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La
carta que 'Libertad Digital' no quiso publicar
(y el artículo que la motivó)
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(24 de octubre de 2001)
Supuestamente,
la sección de Cartas de los Lectores de cualquier periódico
tiene por objeto, entre otros, dar a conocer sus reacciones a los
textos publicados. Cabe esperar, por ello, que dicha sección
reproduzca fielmente el abanico plural de dichas reacciones, siempre
y cuando éstas guarden las debidas normas de respeto y decoro.
No
parece entenderlo así Libertad Digital. A raíz
del siniestro artículo de su director, Federico Jiménez
Losantos, que a continuación reproducimos, el arriba firmante
envió como réplica la carta-denuncia que transcribimos
abajo. Esta carta fue desdeñada por dicho diario, que en
cambio sí tuvo a bien publicar la de un respetable ciudadano
vitoriano básicamente partidario del mensaje inquisitorial
del señor Losantos.
Tanto
el artículo de marras (que no debiera pasar inadvertido)
como la no publicación de la carta-réplica constituyen
un documento ilustrativo de hasta dónde llegan el liberalismo
y el pluralismo de este periódico. Son, además, un
síntoma del presente avance del pensamiento único.
Razones suficientes para reproducirlos aquí (los destacados
en negrita y cursiva-negrita son nuestros).
El siniestro artículo de
Federico Jiménez Losantos
Arzallus,
entre la ETA y la CIA (Libertad Digital, 15.10.01)
Los
detalles sobre la triple relación Ben Laden-IRA-ETA que Gordon
Thomas aporta en un gran reportaje publicado en el dominical de
El Mundo no suponen ninguna sorpresa, pero sí confirman
la hondura y gravedad de las implicaciones internacionales del terrorismo
vasco y, en consecuencia, de las dificultades que los aliados de
ETA, fundamentalmente el PNV, van a tener de ahora en adelante para
explicar en el extranjero la bondad de su causa. Si ya le era difícil
a Arzallus encontrar políticos normales Cossiga y otros
indeseables son desechos de tienta no sólo en Europa sino
en su propio país que respaldaran su estrategia separatista,
siempre de la mano de los matarifes etarras, ahora le resultará
imposible. La máquina antiterrorista norteamericana se
ha puesto en marcha tanto contra los asesinos como contra sus cómplices.
Y no hay cómplice más claro del terrorismo anti-español
que el partido de Arzallus e Ibarreche. Por muy obtusos que sean
y por lejos de Washington que caiga Vitoria, los norteamericanos
acabarán colocándolo entre los enemigos de las libertades
de Occidente. O sea, en su sitio.
Ya
su eliminación del Partido Popular Europeo y la Internacional
Democristiana por presión del PP había desalojado
al PNV de su nicho ideológico tradicional, entre las fuerzas
conservadoras prooccidentales salidas de la Segunda Guerra Mundial.
Una situación bastante absurda, porque doctrinalmente el
PNV estaba y está más cerca de Hitler que de Truman,
pero favorecida por las circunstancias de la Guerra Fría,
que colocaron al aparato peneuvista en buenas relaciones políticas
y financieras con la CIA. De eso se ha valido Arzallus, sucesor
de Ajuriaguerra pero también de Telesforo Monzón,
para considerarse en libertad de pactar con la izquierda criminal
sin perder sus credenciales de derecha occidental. Hasta que las
ha perdido. Después del pacto de Estella, Arzallus sigue
entregado a ETA. Y su modesta aunque magnificada victoria electoral
no ha hecho sino confirmar su obsesión de forzar un plebiscito
separatista, como quiere ETA. Después... el Diluvio. O sea,
más ETA.
Pero
la implicación de la CIA y todos los servicios secretos
occidentales en la lucha contra el terrorismo cambia sustancialmente
esa estrategia de "separatismo suave" que pondría
en manos de una banda criminal ligada a Ben Laden y el IRA un País
Vasco pequeño, pero en una situación capaz de provocar
gran daño. Si el Gobierno del PP se esmera en explicarlo
en Washington, la estrategia separatista de Arzallus e Ibarreche
quedará para el cubo de la basura. Eso sí, antes debería
perder el apoyo de González y Polanco, sus grandes valedores,
sus únicas herramientas para romper la resistencia de los
defensores de España y la Constitución. Nada que
no puedan lograr quienes en la mañana del día 12 de
octubre estuvieron a punto de volar por los aires en la Tribuna
de Autoridades que presidía el desfile militar, incluido
el homenaje a las víctimas del Once de Septiembre, representadas
por los "marines". Faltaban Ibarreche... y Pujol, que
conste. Consta ya. Ahora se toma nota de todo.
La
réplica que no quiso publicar 'Libertad Digital'
ÀY
usted es liberal, Sr. Jiménez Losantos? (15.10.01)
No
me caracterizo por simpatizar con Arzallus, ni con Pujol. No creo
que merezcan la simpatía de nadie, pues se trata de políticos
al uso: uno, de verborrea radicalilla y mente maquiavélica;
el otro, de retórica "moderada" y cerebro igualmente maquinador;
pero ambos, amantes del poder por encima de cualquier otra cosa.
Con
todo, tengo que salir en su defensa, que es como decir en la de
todos. Pues el artículo que bajo el título "Arzallus,
entre la ETA y la CIA" ha publicado Jiménez Losantos contiene
rasgos atroces. Trátase de una auténtica llamada a
la caza de brujas contra quien no piensa igual que él. Más
que Torquemada reencarnado, recuerda a la policía política
talibán.
Brevemente
lo explico: No sólo se atreve a criminalizar a Arzallus e
Ibarretxe aprovechando ciertos informes sobre una relación
indirecta entre ETA y Ben Laden; va mucho más allá:
se atreve a amenazar a Pujol y a Ibarretxe por no haber estado
presentes en el desfile militar del día 12. Amparándose
en el pujante poderío global de la CIA, don Federico parece
regodearse en la confección de una lista negra, como esperando
que aquella benéfica agencia imperial tenga a bien leerla.
