Frase sensata
del mes

«Con las Torres Gemelas se ha desmoronado la confianza del hombre en el hombre, y su seguridad en la sociedad moderna [...]. Corremos el riesgo de un gobierno mundial que impida la libertad del hombre [...] con libertad de conciencia» (Pedro Tarquis, ICPress, 9.01).
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Frase insensata
del mes

«Esta crisis –acepto apuestas– va a acabar mejorando al mundo» (A. Garrigues Walker, El País, 30.9.01).
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Octubre 2001
 

La carta que 'Libertad Digital' no quiso publicar (y el artículo que la motivó). El siniestro artículo de Jiménez Losantos (15.10.01) y la carta-réplica que su diario electrónico no quiso publicar.

  "Una burla a toda la humanidad". Un nuevo escándalo, apenas contestado, acaba de salpicar la delicada escena internacional: el premio Nobel de la Paz a Kofi Annan.
  "Malos contra malos". Cada una de las partes del conflicto internacional presente declara su bondad frente a la maldad del otro.
  "Una fecha y sus secuelas (sobre la crisis internacional presente". "11 de septiembre de 2001": Su sola mención lo dice todo. Hacía mucho tiempo que una fecha (completa: con día, mes y año) no decía tanto, por sí sola, a escala planetaria.
1. El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente
2. Los motivos: la humana capacidad de odiar...
3. Consecuencias y repercusiones: barbarie sobre barbarie
     
     

 

La carta que 'Libertad Digital' no quiso publicar
(y el artículo que la motivó)

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (24 de octubre de 2001)

Supuestamente, la sección de Cartas de los Lectores de cualquier periódico tiene por objeto, entre otros, dar a conocer sus reacciones a los textos publicados. Cabe esperar, por ello, que dicha sección reproduzca fielmente el abanico plural de dichas reacciones, siempre y cuando éstas guarden las debidas normas de respeto y decoro.

No parece entenderlo así Libertad Digital. A raíz del siniestro artículo de su director, Federico Jiménez Losantos, que a continuación reproducimos, el arriba firmante envió como réplica la carta-denuncia que transcribimos abajo. Esta carta fue desdeñada por dicho diario, que en cambio sí tuvo a bien publicar la de un respetable ciudadano vitoriano básicamente partidario del mensaje inquisitorial del señor Losantos.

Tanto el artículo de marras (que no debiera pasar inadvertido) como la no publicación de la carta-réplica constituyen un documento ilustrativo de hasta dónde llegan el liberalismo y el pluralismo de este periódico. Son, además, un síntoma del presente avance del pensamiento único. Razones suficientes para reproducirlos aquí (los destacados en negrita y cursiva-negrita son nuestros).


El siniestro artículo de Federico Jiménez Losantos

Arzallus, entre la ETA y la CIA (Libertad Digital, 15.10.01)

Los detalles sobre la triple relación Ben Laden-IRA-ETA que Gordon Thomas aporta en un gran reportaje publicado en el dominical de El Mundo no suponen ninguna sorpresa, pero sí confirman la hondura y gravedad de las implicaciones internacionales del terrorismo vasco y, en consecuencia, de las dificultades que los aliados de ETA, fundamentalmente el PNV, van a tener de ahora en adelante para explicar en el extranjero la bondad de su causa. Si ya le era difícil a Arzallus encontrar políticos normales –Cossiga y otros indeseables son desechos de tienta no sólo en Europa sino en su propio país– que respaldaran su estrategia separatista, siempre de la mano de los matarifes etarras, ahora le resultará imposible. La máquina antiterrorista norteamericana se ha puesto en marcha tanto contra los asesinos como contra sus cómplices. Y no hay cómplice más claro del terrorismo anti-español que el partido de Arzallus e Ibarreche. Por muy obtusos que sean y por lejos de Washington que caiga Vitoria, los norteamericanos acabarán colocándolo entre los enemigos de las libertades de Occidente. O sea, en su sitio.

Ya su eliminación del Partido Popular Europeo y la Internacional Democristiana por presión del PP había desalojado al PNV de su nicho ideológico tradicional, entre las fuerzas conservadoras prooccidentales salidas de la Segunda Guerra Mundial. Una situación bastante absurda, porque doctrinalmente el PNV estaba y está más cerca de Hitler que de Truman, pero favorecida por las circunstancias de la Guerra Fría, que colocaron al aparato peneuvista en buenas relaciones políticas y financieras con la CIA. De eso se ha valido Arzallus, sucesor de Ajuriaguerra pero también de Telesforo Monzón, para considerarse en libertad de pactar con la izquierda criminal sin perder sus credenciales de derecha occidental. Hasta que las ha perdido. Después del pacto de Estella, Arzallus sigue entregado a ETA. Y su modesta aunque magnificada victoria electoral no ha hecho sino confirmar su obsesión de forzar un plebiscito separatista, como quiere ETA. Después... el Diluvio. O sea, más ETA.

Pero la implicación de la CIA y todos los servicios secretos occidentales en la lucha contra el terrorismo cambia sustancialmente esa estrategia de "separatismo suave" que pondría en manos de una banda criminal ligada a Ben Laden y el IRA un País Vasco pequeño, pero en una situación capaz de provocar gran daño. Si el Gobierno del PP se esmera en explicarlo en Washington, la estrategia separatista de Arzallus e Ibarreche quedará para el cubo de la basura. Eso sí, antes debería perder el apoyo de González y Polanco, sus grandes valedores, sus únicas herramientas para romper la resistencia de los defensores de España y la Constitución. Nada que no puedan lograr quienes en la mañana del día 12 de octubre estuvieron a punto de volar por los aires en la Tribuna de Autoridades que presidía el desfile militar, incluido el homenaje a las víctimas del Once de Septiembre, representadas por los "marines". Faltaban Ibarreche... y Pujol, que conste. Consta ya. Ahora se toma nota de todo.


