los sospechosos a no declarar durante una investigación.
En
suma, que George Orwell, el paradigmático delator
del doblepensar propio de la clase política, tenía
razón. Los Estados Unidos (y tras este país, el
resto de Occidente) se levantan hoy, es probable que de manera
ya definitiva, como la potencia que en nombre de la libertad
acabará suprimiéndola (ver Estados
Unidos, vigía de la libertad).
Ante tantas evidencias,
¿continuará la pasividad general?
5.
Conclusión B: ¿Hay esperanza?
Venimos pintando
un panorama desolador. Acaso algún lector no haya podido
resistir tanta negrura, y haya decidido abandonarnos. Los diagnósticos
pesimistas suelen espantar, y a muchos profetas del pasado (a
quienes dedica un bellísimo homenaje el capítulo
11 de la Carta a los Hebreos) los persiguieron, e incluso asesinaron,
por atreverse a pronunciarlos.
La gente no quiere
oír hablar de perspectivas tenebrosas. Es comprensible
y hasta deseable. Lo que ya no se justifica es que para evitarlo
recurra con tanta frecuencia a actitudes evasivas, acríticas
o falaces; que, sin ser innatamente estúpida, se comporte
como tal consintiendo en ser engañada; y que, convertida
en público, siga anteponiendo sus frívolos
divertimentos (los que le suministra el sistema) a su deber
ético de actuar para poner freno a la barbarie.
Si en lugar de
dejarse adormecer por medio de la manipulación informativa
y los entretenimientos opiáceos, se aprestase a escudriñar
la realidad presente, es más que probable que la gente
reconociese sobrados motivos de alarma en los signos de los
tiempos. Y que al hacerlo, buena parte de ella (una porción
mucho mayor que la que hoy se moviliza) se sintiese animada
a intentar cambiarlos.
Pero siempre será
una minoría la que opte por actuar así. Sus integrantes
siempre constituirán la excepción. La falsa
condición que es característica de "progresías"
como la española se está confirmando en muchos
de sus representantes a lo largo del actual conflicto. Su superficialidad
teñida de hedonismo no está preparada para afrontar
momentos críticos como éstos; por definición,
el progre o pseudoprogresista tiende a conformarse
a los signos de los tiempos, pues por naturaleza es el ser más
opuesto a la genuina revolución. No es extraño
que los progres sean hoy legión en las filas belicistas;
o que los que se mantienen al margen de ellas se limiten a callar
o, a lo sumo, a expresar tibias reservas
Hoy es tiempo de
reacción y el progre, asustadizo, se echa a un
lado, pues apenas encuentra eco social a sus proclamas (y ese
eco es el alimento del progre). Es cierto que aun entre éstos
hay excepciones: pero cuando la crisis se acentúe, tendrán
que decantarse. Y si se decantan hasta el final por la
paz y la libertad, dejarán de ser progres.
La nuestra es,
pues, una época que presencia la marea creciente del
pensamiento único. Mientras se pueda denunciar públicamente,
aún habrá tiempo. Pero las actitudes reaccionarias
dominantes permiten prever que ya no quedan muchos días
de libertad. ¿Cuántos serán...?
Es convicción
mía que el mal tiene, en su mismo desarrollo, su propio
factor corrector. Llegado a cierto nivel, desata una repugnancia
creciente entre las almas. No es que, en razón de ello,
sea en alguna medida bueno; tampoco es que lo sean dichas almas.
Es que justamente por ser malo, y por desarrollarse de modo
que sus contornos resultan cada vez más precisos, el
mal tiende a despertar la conciencia moral humana, esa facultad
hoy tan entumecida que permite distinguir entre
el bien y el mal.
También
esto sucederá, en alguna medida, en nuestros días.
Pero el sistema lleva muchos años dotándose de
los medios (fundamentalmente, propagandísticos, controladores
y cada vez más coercitivos) que limiten al máximo
el alcance de esa medida. El peor cazabombardero no es ninguno
de los B-52 que arrasan actualmente Afganistán, sino
el que desde los medios de comunicación se dedica, de
manera aún más sistemática que aquéllos,
a mantener las conciencias dormidas. Y lo hace con multitud
de distracciones, así como mediante continuos
pronunciamientos en favor de la "civilización", la "libertad",
la "democracia" e incluso la "paz", hechas todas ellas
en tono sensato y ponderado.
En el fondo, nada
nuevo bajo el sol... La justicia nunca fue un valor masivamente
defendido, salvo en proclamas de papel mojado. El justo fue,
en todo tiempo y lugar, un elemento subversivo.
Cuanto más firme era su empeño en la observancia
de la rectitud, más candidato se hacía a pagar
por causa de ella. Por alguna diabólica razón,
la coherencia moral en la defensa del bien siempre ha suscitado
la rabia y el encono.
El mayor modelo
de justicia fue también el paradigma del amor. Sin culpa
en ningún conflicto, también él, como hoy
tantas víctimas inocentes, fue injustamente asesinado.
Y lo fue, si cabe, aún más injustamente que aquéllas,
pues él «nunca hizo maldad, ni hubo engaño
en su boca» (Isaías 53: 9). Pero eso no bastó
para que respetasen su vida; antes bien, eso fue la causa
de que se la quitaran.
Lo clavaron en
un vil madero pensando que así crucificarían sus
conciencias. Pero, resucitando al tercer día, el clamor
de éstas se hizo aún más insufrible. Los
siglos pasaron y volvieron, infinidad de veces, a "clavar"
su recuerdo, y a sus seguidores, en esa horrible "cruz".
Pero su vida era tan plena que su memoria siempre "resucitaba";
y sus seguidores, aunque minoritarios, proliferaban una y otra
vez.
Su palabra viva
sigue resonando. Y aun en medio de estas horas negras, nos consuela
con su esperanza: «Tened buen ánimo, yo he vencido
al mundo» (Juan 16: 33).
El
Vaticano ante la guerra de Afganistán
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(1 de noviembre de 2001)