El
conflicto actual lleva a demasiada gente a decir demasiadas tonterías.
Pero algunas resultan, además, peligrosas. Las mencionadas
lo son, y no en grado nimio, pues vienen de un personaje sin duda
influyente. Alguien, por cierto, que presume de ser más liberal
que nadie, y a quien quizá convendría reflexionar
más antes de hablar y escribir.
(Juan
Fernando Sánchez)
Una
burla a toda la humanidad
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(15 de octubre de 2001)
Un
nuevo escándalo, apenas contestado, acaba de salpicar la
delicada escena internacional: la concesión del premio Nobel
de la Paz a Kofi Annan y Naciones Unidas. Además de una burla
a la humanidad, el hecho y sus repercusiones confirman interesantes
tendencias globales.
El
pasado 12 de octubre, a los cinco días de iniciados unos
ataques contra Afganistán que se prometen duraderos, el Comité
Noruego anunciaba la concesión del premio Nobel de la Paz
a Kofi Annan, secretario general de la ONU, y a esta misma institución
transnacional por su contribución a la paz en la tierra...
Recordaba
Javier Ortiz (www.elmundo.es/2001/10/13/opinion/1058465.html)
que existen precedentes del caso, y nombraba a Henry Kissinger (un
auténtico "criminal de guerra", en palabras de
Ortiz) para refrescarnos la memoria. Kissinger fue a principios
de los 70 secretario de estado norteamericano y el auténtico
maquinador de la política exterior del gabinete de Richard
Nixon. La última fase, especialmente cruda, de la guerra
del Vietnam, y las sistemáticas violaciones de los derechos
humanos en toda Iberoamérica debieron mucho, en aquellos
años, al gran diplomático estadounidense.
Añadamos
aquí que ha habido otros ejemplos no menos sangrantes:
Begin, Sadat, Mandela y Arafat quizá sean los más
destacados. El primero, un conocido terrorista en su juventud y
no menos conocido represor en su etapa de primer ministro israelí.
Sadat, agente nazi durante la Segunda Guerra Mundial, fue terrorista
en los años siguientes, participó más tarde
en un golpe de estado que desalojó del poder al rey Faruk,
y, nada más hacerse con todo el poder en Egipto, declaró
la guerra a Israel en 1973. Mandela, por su parte, fue en los años
60 el organizador y máximo dirigente de una rama paramilitar
del Congreso Nacional Africano que luchaba contra el régimen
de apartheid impuesto por los blancos en Sudáfrica.
Arafat, en fin..., ¿quién no conoce a Arafat, el tantos años
terrorista, el que después ha usado sin pudor a tantos niños
en sus intifadas, y el que, últimamente, se ha dedicado
a reprimir sangrientamente manifestaciones de su propio pueblo para
contentar a la superpotencia humillada...?
Todos
ellos fueron laureados con el premio Nobel de la Paz. Con independencia
de la mayor o menor justicia de las causas que defendían,
su trayectoria global no parecía merecer dicho galardón.
Y no es que uno ingenuamente espere que sólo pacifistas intachables
vayan a ser honrados con aquél. Ha habido, de hecho, otros
Nobel de la Paz concedidos a personajes que nunca fueron pacifistas
strictu sensu (casos de Mijaíl Gorbachov o Pérez
Esquivel); pero en modo alguno resultaron tan escandalosos como
los antes mencionados. El conocimiento de unas biografías
tan directa como persistentemente marcadas por su implicación
en actividades violentas aconsejaría, según la lógica
más elemental, desterrar la sola idea de incluir a sus protagonistas
en la lista áurea.
Ciertamente,
Kofi Annan no fue terrorista en su juventud ni ha dado ningún
golpe de estado sangriento. Pero él y la institución
que oficialmente dirige acaban de bendecir el comienzo de una guerra
que al día de hoy sigue su curso. Guerra que las propias
potencias atacantes han anunciado como "devastadora".
Ya se acumulan, de hecho, las pérdidas directas de vidas
inocentes, y la catástrofe de los cientos de miles de refugiados
se espera resulte todavía más dramática. Hay
que recordar, por cierto, que contra sus usos habituales en resoluciones
de este tipo, la ONU aprobó el comienzo de las hostilidades
por medio de una reunión relámpago. Su actuación,
en el fondo, no ha consistido tanto en conceder permiso a
los Estados Unidos para sus actos de represalia (los que habrían
llegado en todo caso), como en manifestar apoyo a los mismos.
Pero, de cualquier modo, el hecho es que los legitimó internacionalmente.
Con
todo, resulta significativo constatar que en este caso, y a diferencia
de los arriba mencionados, ni siquiera se han guardado las formas
contextuales básicas. Supuestamente, la ONU está
para garantizar la paz en el seno de la sociedad de naciones. Pero
las perspectivas mundiales presentes garantizan más bien
la guerra, y lo hacen según acabamos de ver con la bendición
de la ONU.
Cuando
menos, en los ejemplos antes indicados dichas formas sí se
guardaron. Kissinger recibió su Nobel al término de
la guerra del Vietnam. Sadat y Begin, los suyos, como consecuencia
de los Acuerdos de Paz de Camp David. Mandela resultó premiado
cuando se venía abajo el apartheid sudafricano. Y
a Arafat le llegaron los honores tras unas negociaciones de paz
que culminó exitosamente con Peres y Rabin.
Así
pues, el caso que aquí nos ocupa es aún más
lacerante. El momento elegido para el Nobel a Kofi
Annan y Naciones Unidas no ha podido ser más inoportuno.