La réplica que no quiso publicar 'Libertad Digital'

ņY usted es liberal, Sr. Jiménez Losantos? (15.10.01)

No me caracterizo por simpatizar con Arzallus, ni con Pujol. No creo que merezcan la simpatía de nadie, pues se trata de políticos al uso: uno, de verborrea radicalilla y mente maquiavélica; el otro, de retórica "moderada" y cerebro igualmente maquinador; pero ambos, amantes del poder por encima de cualquier otra cosa.

Con todo, tengo que salir en su defensa, que es como decir en la de todos. Pues el artículo que bajo el título "Arzallus, entre la ETA y la CIA" ha publicado Jiménez Losantos contiene rasgos atroces. Trátase de una auténtica llamada a la caza de brujas contra quien no piensa igual que él. Más que Torquemada reencarnado, recuerda a la policía política talibán.

Brevemente lo explico: No sólo se atreve a criminalizar a Arzallus e Ibarretxe aprovechando ciertos informes sobre una relación indirecta entre ETA y Ben Laden; va mucho más allá: se atreve a amenazar a Pujol y a Ibarretxe por no haber estado presentes en el desfile militar del día 12. Amparándose en el pujante poderío global de la CIA, don Federico parece regodearse en la confección de una lista negra, como esperando que aquella benéfica agencia imperial tenga a bien leerla.

El conflicto actual lleva a demasiada gente a decir demasiadas tonterías. Pero algunas resultan, además, peligrosas. Las mencionadas lo son, y no en grado nimio, pues vienen de un personaje sin duda influyente. Alguien, por cierto, que presume de ser más liberal que nadie, y a quien quizá convendría reflexionar más antes de hablar y escribir.

(Juan Fernando Sánchez)

© LaExcepción.com


Una burla a toda la humanidad
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (15 de octubre de 2001)

Un nuevo escándalo, apenas contestado, acaba de salpicar la delicada escena internacional: la concesión del premio Nobel de la Paz a Kofi Annan y Naciones Unidas. Además de una burla a la humanidad, el hecho y sus repercusiones confirman interesantes tendencias globales.

El pasado 12 de octubre, a los cinco días de iniciados unos ataques contra Afganistán que se prometen duraderos, el Comité Noruego anunciaba la concesión del premio Nobel de la Paz a Kofi Annan, secretario general de la ONU, y a esta misma institución transnacional por su contribución a la paz en la tierra...

Recordaba Javier Ortiz (www.elmundo.es/2001/10/13/opinion/1058465.html) que existen precedentes del caso, y nombraba a Henry Kissinger (un auténtico "criminal de guerra", en palabras de Ortiz) para refrescarnos la memoria. Kissinger fue a principios de los 70 secretario de estado norteamericano y el auténtico maquinador de la política exterior del gabinete de Richard Nixon. La última fase, especialmente cruda, de la guerra del Vietnam, y las sistemáticas violaciones de los derechos humanos en toda Iberoamérica debieron mucho, en aquellos años, al gran diplomático estadounidense.

Añadamos aquí que ha habido otros ejemplos no menos sangrantes: Begin, Sadat, Mandela y Arafat quizá sean los más destacados. El primero, un conocido terrorista en su juventud y no menos conocido represor en su etapa de primer ministro israelí. Sadat, agente nazi durante la Segunda Guerra Mundial, fue terrorista en los años siguientes, participó más tarde en un golpe de estado que desalojó del poder al rey Faruk, y, nada más hacerse con todo el poder en Egipto, declaró la guerra a Israel en 1973. Mandela, por su parte, fue en los años 60 el organizador y máximo dirigente de una rama paramilitar del Congreso Nacional Africano que luchaba contra el régimen de apartheid impuesto por los blancos en Sudáfrica. Arafat, en fin..., ¿quién no conoce a Arafat, el tantos años terrorista, el que después ha usado sin pudor a tantos niños en sus intifadas, y el que, últimamente, se ha dedicado a reprimir sangrientamente manifestaciones de su propio pueblo para contentar a la superpotencia humillada...?

Todos ellos fueron laureados con el premio Nobel de la Paz. Con independencia de la mayor o menor justicia de las causas que defendían, su trayectoria global no parecía merecer dicho galardón. Y no es que uno ingenuamente espere que sólo pacifistas intachables vayan a ser honrados con aquél. Ha habido, de hecho, otros Nobel de la Paz concedidos a personajes que nunca fueron pacifistas strictu sensu (casos de Mijaíl Gorbachov o Pérez Esquivel); pero en modo alguno resultaron tan escandalosos como los antes mencionados. El conocimiento de unas biografías tan directa como persistentemente marcadas por su implicación en actividades violentas aconsejaría, según la lógica más elemental, desterrar la sola idea de incluir a sus protagonistas en la lista áurea.

Ciertamente, Kofi Annan no fue terrorista en su juventud ni ha dado ningún golpe de estado sangriento. Pero él y la institución que oficialmente dirige acaban de bendecir el comienzo de una guerra que al día de hoy sigue su curso. Guerra que las propias potencias atacantes han anunciado como "devastadora". Ya se acumulan, de hecho, las pérdidas directas de vidas inocentes, y la catástrofe de los cientos de miles de refugiados se espera resulte todavía más dramática. Hay que recordar, por cierto, que contra sus usos habituales en resoluciones de este tipo, la ONU aprobó el comienzo de las hostilidades por medio de una reunión relámpago. Su actuación, en el fondo, no ha consistido tanto en conceder permiso a los Estados Unidos para sus actos de represalia (los que habrían llegado en todo caso), como en manifestar apoyo a los mismos. Pero, de cualquier modo, el hecho es que los legitimó internacionalmente.

Con todo, resulta significativo constatar que en este caso, y a diferencia de los arriba mencionados, ni siquiera se han guardado las formas contextuales básicas. Supuestamente, la ONU está para garantizar la paz en el seno de la sociedad de naciones. Pero las perspectivas mundiales presentes garantizan más bien la guerra, y lo hacen –según acabamos de ver– con la bendición de la ONU.

Cuando menos, en los ejemplos antes indicados dichas formas sí se guardaron. Kissinger recibió su Nobel al término de la guerra del Vietnam. Sadat y Begin, los suyos, como consecuencia de los Acuerdos de Paz de Camp David. Mandela resultó premiado cuando se venía abajo el apartheid sudafricano. Y a Arafat le llegaron los honores tras unas negociaciones de paz que culminó exitosamente con Peres y Rabin.

Así pues, el caso que aquí nos ocupa es aún más lacerante. El momento elegido para el Nobel a Kofi Annan y Naciones Unidas no ha podido ser más inoportuno. ¿O habrá que decir, por el contrario, que no ha podido ser más oportuno? ¿Resultará demasiado malicioso pensar que el Nobel haya sido una retribución por los servicios recién prestados? Quizás sí, pues no hay duda de que las coincidencias también existen...


Tendencias y conclusiones

Una vez comprobado que ya no se guardan ni las formas más elementales, hay que preguntarse por qué ha podido llegar a ocurrir algo así. La indagación nos remite a una realidad hoy omnipresente: la consagración de la hegemonía estadounidense a raíz de los sucesos del 11.9.01 (ver Una fecha y sus secuelas y Estados Unidos, vigía de la libertad).

El hecho de que las formas cada vez cuenten menos no es sino una más entre otras muchas manifestaciones de la justificación de cualquier medio contra el "Mal Absoluto" (ver Malos contra malos). Pero lo más triste es constatar la pasividad casi general con la que se asiste a esta justificación.

Peor aún. Las más destacadas instancias han aplaudido la concesión del Nobel a la ONU y Annan. Quizá amparándose en el "cortesía obliga" (pero no menos que en el miedo cerval que les inspira la única superpotencia), los dirigentes políticos han corrido a felicitar a los galardonados. No era de esperar, por supuesto, una reacción diferente.

Más sintomática resulta la actitud del Vaticano, donde supuestamente reside hoy la mayor autoridad moral del planeta. El aplauso del arzobispo Diarmuid Martin, "embajador" del papa ante la sede ginebrina de la ONU, parece confirmar una confluencia de intereses entre los grandes poderes terrenales y "espirituales" del mundo actual. Entre sus explicaciones, Martin adujo que «el mundo global tendrá cada vez más necesidad de una organización mundial en la que todos los Estados sean representados» (en www.zenit.org, 12.10.01).

La configuración de una alianza Estados Unidos-Vaticano se viene gestando, al menos, desde los últimos años de la guerra fría. Numerosos indicios recientes (como el refuerzo de las relaciones con la Iglesia Católica Romana que viene caracterizando el mandato de Bush hijo desde su elección, así como la bendición de las represalias estadounidenses por parte del portavoz del Vaticano y de varios obispos y cardenales) evidencian que esa alianza se estrecha de manera progresiva.

La necesidad de dotar de una neoideología al sistema capitalista en su fase actual (el neoliberalismo, en esencia una moral de ricos, no vale para esto) otorga al papado crecientes posibilidades de influencia. Esta institución, a su vez, obsesionada como parece estar en extender su presencia por todo el planeta, sin duda ve con muy buenos ojos la definitiva conversión de la ONU en un apéndice de los Estados Unidos, país por su parte cada vez más influido por el Vaticano.

En la Época Neorreligiosa (ver Una fecha y sus secuelas), de vuelta de los experimentos secularistas que surcaron el planeta en los últimos siglos, el sistema entiende que solamente la religión puede aportar la neoideología que precisa para garantizar su estabilidad. Es en este punto donde sus intereses coinciden con los del papado. Y es también ahí, curiosamente, donde ambos consideran que la ONU puede llegar a ser un valioso instrumento para sus fines. (No resulta extraño que el arzobispo Martin, a la hora de justificar el galardón a Kofi Annan, dijera de él que se trata de "un hombre muy espiritual").

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Malos contra malos
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (15 de octubre de 2001)

Cada una de las partes en conflicto declara su bondad frente a la maldad del otro. Sobre esta base se "justifica" cualquier medio empleado contra el enemigo, motivo suficiente para preguntarse si hay bondad en algún bando.

Entre los múltiples rasgos negativos de la presente crisis internacional, uno de los más llamativos es la proclividad de cada bando a arrogarse el papel del Bien. Y de paso, a atribuir el papel del Mal a su adversario.

Se trata de algo típico en cualquier conflicto interhumano (ver Una fecha y sus secuelas). Pero la guerra que nos ocupa se halla singularmente calentada por la rabia y el encono (que no excluyen, sin embargo, la frialdad y el cálculo más minucioso). La extrema polaridad resultante lleva a ver en el otro no sólo el Mal, sino el Mal Absoluto. Por esta condición, y en tanto que otro, todo el mal le pertenece. Y eso deja a la parte opuesta, por eliminación, como la encarnación del Bien Absoluto.

Es justamente esta concepción, implícita en el discurso de cada una de las partes, la que lleva a justificar cualquier medio (terrorismo, guerra sucia, bombardeos masivos...) con tal de aniquilar al enemigo. Se asume que todo lo malo que se le haga al Mal es bueno. Y, por tanto, todo el "mal" que el Bien ocasione al Mal es en realidad un bien.