¿O habrá que decir, por el contrario, que no ha podido ser
más oportuno? ¿Resultará demasiado malicioso
pensar que el Nobel haya sido una retribución por los servicios
recién prestados? Quizás sí, pues no hay duda
de que las coincidencias también existen...
Tendencias
y conclusiones
Una
vez comprobado que ya no se guardan ni las formas más elementales,
hay que preguntarse por qué ha podido llegar a ocurrir algo
así. La indagación nos remite a una realidad hoy omnipresente:
la consagración de la hegemonía estadounidense
a raíz de los sucesos del 11.9.01 (ver Una
fecha y sus secuelas y
Estados
Unidos, vigía de la libertad).
El
hecho de que las formas cada vez cuenten menos no es sino una más
entre otras muchas manifestaciones de la justificación de
cualquier medio contra el "Mal Absoluto" (ver Malos
contra malos). Pero lo más triste es constatar
la pasividad casi general con la que se asiste a esta justificación.
Peor
aún. Las más destacadas instancias han aplaudido la
concesión del Nobel a la ONU y Annan. Quizá amparándose
en el "cortesía obliga" (pero no menos que en el
miedo cerval que les inspira la única superpotencia), los
dirigentes políticos han corrido a felicitar a los galardonados.
No era de esperar, por supuesto, una reacción diferente.
Más
sintomática resulta la actitud del Vaticano, donde
supuestamente reside hoy la mayor autoridad moral del planeta. El
aplauso del arzobispo Diarmuid Martin, "embajador" del
papa ante la sede ginebrina de la ONU, parece confirmar una confluencia
de intereses entre los grandes poderes terrenales y "espirituales"
del mundo actual. Entre sus explicaciones, Martin adujo que Çel
mundo global tendrá cada vez más necesidad de una
organización mundial en la que todos los Estados sean representadosÈ
(en www.zenit.org, 12.10.01).
La
configuración de una alianza Estados Unidos-Vaticano se viene
gestando, al menos, desde los últimos años de la guerra
fría. Numerosos indicios recientes (como el refuerzo de las
relaciones con la Iglesia Católica Romana que viene caracterizando
el mandato de Bush hijo desde su elección, así como
la bendición de las represalias estadounidenses por parte
del portavoz del Vaticano y de varios obispos y cardenales) evidencian
que esa alianza se estrecha de manera progresiva.
La
necesidad de dotar de una neoideología al sistema
capitalista en su fase actual (el neoliberalismo, en esencia una
moral de ricos, no vale para esto) otorga al papado crecientes posibilidades
de influencia. Esta institución, a su vez, obsesionada como
parece estar en extender su presencia por todo el planeta, sin duda
ve con muy buenos ojos la definitiva conversión de la ONU
en un apéndice de los Estados Unidos, país por su
parte cada vez más influido por el Vaticano.
En
la Época Neorreligiosa (ver Una fecha y
sus secuelas), de vuelta de los experimentos secularistas
que surcaron el planeta en los últimos siglos, el sistema
entiende que solamente la religión puede aportar la neoideología
que precisa para garantizar su estabilidad. Es en este punto donde
sus intereses coinciden con los del papado. Y es también
ahí, curiosamente, donde ambos consideran que la ONU puede
llegar a ser un valioso instrumento para sus fines. (No resulta
extraño que el arzobispo Martin, a la hora de justificar
el galardón a Kofi Annan, dijera de él que se trata
de "un hombre muy espiritual").
Malos
contra malos
©
J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(15 de octubre de 2001)
Cada
una de las partes en conflicto declara su bondad frente a la maldad
del otro. Sobre esta base se "justifica" cualquier medio
empleado contra el enemigo, motivo suficiente para preguntarse si
hay bondad en algún bando.
Entre
los múltiples rasgos negativos de la presente crisis internacional,
uno de los más llamativos es la proclividad de cada bando
a arrogarse el papel del Bien. Y de paso, a atribuir el papel del
Mal a su adversario.
Se
trata de algo típico en cualquier conflicto interhumano (ver
Una fecha y sus secuelas). Pero la guerra
que nos ocupa se halla singularmente calentada por la rabia y el
encono (que no excluyen, sin embargo, la frialdad y el cálculo
más minucioso). La extrema polaridad resultante lleva a ver
en el otro no sólo el Mal, sino el Mal Absoluto. Por esta
condición, y en tanto que otro, todo el mal le pertenece.
Y eso deja a la parte opuesta, por eliminación, como la encarnación
del Bien Absoluto.
Es
justamente esta concepción, implícita en el discurso
de cada una de las partes, la que lleva a justificar cualquier medio
(terrorismo, guerra sucia, bombardeos masivos...) con tal de aniquilar
al enemigo. Se asume que todo lo malo que se le haga al Mal es bueno.
Y, por tanto, todo el "mal" que el Bien ocasione al Mal es en realidad
un bien.
Acaso
parezca exagerado, pero éste es el esquema lógico
que, con rigurosa fidelidad, vienen siguiendo ambos bandos. Formulado
en términos familiares a las mentalidades modernas e ilustradas,
se expresa primero en la vieja máxima que dice: "El
fin justifica los medios". Pero no se queda ahí, sino
que avanza hasta declarar: "Cualquier fin [del Bien, se entiende]
justifica cualquier medio", siquiera en el ámbito de
esta guerra simpar.
Naturalmente,
para las almas sensibles en las que todavía anida la cordura,
tales proclamas (no por implícitas, menos reales) emiten
un sonido atroz. Es el más salvaje alarido de la jungla,
el rugir de la bestia nietzscheana, la moral de los señores
de la guerra. Al contemplar cómo esa lógica extermina
a seres inocentes en ambos bandos, cómo somete al individuo
bajo el control de poderes omnímodos, y cómo desoye
toda voz de la conciencia, aquellas almas experimentan desgarro
y náuseas frente a tanta abyección.