Acaso parezca exagerado, pero éste es el esquema lógico que, con rigurosa fidelidad, vienen siguiendo ambos bandos. Formulado en términos familiares a las mentalidades modernas e ilustradas, se expresa primero en la vieja máxima que dice: "El fin justifica los medios". Pero no se queda ahí, sino que avanza hasta declarar: "Cualquier fin [del Bien, se entiende] justifica cualquier medio", siquiera en el ámbito de esta guerra simpar.

Naturalmente, para las almas sensibles en las que todavía anida la cordura, tales proclamas (no por implícitas, menos reales) emiten un sonido atroz. Es el más salvaje alarido de la jungla, el rugir de la bestia nietzscheana, la moral de los señores de la guerra. Al contemplar cómo esa lógica extermina a seres inocentes en ambos bandos, cómo somete al individuo bajo el control de poderes omnímodos, y cómo desoye toda voz de la conciencia, aquellas almas experimentan desgarro y náuseas frente a tanta abyección.

Fueron educadas en el respeto a la vida y en el amor a la libertad, y por ello no se dejan engañar. Serán sólo parte de una exigua minoría, pero no quieren renunciar a su sensibilidad para integrar legiones. Valoran más su libre pensar que el aplauso del poder y el calor de la muchedumbre. Pero no ignoran que es su independencia la que aviva su dolor a la vista de la barbarie.

Miran primero a un bando, luego al otro... Comprueban cómo ambos se rigen por la misma lógica infernal, justificadora de lo injustificable. Encuentran que, en realidad, ambas partes no son sino las dos cabezas de un mismo monstruo bicéfalo (ver El condenado y el sistema: Dos caras de la misma moneda), constantemente fortalecido por la perpetua lucha que lo define.

Y las almas vomitan al fin...Pues sus ojos penetrantes han comprendido la esencia de los contendientes: a un lado malos, al otro también. Pero, ¿hasta cuándo ha de ser así?, se preguntan. ¿Está la historia humana (largos siglos parecen demostrarlo) condenada a reproducir siempre esa misma espiral de odio, violencia y muerte? ¿Es que no hay escapatoria?

Alguien dice que sí. Y que un día llegará en el que «no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron»(Apocalipsis 21: 4).

El que quiera oír, que oiga.

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Una fecha y sus secuelas
(sobre la crisis internacional presente)

© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (27 de septiembre de 2001)

"11 de septiembre de 2001": Su sola mención lo dice todo. Hacía mucho tiempo que una fecha (completa: con día, mes y año) no decía tanto a escala planetaria. En realidad, no es aventurado afirmar que jamás en la historia humana una fecha había dejado un eco tal, una huella semejante, en la percepción global del género humano. Ha habido, sin duda, hechos más importantes en el pasado, tanto remoto como cercano, y lo mismo en el ámbito político que en el militar y en el religioso. Los ha habido, incluso, infinitamente más decisivos para el devenir del ser humano, como individuo y como especie. Pero ninguno como éste que nos ocupa había sido tan claramente percibido como fecha desde cualquier rincón del globo terráqueo.

1. El acontecimiento: una monstruosidad sorprendente

En principio, que acaezca una monstruosidad no habría de sorprender a nadie, aunque nunca debiera dejar de escandalizarnos. La historia humana está hecha básicamente de ellas: es inútil buscar otro rasgo más definitorio de nuestra trayectoria como especie que el dolor, la injusticia, la vejación y el oprobio. Hipócritamente, siempre nos costó aceptarlo, y, de uno u otro modo según las épocas y los contextos geoculturales, nuestra tendencia siempre fue, siempre es, la de atribuir la maldad a los otros. De manera más o menos abierta, el mensaje comúnmente acariciado proclama que "los malos siempre son ellos", es decir, los "salvajes", los "bárbaros", los "paganos", los "herejes", los "infieles", los "fascistas", los "comunistas", los "yankis", los "fanáticos", los "terroristas", los "neoliberales", los "fundamentalistas"... Aplicamos así un maniqueísmo de conveniencia, en el que los buenos, claro está, somos nosotros.

Fácil nos sería, sin embargo, darnos cuenta de que la maldad se encuentra, de forma permanente, mucho más cerca de nosotros, y en contextos no necesariamente políticos o macrosociales. Una atenta mirada a nuestras relaciones cotidianas nos recordaría un dato que nuestra conciencia psíquica, íntimamente, no ignora: que dichas relaciones se hallan presididas, de manera creciente a medida que nos vamos cargando de años, por el recelo y la desconfianza, el temor y el anhelo de protección frente a los demás. Y si, dando un nuevo paso, aún más incómodo pero no menos sencillo, nos parásemos a mirar en nuestros propios corazones, acaso hallásemos en ellos actitudes e inclinaciones morales que difícilmente nos permitirían sentirnos parte de una raza ajena a los otros. Tal vez el monstruo anida dentro y no fuera de mí, por más que las convenciones sociales de la "civilización" me induzcan al consuelo del (auto)engaño.

No ha de extrañar, pues, que en el seno de lo humano acontezca lo monstruoso. Con todo, hay monstruosidades y monstruosidades, y la del 11.9.01 fue en verdad sorprendente: en el espacio de poco más de una hora, sobre el fondo de una terrorífica tragedia, se desvanecía el mito de la invulnerabilidad frente al exterior del mayor gigante planetario; pero lo paradójico era que con ese mismo hecho, su fortaleza, lejos de menguar, se acercaba de golpe a la omnipotencia; y que sus genocidas agresores, presuntamente islamistas, se suicidaban en dos tiempos: primero, al estrellar los aviones contra edificios y miles de vidas humanas; segundo, y como consecuencia de ello, al inducir la respuesta que llevará (¿aún no se ha dado usted cuenta?) al final del "integrismo islámico". Todo ello, con un conjunto de secuelas previsibles que nos permiten afirmar: Ahora sí que tendremos globalización.

El 11.9.01 no supondrá el comienzo de la Tercera Guerra Mundial: lejos de ello, la destrucción y la sangre en Nueva York y Washington son la base firme y fechada del anhelado Nuevo Orden Mundial, caracterizado por la consagración definitiva de la hegemonía política, económica y militar de los Estados Unidos de Norteamérica sobre el conjunto de la tierra. Estas implicaciones inmediatas conllevan, a su vez, otras no menos evidentes, como se viene comprobando desde aquel día ya emblemático: una de ellas es la firme tendencia a justificar cualquier medio para lograr el fin considerado justo. Así, se viene hablando de "apoyo incondicional", "guerra sucia", "acabar con los países colaboradores", "atrapar vivo o muerto al principal sospechoso", "bloqueo de cuentas corrientes sin mandato judicial", "control de Internet" y un largo etcétera.


2. Los motivos: la humana capacidad de odiar...

Naturalmente, indagar en los motivos del atentado requiere el conocimiento de su autoría. Todas las investigaciones y detenciones ya efectuadas apuntan al mundo islamista. Y un nombre que es ya sinónimo de maleficio, el de Osama Bin Laden, se maneja de continuo como el artífice máximo o, cuando menos, como el coordinador principal y directo del macroatentado. Nombre, por cierto, que hasta la fecha presente no ha sido probado.

Antecedentes hay para dudar mínimamente de una atribución tan precipitada: Ahmed Rashid, en su excelente libro sobre los nazislámicos que todavía hoy ocupan el poder en Afganistán (ver "Los talibán"), recuerda que en el pasado el gobierno estadounidense imputó una serie de atentados a este siniestro multimillonario y antiguo aliado suyo, acerca de cuya responsabilidad real los propios expertos norteamericanos en materia de seguridad manifestaban serias dudas.

En cualquier caso, la ferocidad empleada así como el recurso al método camicace favorecen la hipótesis de una autoría islamista, dado que los referentes más inmediatos de salvajes ataques suicidas se encuentran en diversos actos terroristas de grupos extremistas islámicos, sobre todo en el ámbito del conflicto palestino-israelí.

La pregunta sobre el quid prodest, relativa al mayor beneficiario, podría conducir a otra hipótesis, no por repugnante del todo descabellada. Ya hemos explicado arriba quién está llamado a extraer el mayor provecho de esta horrible tragedia. Y no deja de llamar la atención el tremendo fallo de sus sistemas de seguridad, incluida la pasmosa lentitud a la hora de reaccionar. Cabe descartar dicha hipótesis en su versión más dura (la maquinación y ejecución del acto a cargo del país que ha sido agredido), pero tal vez no sea tan inadmisible en su variante más leve (el consentimiento), que también podría venir abonada por los precedentes históricos (hundimiento del Maine que causó la Guerra de Cuba, beneplácito a Sadam de la embajadora norteamericana para que invadiese Kuwait...). Diversas fuentes han informado acerca de las advertencias del Mosad, entre otras instancias, sobre un inminente atentado en territorio estadounidense.

Esta variante leve se ve asimismo favorecida, frente a la versión más dura de la hipótesis que comentamos, por el carácter suicida de la acción: difícilmente un mercenario se prestaría al acto camicace, que es más bien propio de fanáticos desesperados y/o esperanzados en una inmediata recompensa ultraterrena.

No pretendemos defender esta odiosa hipótesis, basada en el quid prodest, ni siquiera en su variante menos escandalosa: nos interesa, simplemente, subrayar la falta de pruebas definitivas sobre la autoría. Por lo demás, tampoco la autoría misma resulta una cuestión esencial en la práctica, al menos si se tienen en cuenta las declaraciones y comentarios de diversos responsables políticos y militares de los Estados Unidos, en la línea de aplicar las represalias con independencia de la mayor o menor certidumbre con que se conozca al autor. El propio presidente norteamericano ha colocado el rótulo de Wanted sobre el rostro de Bin Laden, añadiendo que lo quiere "vivo o muerto" a pesar de que lo considera, solamente, como el "sospechoso principal".

Pero, sea quien sea el autor o inductor del crimen masivo, lo que no ofrece dudas es que el odio acumulado ha sido, cuando menos, el pretexto, y muy probablemente también el motor de la tragedia. Un odio originado no tanto en el marco de un choque de civilizaciones –sin negar que ha habido elementos relacionados con ello– como en la rabia y la frustración motivadas por los sucesivos actos bélico-terroristas de los Estados Unidos. La única superpotencia mundial, tan admirable por muchos conceptos, ha venido actuando sistemáticamente movida por una vocación hegemónica que garantice sus intereses económicos y geoestratégicos. Esta actitud, en otro tiempo conocida como "imperialista" (término hoy significativamente desfasado), no ha dejado de manifestarse una vez concluida la guerra fría; antes bien, ha tendido a intensificarse, como lo prueban los sistemáticos bombardeos anglonorteamericanos sobre Irak (ver "La guerra del Golfo no ha terminado"), un país bloqueado desde la primera edición de la guerra del Golfo, en 1991. Por cierto, el último de dichos ataques se produjo, hasta donde nos consta, justo el día previo al famoso 11.9.01, con seis víctimas mortales en las que casi nadie ha reparado. Pero la mencionada actitud de prepotencia hegemonista se ha evidenciado también en la toma de partido por Israel en su sangriento contencioso con Palestina, y a pesar de las numerosas resoluciones condenatorias de las Naciones Unidas.