Fueron
educadas en el respeto a la vida y en el amor a la libertad, y por
ello no se dejan engañar. Serán sólo parte
de una exigua minoría, pero no quieren renunciar a su sensibilidad
para integrar legiones. Valoran más su libre pensar que el
aplauso del poder y el calor de la muchedumbre. Pero no ignoran
que es su independencia la que aviva su dolor a la vista de la barbarie.
Miran
primero a un bando, luego al otro... Comprueban cómo ambos
se rigen por la misma lógica infernal, justificadora de lo
injustificable. Encuentran que, en realidad, ambas partes no son
sino las dos cabezas de un mismo monstruo bicéfalo (ver
El
condenado y el sistema: Dos caras de la misma moneda),
constantemente fortalecido por la perpetua lucha que lo define.
Y
las almas vomitan al fin...Pues sus ojos penetrantes han comprendido
la esencia de los contendientes: a un lado malos, al otro también.
Pero, ¿hasta cuándo ha de ser así?, se preguntan.
¿Está la historia humana (largos siglos parecen demostrarlo)
condenada a reproducir siempre esa misma espiral de odio, violencia
y muerte? ¿Es que no hay escapatoria?
Alguien
dice que sí. Y que un día llegará en el que
«no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor,
ni dolor, porque las primeras cosas pasaron»(Apocalipsis 21:
4).
El
que quiera oír, que oiga.
Una
fecha y sus secuelas
(sobre la crisis internacional presente)
©
J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(27 de septiembre de 2001)
"11
de septiembre de 2001": Su sola mención lo dice todo.
Hacía mucho tiempo que una fecha (completa: con día,
mes y año) no decía tanto a escala planetaria. En
realidad, no es aventurado afirmar que jamás en la historia
humana una fecha había dejado un eco tal, una huella semejante,
en la percepción global del género humano. Ha habido,
sin duda, hechos más importantes en el pasado, tanto remoto
como cercano, y lo mismo en el ámbito político que
en el militar y en el religioso. Los ha habido, incluso, infinitamente
más decisivos para el devenir del ser humano, como individuo
y como especie. Pero ninguno como éste que nos ocupa había
sido tan claramente percibido como fecha desde cualquier rincón
del globo terráqueo.
1.
El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente
En
principio, que acaezca una monstruosidad no habría de sorprender
a nadie, aunque nunca debiera dejar de escandalizarnos. La historia
humana está hecha básicamente de ellas: es inútil
buscar otro rasgo más definitorio de nuestra trayectoria
como especie que el dolor, la injusticia, la vejación y el
oprobio. Hipócritamente, siempre nos costó aceptarlo,
y, de uno u otro modo según las épocas y los contextos
geoculturales, nuestra tendencia siempre fue, siempre es, la de
atribuir la maldad a los otros. De manera más o menos
abierta, el mensaje comúnmente acariciado proclama que "los
malos siempre son ellos", es decir, los "salvajes",
los "bárbaros", los "paganos", los "herejes",
los "infieles", los "fascistas", los "comunistas",
los "yankis", los "fanáticos", los "terroristas",
los "neoliberales", los "fundamentalistas"...
Aplicamos así un maniqueísmo de conveniencia,
en el que los buenos, claro está, somos nosotros.
Fácil
nos sería, sin embargo, darnos cuenta de que la maldad se
encuentra, de forma permanente, mucho más cerca de
nosotros, y en contextos no necesariamente políticos o macrosociales.
Una atenta mirada a nuestras relaciones cotidianas nos recordaría
un dato que nuestra conciencia psíquica, íntimamente,
no ignora: que dichas relaciones se hallan presididas, de manera
creciente a medida que nos vamos cargando de años, por el
recelo y la desconfianza, el temor y el anhelo de protección
frente a los demás. Y si, dando un nuevo paso, aún
más incómodo pero no menos sencillo, nos parásemos
a mirar en nuestros propios corazones, acaso hallásemos en
ellos actitudes e inclinaciones morales que difícilmente
nos permitirían sentirnos parte de una raza ajena a los
otros. Tal vez el monstruo anida dentro y no fuera de mí,
por más que las convenciones sociales de la "civilización"
me induzcan al consuelo del (auto)engaño.
No
ha de extrañar, pues, que en el seno de lo humano acontezca
lo monstruoso. Con todo, hay monstruosidades y monstruosidades,
y la del 11.9.01 fue en verdad sorprendente: en el espacio de poco
más de una hora, sobre el fondo de una terrorífica
tragedia, se desvanecía el mito de la invulnerabilidad frente
al exterior del mayor gigante planetario; pero lo paradójico
era que con ese mismo hecho, su fortaleza, lejos de menguar, se
acercaba de golpe a la omnipotencia; y que sus genocidas
agresores, presuntamente islamistas, se suicidaban en dos tiempos:
primero, al estrellar los aviones contra edificios y miles de vidas
humanas; segundo, y como consecuencia de ello, al inducir la respuesta
que llevará (¿aún no se ha dado usted cuenta?)
al final del "integrismo islámico". Todo ello, con
un conjunto de secuelas previsibles que nos permiten afirmar: Ahora
sí que tendremos globalización.
El
11.9.01 no supondrá el comienzo de la Tercera Guerra Mundial:
lejos de ello, la destrucción y la sangre en Nueva York y
Washington son la base firme y fechada del anhelado Nuevo
Orden Mundial, caracterizado por la consagración definitiva
de la hegemonía política, económica y militar
de los Estados Unidos de Norteamérica sobre el conjunto de
la tierra. Estas implicaciones inmediatas conllevan, a su vez, otras
no menos evidentes, como se viene comprobando desde aquel día
ya emblemático: una de ellas es la firme tendencia a justificar
cualquier medio para lograr el fin considerado justo. Así,
se viene hablando de "apoyo incondicional", "guerra sucia", "acabar
con los países colaboradores", "atrapar vivo o muerto al
principal sospechoso", "bloqueo de cuentas corrientes sin
mandato judicial", "control de Internet" y un largo etcétera.
2.
Los motivos: la humana capacidad de odiar...
Naturalmente,
indagar en los motivos del atentado requiere el conocimiento de
su autoría. Todas las investigaciones y detenciones ya efectuadas
apuntan al mundo islamista. Y un nombre que es ya sinónimo
de maleficio, el de Osama Bin Laden, se maneja de continuo como
el artífice máximo o, cuando menos, como el coordinador
principal y directo del macroatentado. Nombre, por cierto, que hasta
la fecha presente no ha sido probado.
Antecedentes
hay para dudar mínimamente de una atribución tan precipitada:
Ahmed Rashid, en su excelente libro sobre los nazislámicos
que todavía hoy ocupan el poder en Afganistán (ver
"Los talibán"),
recuerda que en el pasado el gobierno estadounidense imputó
una serie de atentados a este siniestro multimillonario y antiguo
aliado suyo, acerca de cuya responsabilidad real los propios expertos
norteamericanos en materia de seguridad manifestaban serias dudas.
En
cualquier caso, la ferocidad empleada así como el recurso
al método camicace favorecen la hipótesis de una autoría
islamista, dado que los referentes más inmediatos de salvajes
ataques suicidas se encuentran en diversos actos terroristas de
grupos extremistas islámicos, sobre todo en el ámbito
del conflicto palestino-israelí.
La
pregunta sobre el quid prodest, relativa al mayor beneficiario,
podría conducir a otra hipótesis, no por repugnante
del todo descabellada. Ya hemos explicado arriba quién está
llamado a extraer el mayor provecho de esta horrible tragedia. Y
no deja de llamar la atención el tremendo fallo de sus sistemas
de seguridad, incluida la pasmosa lentitud a la hora de reaccionar.
Cabe descartar dicha hipótesis en su versión más
dura (la maquinación y ejecución del acto a cargo
del país que ha sido agredido), pero tal vez no sea tan inadmisible
en su variante más leve (el consentimiento), que también
podría venir abonada por los precedentes históricos
(hundimiento del Maine que causó la Guerra de Cuba,
beneplácito a Sadam de la embajadora norteamericana para
que invadiese Kuwait...). Diversas fuentes han informado acerca
de las advertencias del Mosad, entre otras instancias, sobre un
inminente atentado en territorio estadounidense.
Esta
variante leve se ve asimismo favorecida, frente a la versión
más dura de la hipótesis que comentamos, por el carácter
suicida de la acción: difícilmente un mercenario se
prestaría al acto camicace, que es más bien propio
de fanáticos desesperados y/o esperanzados en una inmediata
recompensa ultraterrena.
No
pretendemos defender esta odiosa hipótesis, basada en el
quid prodest, ni siquiera en su variante menos escandalosa:
nos interesa, simplemente, subrayar la falta de pruebas definitivas
sobre la autoría. Por lo demás, tampoco la autoría
misma resulta una cuestión esencial en la práctica,
al menos si se tienen en cuenta las declaraciones y comentarios
de diversos responsables políticos y militares de los Estados
Unidos, en la línea de aplicar las represalias con independencia
de la mayor o menor certidumbre con que se conozca al autor. El
propio presidente norteamericano ha colocado el rótulo de
Wanted sobre el rostro de Bin Laden, añadiendo que
lo quiere "vivo o muerto" a pesar de que lo considera,
solamente, como el "sospechoso principal".
Pero,
sea quien sea el autor o inductor del crimen masivo, lo que no ofrece
dudas es que el odio acumulado ha sido, cuando menos, el
pretexto, y muy probablemente también el motor
de la tragedia. Un odio originado no tanto en el marco de
un choque de civilizaciones sin negar que ha habido elementos
relacionados con ello como en la rabia y la frustración
motivadas por los sucesivos actos bélico-terroristas de los
Estados Unidos. La única superpotencia mundial, tan admirable
por muchos conceptos, ha venido actuando sistemáticamente
movida por una vocación hegemónica que garantice sus
intereses económicos y geoestratégicos. Esta actitud,
en otro tiempo conocida como "imperialista" (término hoy
significativamente desfasado), no ha dejado de manifestarse una
vez concluida la guerra fría; antes bien, ha tendido a intensificarse,
como lo prueban los sistemáticos bombardeos anglonorteamericanos
sobre Irak
(ver
"La
guerra del Golfo no ha terminado"), un país bloqueado
desde la primera edición de la guerra del Golfo, en 1991.
Por cierto, el último de dichos ataques se produjo, hasta
donde nos consta, justo el día previo al famoso 11.9.01,
con seis víctimas mortales en las que casi nadie ha reparado.
Pero la mencionada actitud de prepotencia hegemonista se ha evidenciado
también en la toma de partido por Israel en su sangriento
contencioso con Palestina, y a pesar de las numerosas resoluciones
condenatorias de las Naciones Unidas.
El
simplismo bipolar
Aquí
no pretendemos defender a bando alguno; nos interesa, nada más,
constatar los hechos que puedan facilitar la comprensión
de lo ocurrido y de lo que vendrá. El simplismo bipolar,
esa lamentable tendencia propia de la estupidez (moral) humana consistente
en establecer la adscripción de una persona a un bando por
la simple razón de que vierte críticas sobre el bando
opuesto, es uno de los vicios que La Excepción
quisiera
contribuir a erradicar. Tiene mucho que ver con el ya mencionado
maniqueísmo de conveniencia, y no ocasiona sino un apasionamiento
estéril y belicoso, fundado en el prejuicio y en la incapacidad
de escuchar al discrepante. Encierra, por tanto, una inclinación
totalitaria, y es un síntoma más de la maldad que
caracteriza a la condición humana, siempre propenso a aflorar
de la manera más salvaje y descarnada en momentos de conflicto
como el que nos ocupa.