El simplismo bipolar

Aquí no pretendemos defender a bando alguno; nos interesa, nada más, constatar los hechos que puedan facilitar la comprensión de lo ocurrido y de lo que vendrá. El simplismo bipolar, esa lamentable tendencia propia de la estupidez (moral) humana consistente en establecer la adscripción de una persona a un bando por la simple razón de que vierte críticas sobre el bando opuesto, es uno de los vicios que La Excepción quisiera contribuir a erradicar. Tiene mucho que ver con el ya mencionado maniqueísmo de conveniencia, y no ocasiona sino un apasionamiento estéril y belicoso, fundado en el prejuicio y en la incapacidad de escuchar al discrepante. Encierra, por tanto, una inclinación totalitaria, y es un síntoma más de la maldad que caracteriza a la condición humana, siempre propenso a aflorar de la manera más salvaje y descarnada en momentos de conflicto como el que nos ocupa.

Ese simplismo bipolar es, además, una parte esencial de la propia naturaleza conflictiva de cualquier conflicto, al cual contribuye a agravar. Impide toda solución pacífica del mismo, llevando sus términos a una polarización cada vez más violenta y excluyente. Es convicción nuestra que alimenta la propia maldad del sistema, basado en la rivalidad y la competencia. Como efecto de éstas se llega a un punto en el que no hay ni tan siquiera un "diálogo de sordos": sólo hablan las armas y el miedo, sólo manda la fuerza. Al odio y la muerte se responde con más odio y más muerte. Es así como ambos bandos, en realidad, forman parte de un mismo sistema: el reino de la violencia (ver "El condenado y el sistema: dos caras de una misma moneda").

El derecho internacional, como se echa de ver en estos días, se reduce al derecho del más fuerte a golpear al más débil (los términos 'fuerte' y 'débil' no equivalen, recuérdese, a 'malo' y 'bueno', respectivamente; y tampoco a la inversa). Esto, en realidad, ya sucedía antes del 11.9.01 (en ausencia de un marco jurídico internacional bien regulado y dotado de las garantías suficientes), y la única diferencia es que ahora tiende a aceptarse de un modo cada vez más explícito, general e incondicional. Pero la preexistencia, de facto, de esa situación con anterioridad a la fecha de la tragedia en Norteamérica es uno de los factores que mejor ayudan a entender lo sucedido ese día, pues la injusticia sistemática tiende a abonar el odio.

Sería injusto no aludir, como fuente adicional de este odio, a un elemento más, de índole fanático-religiosa. La religión, como cuerpo de respuestas profundas a la desesperación humana, es fácilmente susceptible de una práctica simplista y visceral. En su vivencia de la religión, el individuo puede ser capaz de lo más sublime pero también de lo más abyecto. Una vez más, no cabe achacar siempre esta inclinación fanática tanto a la religión misma como a la propia condición humana. (No olvidemos que gran parte de las principales masacres del siglo XX han sido fruto de regímenes con base ideológica arreligiosa o antirreligiosa, si bien muchos de ellos –nazismo, estalinismo, maoísmo...– podrían pasar como pararreligiosos).

Así, dentro del Islam, y con independencia de que algunas de sus doctrinas puedan resultar simples, externas y formalistas, no son el islamismo (la defensa combativa y a menudo guerrera del Islam), ni el "integrismo musulmán" (la versión más dura y doctrinaria del islamismo), las únicas maneras, ni siquiera las históricamente mayoritarias, de vivencia religiosa. Tampoco es la yihad un sinónimo de guerra santa contra el no musulmán, como cree el frecuente prejuicio occidental basado en la ignorancia del Corán (prejuicio, por desgracia, a menudo refrendado por los islamistas más recalcitrantes), sino más bien la lucha por el fervor personal.

Es, en realidad, el componente humano, en última instancia individual (pero colectivamente fomentado en centros como las madrasas paquistaníes, las escuelas de los talibán), el factor decisivo del fanatismo, que ante todo consiste en una actitud mental (también quizá presente, por cierto, en ámbitos no estrictamente religiosos, como es por ejemplo el del neoliberalismo económico).


3. Consecuencias y repercusiones: barbarie sobre barbarie

Desde siempre, los imperios imponen su ley, y sus sometidos (los cuales, insistamos en ello, no son en tanto que tales mejores que aquéllos) tienden a liberarse por medio del recurso a la rebelión activa, generalmente de tipo "guerrillero".

Si se confirma la hipótesis islamista, como tantos indicios apuntan, el macroatentado del 11.9.01 es la típica respuesta violenta de los débiles frente a los fuertes. Ya que la guerra frontal no conduce a un éxito verosímil, se opta por hacer daño usando vías más solapadas, aunque su resultado no sea menos espectacular y devastador.

Horror, sangre, desolación, cadáveres fragmentados, humo por doquier... La destrucción de las Torres Gemelas, instalada ya para siempre en nuestras retinas por obra y gracia de la insistencia televisiva, repugna sobre todo por tratarse de la masacre de personas inocentes, es decir, por completo ajenas (al menos, de manera directa) al contencioso entre el islamismo extremo y la prepotencia de los gobiernos occidentales.

Las democracias formales europeas y norteamericanas, fundadas en valores de raigambre judeocristiana, sostienen la defensa –al menos teórica– de la vida y la dignidad del ser humano. La vida de la persona, en tanto que individuo pleno, es portadora de un valor infinito. Dicho valor, ciertamente, adquiere un carácter más polémico (tiende a relativizarse de repente) cuando el sujeto en cuestión es culpable. No obstante, aún son muchos los países (sobre todo, en la Europa occidental) y unos cuantos los estados norteamericanos que prohíben taxativamente la pena de muerte.