Ese
simplismo bipolar es, además, una parte esencial de la propia
naturaleza conflictiva de cualquier conflicto, al cual contribuye
a agravar. Impide toda solución pacífica del mismo,
llevando sus términos a una polarización cada vez
más violenta y excluyente. Es convicción nuestra que
alimenta la propia maldad del sistema, basado en la rivalidad
y la competencia. Como efecto de éstas se llega a un punto
en el que no hay ni tan siquiera un "diálogo de sordos":
sólo hablan las armas y el miedo, sólo manda la fuerza.
Al odio y la muerte se responde con más odio y más
muerte. Es así como ambos bandos, en realidad, forman
parte de un mismo sistema: el reino de la violencia
(ver "El condenado y el sistema: dos caras
de una misma moneda").
El
derecho internacional, como se echa de ver en estos días,
se reduce al derecho del más fuerte a golpear al más
débil (los términos 'fuerte' y 'débil'
no equivalen, recuérdese, a 'malo' y 'bueno', respectivamente;
y tampoco a la inversa). Esto, en realidad, ya sucedía antes
del 11.9.01 (en ausencia de un marco jurídico internacional
bien regulado y dotado de las garantías suficientes), y la
única diferencia es que ahora tiende a aceptarse de un modo
cada vez más explícito, general e incondicional. Pero
la preexistencia, de facto, de esa situación con anterioridad
a la fecha de la tragedia en Norteamérica es uno de los factores
que mejor ayudan a entender lo sucedido ese día, pues la
injusticia sistemática tiende a abonar el odio.
Sería
injusto no aludir, como fuente adicional de este odio, a un elemento
más, de índole fanático-religiosa. La
religión, como cuerpo de respuestas profundas a la desesperación
humana, es fácilmente susceptible de una práctica
simplista y visceral. En su vivencia de la religión, el individuo
puede ser capaz de lo más sublime pero también de
lo más abyecto. Una vez más, no cabe achacar siempre
esta inclinación fanática tanto a la religión
misma como a la propia condición humana. (No olvidemos que
gran parte de las principales masacres del siglo XX han sido fruto
de regímenes con base ideológica arreligiosa o antirreligiosa,
si bien muchos de ellos nazismo, estalinismo, maoísmo...
podrían pasar como pararreligiosos).
Así,
dentro del Islam, y con independencia de que algunas de sus doctrinas
puedan resultar simples, externas y formalistas, no son el islamismo
(la defensa combativa y a menudo guerrera del Islam), ni el "integrismo
musulmán" (la versión más dura y doctrinaria
del islamismo), las únicas maneras, ni siquiera las históricamente
mayoritarias, de vivencia religiosa. Tampoco es la yihad
un sinónimo de guerra santa contra el no musulmán,
como cree el frecuente prejuicio occidental basado en la ignorancia
del Corán (prejuicio, por desgracia, a menudo refrendado
por los islamistas más recalcitrantes), sino más bien
la lucha por el fervor personal.
Es,
en realidad, el componente humano, en última instancia individual
(pero colectivamente fomentado en centros como las madrasas paquistaníes,
las escuelas de los talibán), el factor decisivo del fanatismo,
que ante todo consiste en una actitud mental (también
quizá presente, por cierto, en ámbitos no estrictamente
religiosos, como es por ejemplo el del neoliberalismo económico).
3. Consecuencias y repercusiones:
barbarie sobre barbarie
Desde
siempre, los imperios imponen su ley, y sus sometidos (los cuales,
insistamos en ello, no son en tanto que tales mejores que aquéllos)
tienden a liberarse por medio del recurso a la rebelión activa,
generalmente de tipo "guerrillero".
Si
se confirma la hipótesis islamista, como tantos indicios
apuntan, el macroatentado del 11.9.01 es la típica respuesta
violenta de los débiles frente a los fuertes. Ya que la guerra
frontal no conduce a un éxito verosímil, se opta por
hacer daño usando vías más solapadas, aunque
su resultado no sea menos espectacular y devastador.
Horror,
sangre, desolación, cadáveres fragmentados, humo por
doquier... La destrucción de las Torres Gemelas, instalada
ya para siempre en nuestras retinas por obra y gracia de la insistencia
televisiva, repugna sobre todo por tratarse de la masacre
de personas inocentes, es decir, por completo ajenas
(al menos, de manera directa) al contencioso entre el islamismo
extremo y la prepotencia de los gobiernos occidentales.
Las
democracias formales europeas y norteamericanas, fundadas en valores
de raigambre judeocristiana, sostienen la defensa al menos
teórica de la vida y la dignidad del ser humano. La
vida de la persona, en tanto que individuo pleno, es portadora
de un valor infinito. Dicho valor, ciertamente, adquiere un carácter
más polémico (tiende a relativizarse de repente) cuando
el sujeto en cuestión es culpable. No obstante, aún
son muchos los países (sobre todo, en la Europa occidental)
y unos cuantos los estados norteamericanos que prohíben taxativamente
la pena de muerte.
Esta
prohibición encuentra, sin embargo, un paradójico
contrapunto en la defensa de la llamada "guerra justa",
la cual implica, como la máxima pena, matar al culpable.
Decimos "paradójico" (no enteramente "contradictorio"), pues
admitimos que el argumento defensivo resulta algo más convincente
en el caso de un conflicto internacional que cuando un estado se
las ve con un delincuente interior, cuya peligrosidad, una vez capturado,
puede eliminar más fácilmente.
Acontecimientos
como el del 11.9.01 contribuirán, sin duda, a una creciente
defensa de la "guerra justa" (¿versión civilizada
de la "guerra santa musulmana"?), pero también de la pena
de muerte. No se olvide que es justamente el líder de
Occidente, los Estados Unidos de Norteamérica, uno de los
países que más vienen aplicando tanto esa guerra como
esa pena; no resulta difícil inferir, por ello, que su influencia
creciente, incluida la vía de su masiva propaganda, fomentará
en el resto de los países occidentales ambos recursos contra
la vida humana.
Más
grave aún es comprobar que explícitamente se anuncia
y se emplea la guerra sucia como método para
perseguir a los culpables de la masacre. Este tipo de contraterrorismo
siempre se ha visto denostado en el ámbito de los estados
de derecho (recordemos el caso GAL, durante los gobiernos del PSOE
en España). La propia CIA, que en otro tiempo lo practicaba
de manera habitual, vio prohibida esa técnica en los años
80. Hace escasos días, en cambio, ha recuperado el permiso
legal para hacer uso de ella.
Particularmente
llamativo es que dicha guerra sucia se contempla como parte
de la "guerra justa". Cabría preguntarse si no hay
aquí una perversión, en clave orwelliana (por no decir,
diabólica), de conceptos esenciales a la así llamada
"civilización occidental".
Pero
la "guerra justa" que ya está en trámite incluirá
también, seguramente, la confrontación abierta (o,
al menos, esa forma tan "cobarde" desde un punto de vista
militar consistente en los masivos bombardeos aéreos),
como castigo a los países que amparan o ampararon organizaciones
terroristas. Inevitablemente, como demuestran todas las experiencias
recientes, esta guerra abierta se acompañará de los
ya célebres "daños colaterales". En términos
no eufemísticos, supondrá la muerte seguramente
incluso, la matanza de personas inocentes.
Es
así como para vengar los asesinatos de inocentes en los Estados
Unidos se agregarán más muertes de inocentes en otros
puntos del planeta. Y en la medida en que a ningún experto
político y militar occidental se le escapa que, en efecto,
así ocurrirá, de este modo se estarán legitimando
(por supuesto, sólo de facto, nunca moralmente) las
pérdidas de vidas humanas en el macroatentado del 11.9.01.
Un
momento, amigo/a lector/a, quizá piense que se trata de una
afirmación gratuita o exagerada, pero medítela un
poco más: ¿No era justamente la muerte de inocentes
lo que hacía tan moralmente execrable el acontecimiento del
11.9.01? ¿Y no es cierto seguro que estamos de acuerdo
que la vida de un trabajador de las Torres Gemelas o del Pentágono
no vale más que la de un ciudadano afgano, o la de un iraquí...?
Entonces, pretender una respuesta que consista en matar más
inocentes no supone sino hacer más de lo mismo, perdiendo
así toda autoridad moral para condenar las primeras muertes.
Cuando, según las encuestas, más de un 60% del pueblo
norteamericano exige a su gobierno una actuación contundente
aunque suponga la pérdida de vidas inocentes, está
propugnando la misma atrocidad que la que costó la vida a
tantos compatriotas suyos.
Naturalmente,
alguien puede replicar que no es ésa la muerte de inocentes
la misión de las represalias anunciadas, sino la búsqueda
de los terroristas para la prevención de nuevos actos criminales.
Admitiendo que así sea, nos hallamos una vez más ante
la lógica terrible de los "daños colaterales" (y francamente
a mí no me gustaría ser un daño colateral;
puede que tampoco a usted, ni que lo fuera alguno de sus allegados;
pues tanto usted como yo, y nuestros allegados, somos seres sufrientes,
dotados de instinto de supervivencia, y hasta puede que con proyectos
vitales ilusionantes; ¿no les ocurrirá lo mismo a
los afganos, iraquíes y árabes o musulmanes en general?).
Cabe preguntarse si, para defender nuestra civilización,
estamos dispuestos a violar sus principios básicos, uno de
los cuales lo constituye el respeto a la vida, con independencia
de la raza, nacionalidad o creencia religiosa. ¿Es así
como creemos en la superioridad de nuestro modelo civilizatorio?
¿No
supone cuanto venimos presenciando desde el 11.9.01 el definitivo
abandono de ese supremo principio ético según el cual
"el fin no justifica los medios"?
Por
lo demás, también cabe preguntarse si el fin buscado
con las represalias es realmente justo. Porque, puestos a aceptar
que el fin sí justifique los medios, cabrá
al menos esperar que el fin sea legítimo desde el punto de
vista moral. Siendo un fin injusto, difícilmente podría
justificar nada.
Es
indudable que los Estados Unidos tienen derecho a buscar, capturar
y castigar a los culpables de los tremendos hechos del 11.9.01.
Nos parece también incuestionable que pretenden hacerlo,
y creemos que unos crímenes tan horrendos, como cualesquiera
otros, no debieran quedar impunes. La impunidad, usualmente, no
hace sino alentar la comisión de nuevos crímenes,
aparte de impedir normalmente la redención moral
del criminal. Debe hacerse justicia, pues la sangre de miles de
inocentes clama a Dios desde la tierra.
Ahora
bien, ¿cabe honestamente creer que los Estados Unidos se limitarán
a ese objetivo? Como única superpotencia sobre la tierra
(avalada hoy en sus empeños hegemónicos por Rusia
e incluso por China), ¿no aprovechará la ocasión para
apuntalar y aun extender su dominio en el planeta? ¿Por qué
se anuncia una operación (primero llamada "Justicia infinita",
y luego "Libertad perdurable") larga y prolongada, posiblemente
de una duración de no menos de diez años? Preocupada
como está por la recesión que se contempla próxima,
¿no buscará esa única superpotencia una situación
geopolítica, estratégica y militar aún más
favorable a sus intereses, consciente de que la fuerza puede ser
garante de la estabilidad de los mercados y, en general, de su propia
hegemonía? (Acaso se nos acuse de suspicaces que dirigen
sucias y mezquinas insinuaciones. O se cuelgue sobre nosotros el
fácil sambenito del antiamericanismo, y de nada sirva que
proclamemos nuestra rendida admiración, más profunda
que la de muchos neoliberales y atlantistas acérrimos, por
las bases morales fundacionales del sistema político estadounidense.