Esta prohibición encuentra, sin embargo, un paradójico contrapunto en la defensa de la llamada "guerra justa", la cual implica, como la máxima pena, matar al culpable. Decimos "paradójico" (no enteramente "contradictorio"), pues admitimos que el argumento defensivo resulta algo más convincente en el caso de un conflicto internacional que cuando un estado se las ve con un delincuente interior, cuya peligrosidad, una vez capturado, puede eliminar más fácilmente.

Acontecimientos como el del 11.9.01 contribuirán, sin duda, a una creciente defensa de la "guerra justa" (¿versión civilizada de la "guerra santa musulmana"?), pero también de la pena de muerte. No se olvide que es justamente el líder de Occidente, los Estados Unidos de Norteamérica, uno de los países que más vienen aplicando tanto esa guerra como esa pena; no resulta difícil inferir, por ello, que su influencia creciente, incluida la vía de su masiva propaganda, fomentará en el resto de los países occidentales ambos recursos contra la vida humana.

Más grave aún es comprobar que explícitamente se anuncia y se emplea la guerra sucia como método para perseguir a los culpables de la masacre. Este tipo de contraterrorismo siempre se ha visto denostado en el ámbito de los estados de derecho (recordemos el caso GAL, durante los gobiernos del PSOE en España). La propia CIA, que en otro tiempo lo practicaba de manera habitual, vio prohibida esa técnica en los años 80. Hace escasos días, en cambio, ha recuperado el permiso legal para hacer uso de ella.

Particularmente llamativo es que dicha guerra sucia se contempla como parte de la "guerra justa". Cabría preguntarse si no hay aquí una perversión, en clave orwelliana (por no decir, diabólica), de conceptos esenciales a la así llamada "civilización occidental".

Pero la "guerra justa" que ya está en trámite incluirá también, seguramente, la confrontación abierta (o, al menos, esa forma tan "cobarde" –desde un punto de vista militar– consistente en los masivos bombardeos aéreos), como castigo a los países que amparan o ampararon organizaciones terroristas. Inevitablemente, como demuestran todas las experiencias recientes, esta guerra abierta se acompañará de los ya célebres "daños colaterales". En términos no eufemísticos, supondrá la muerte –seguramente incluso, la matanza– de personas inocentes.

Es así como para vengar los asesinatos de inocentes en los Estados Unidos se agregarán más muertes de inocentes en otros puntos del planeta. Y en la medida en que a ningún experto político y militar occidental se le escapa que, en efecto, así ocurrirá, de este modo se estarán legitimando (por supuesto, sólo de facto, nunca moralmente) las pérdidas de vidas humanas en el macroatentado del 11.9.01.

Un momento, amigo/a lector/a, quizá piense que se trata de una afirmación gratuita o exagerada, pero medítela un poco más: ¿No era justamente la muerte de inocentes lo que hacía tan moralmente execrable el acontecimiento del 11.9.01? ¿Y no es cierto –seguro que estamos de acuerdo– que la vida de un trabajador de las Torres Gemelas o del Pentágono no vale más que la de un ciudadano afgano, o la de un iraquí...? Entonces, pretender una respuesta que consista en matar más inocentes no supone sino hacer más de lo mismo, perdiendo así toda autoridad moral para condenar las primeras muertes. Cuando, según las encuestas, más de un 60% del pueblo norteamericano exige a su gobierno una actuación contundente aunque suponga la pérdida de vidas inocentes, está propugnando la misma atrocidad que la que costó la vida a tantos compatriotas suyos.

Naturalmente, alguien puede replicar que no es ésa –la muerte de inocentes– la misión de las represalias anunciadas, sino la búsqueda de los terroristas para la prevención de nuevos actos criminales. Admitiendo que así sea, nos hallamos una vez más ante la lógica terrible de los "daños colaterales" (y francamente a mí no me gustaría ser un daño colateral; puede que tampoco a usted, ni que lo fuera alguno de sus allegados; pues tanto usted como yo, y nuestros allegados, somos seres sufrientes, dotados de instinto de supervivencia, y hasta puede que con proyectos vitales ilusionantes; ¿no les ocurrirá lo mismo a los afganos, iraquíes y árabes o musulmanes en general?). Cabe preguntarse si, para defender nuestra civilización, estamos dispuestos a violar sus principios básicos, uno de los cuales lo constituye el respeto a la vida, con independencia de la raza, nacionalidad o creencia religiosa. ¿Es así como creemos en la superioridad de nuestro modelo civilizatorio?

¿No supone cuanto venimos presenciando desde el 11.9.01 el definitivo abandono de ese supremo principio ético según el cual "el fin no justifica los medios"?

Por lo demás, también cabe preguntarse si el fin buscado con las represalias es realmente justo. Porque, puestos a aceptar que el fin justifique los medios, cabrá al menos esperar que el fin sea legítimo desde el punto de vista moral. Siendo un fin injusto, difícilmente podría justificar nada.

Es indudable que los Estados Unidos tienen derecho a buscar, capturar y castigar a los culpables de los tremendos hechos del 11.9.01. Nos parece también incuestionable que pretenden hacerlo, y creemos que unos crímenes tan horrendos, como cualesquiera otros, no debieran quedar impunes. La impunidad, usualmente, no hace sino alentar la comisión de nuevos crímenes, aparte de impedir –normalmente– la redención moral del criminal. Debe hacerse justicia, pues la sangre de miles de inocentes clama a Dios desde la tierra.