Pero, descalificaciones aparte, los hechos son testarudos, y la
historia está llena de evidencias según las cuales
los países hegemónicos siempre han intentado lucrarse
a cuenta de su poder, aunque fuera argumentando las mejores intenciones).
Semejantes
objetivos, ¿se podrían calificar como un "fin justo"?
Así,
nos encontraríamos (ojalá nos equivoquemos) ya no
sólo ante una situación en la que el fin justifica
los medios, sino ante algo peor: unos medios execrables para
un fin no menos ilegítimo.
Pero
esta terrible evidencia no parece detener a casi nadie, al menos
entre aquéllos que cuentan con poder e influencia en el mundo
occidental. Los Estados Unidos, a mayor escala aún de como
lo hiceran para la guerra del Golfo, se han apresurado a conformar
una alianza internacional a la que han dado en llamar "Coalición
de la Libertad contra el Terror". La gran mayoría de las
naciones de la tierra han corrido a integrarla antes de que nadie,
particularmente su patrón, pudiera achacarles tibieza o condescendencia
con el "Terror". Importa poco que, a pesar de su nombre, la "Coalición"
reúna en su seno a países tan poco liberales como
Marruecos, Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, China o Arabia
Saudí (ver "Los otros talibán");
y que su fin declarado, la extirpación del terrorismo, se
pretenda llevar a cabo mediante métodos terroristas (ya hemos
hablado de la guerra sucia). El hecho es que los líderes
políticos de las naciones, con el gobierno español
a la cabeza, han proclamado sin rubor su adhesión incondicional.
Adhesión,
por cierto, en numerosos casos teñida de un lenguaje nuevo.
Las democracias formales de Occidente, en particular las europeas,
se caracterizan desde hace muchas décadas por su laicismo
verbal. Por eso, cuando se escuchan las reiteradas alusiones de
carácter religioso que se han pronunciado desde múltiples
instancias públicos, políticas incluidos, cabe identificar
un nuevo aspecto en el que el 11.9.01 ha dejado huella: la confirmación
de la emergencia, sostenida por quienes hacemos La Excepción,
de la Época Neorreligiosa.
La
Época Neorreligiosa
Ya
no es sólo el mundo islámico el que plantea el enfrentamiento
en términos moral-religiosos, oponiendo el "Bien" y el "Mal".
Tampoco son solamente los gobernantes norteamericanos quienes, en
Occidente (y después del mandato laicista de Bill Clinton),
asignan esas supremas categorías o invocan a la Divinidad
como aliada suya. El diario alemán Bild Zeitung, como
reacción al macroatentado en los Estados Unidos, titulaba
su portada con un clamoroso: «Dios mío, ¿por
qué nos has abandonado?» El primer ministro británico,
Tony Blair, calificaba el acto como una afrenta a la «santidad
del valor de la vida humana». Diversas manifestaciones de
políticos relevantes, en países como España
o Italia (en este último país, a cargo del propio
Berlusconi), insistían en la presunta superioridad de la
civilización occidental sobre la islámica, acercando
así también los pronunciamientos a la esfera religiosa.
La católica cadena COPE (una red radiofónica que sólo
muy ocasionalmente, y como de soslayo, menciona el nombre de Dios
en sus programas religiosos, aparte de las retransmisiones
de la misa), emitía una "Línea COPE" ad hoc
en la cual insistía que lo del 11.9.01 había sido
«una afrenta al Altísimo». Por su parte, las
valoraciones inmediatas de varios analistas norteamericanos y británicos
coincidían en subrayar que los ataques a los Estados Unidos
no respondían a motivaciones principalmente políticas,
sino a un odio de carácter religioso. Son sólo unas
cuantas muestras de un deslizamiento del lenguaje hacia terrenos
menos laicos, pero también de una mayor consideración
del factor religioso como motor de los acontecimientos.
Sabido
es, por lo demás, cómo los teatros de Broadway interrumpían
sus representaciones mientras los ciudadanos neoyorquinos llenaban
las iglesias, incluso entre semana. Pero aún más llamativo
resulta lo ocurrido en diversas escuelas públicas norteamericanas,
donde los estudiantes se reunieron para orar por las víctimas
sin encontrar oposición para ello, a pesar de la vigente
prohibición legal al respecto, cuya base es la separación
constitucional iglesia-estado (www.accessatlanta.com/ajc/terrorism/nation/0919prayer.html).
Cuando
arrecia el sufrimiento, la vista se vuelve al Infinito. A falta
de justicia en la tierra, el ser humano tiende a buscarla en el
cielo. Es perfectamente legítimo y comprensible. Tal vez,
incluso, necesario. El peligro, no obstante, reside en el recurso
visceral a la religión. Como ya hemos esbozado más
arriba, éste favorece una visión simplista de la realidad,
cargada de emocionalismo y carente de la suficiente frialdad analítica;
es un aliado más sobre todo en casos de histeria colectiva,
como el presente del maniqueísmo de conveniencia y
del simplismo bipolar.
Por
desgracia, y a pesar de que la religiosidad genuina puede aportar
enormes beneficios al ser humano, la Época Neorreligiosa
parece estar inaugurándose en gran medida bajo el signo de
la espiritualidad vaporosa, las crecientes supersticiones (actitudes
ambas favorecidas por el neopaganismo New Age) y, sobre todo
desde el 11.9.01, el visceralismo patriotero de tendencia justiciera
y totalitaria.
[Continuará
con las partes siguientes, que aparecerán en una misma y
próxima entrega:
4.
Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva realidad
totalitaria.
5.
Conclusión B: ¿Hay esperanza?]
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