Ahora bien, ¿cabe honestamente creer que los Estados Unidos se limitarán a ese objetivo? Como única superpotencia sobre la tierra (avalada hoy en sus empeños hegemónicos por Rusia e incluso por China), ¿no aprovechará la ocasión para apuntalar y aun extender su dominio en el planeta? ¿Por qué se anuncia una operación (primero llamada "Justicia infinita", y luego "Libertad perdurable") larga y prolongada, posiblemente de una duración de no menos de diez años? Preocupada como está por la recesión que se contempla próxima, ¿no buscará esa única superpotencia una situación geopolítica, estratégica y militar aún más favorable a sus intereses, consciente de que la fuerza puede ser garante de la estabilidad de los mercados y, en general, de su propia hegemonía? (Acaso se nos acuse de suspicaces que dirigen sucias y mezquinas insinuaciones. O se cuelgue sobre nosotros el fácil sambenito del antiamericanismo, y de nada sirva que proclamemos nuestra rendida admiración, más profunda que la de muchos neoliberales y atlantistas acérrimos, por las bases morales fundacionales del sistema político estadounidense. Pero, descalificaciones aparte, los hechos son testarudos, y la historia está llena de evidencias según las cuales los países hegemónicos siempre han intentado lucrarse a cuenta de su poder, aunque fuera argumentando las mejores intenciones).

Semejantes objetivos, ¿se podrían calificar como un "fin justo"?

Así, nos encontraríamos (ojalá nos equivoquemos) ya no sólo ante una situación en la que el fin justifica los medios, sino ante algo peor: unos medios execrables para un fin no menos ilegítimo.

Pero esta terrible evidencia no parece detener a casi nadie, al menos entre aquéllos que cuentan con poder e influencia en el mundo occidental. Los Estados Unidos, a mayor escala aún de como lo hiceran para la guerra del Golfo, se han apresurado a conformar una alianza internacional a la que han dado en llamar "Coalición de la Libertad contra el Terror". La gran mayoría de las naciones de la tierra han corrido a integrarla antes de que nadie, particularmente su patrón, pudiera achacarles tibieza o condescendencia con el "Terror". Importa poco que, a pesar de su nombre, la "Coalición" reúna en su seno a países tan poco liberales como Marruecos, Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, China o Arabia Saudí (ver "Los otros talibán"); y que su fin declarado, la extirpación del terrorismo, se pretenda llevar a cabo mediante métodos terroristas (ya hemos hablado de la guerra sucia). El hecho es que los líderes políticos de las naciones, con el gobierno español a la cabeza, han proclamado sin rubor su adhesión incondicional.

Adhesión, por cierto, en numerosos casos teñida de un lenguaje nuevo. Las democracias formales de Occidente, en particular las europeas, se caracterizan desde hace muchas décadas por su laicismo verbal. Por eso, cuando se escuchan las reiteradas alusiones de carácter religioso que se han pronunciado desde múltiples instancias públicos, políticas incluidos, cabe identificar un nuevo aspecto en el que el 11.9.01 ha dejado huella: la confirmación de la emergencia, sostenida por quienes hacemos La Excepción, de la Época Neorreligiosa.

La Época Neorreligiosa

Ya no es sólo el mundo islámico el que plantea el enfrentamiento en términos moral-religiosos, oponiendo el "Bien" y el "Mal". Tampoco son solamente los gobernantes norteamericanos quienes, en Occidente (y después del mandato laicista de Bill Clinton), asignan esas supremas categorías o invocan a la Divinidad como aliada suya. El diario alemán Bild Zeitung, como reacción al macroatentado en los Estados Unidos, titulaba su portada con un clamoroso: «Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?» El primer ministro británico, Tony Blair, calificaba el acto como una afrenta a la «santidad del valor de la vida humana». Diversas manifestaciones de políticos relevantes, en países como España o Italia (en este último país, a cargo del propio Berlusconi), insistían en la presunta superioridad de la civilización occidental sobre la islámica, acercando así también los pronunciamientos a la esfera religiosa. La católica cadena COPE (una red radiofónica que sólo muy ocasionalmente, y como de soslayo, menciona el nombre de Dios en sus programas religiosos, aparte de las retransmisiones de la misa), emitía una "Línea COPE" ad hoc en la cual insistía que lo del 11.9.01 había sido «una afrenta al Altísimo». Por su parte, las valoraciones inmediatas de varios analistas norteamericanos y británicos coincidían en subrayar que los ataques a los Estados Unidos no respondían a motivaciones principalmente políticas, sino a un odio de carácter religioso. Son sólo unas cuantas muestras de un deslizamiento del lenguaje hacia terrenos menos laicos, pero también de una mayor consideración del factor religioso como motor de los acontecimientos.

Sabido es, por lo demás, cómo los teatros de Broadway interrumpían sus representaciones mientras los ciudadanos neoyorquinos llenaban las iglesias, incluso entre semana. Pero aún más llamativo resulta lo ocurrido en diversas escuelas públicas norteamericanas, donde los estudiantes se reunieron para orar por las víctimas sin encontrar oposición para ello, a pesar de la vigente prohibición legal al respecto, cuya base es la separación constitucional iglesia-estado (www.accessatlanta.com/ajc/terrorism/nation/0919prayer.html).

Cuando arrecia el sufrimiento, la vista se vuelve al Infinito. A falta de justicia en la tierra, el ser humano tiende a buscarla en el cielo. Es perfectamente legítimo y comprensible. Tal vez, incluso, necesario. El peligro, no obstante, reside en el recurso visceral a la religión. Como ya hemos esbozado más arriba, éste favorece una visión simplista de la realidad, cargada de emocionalismo y carente de la suficiente frialdad analítica; es un aliado más –sobre todo en casos de histeria colectiva, como el presente– del maniqueísmo de conveniencia y del simplismo bipolar.

Por desgracia, y a pesar de que la religiosidad genuina puede aportar enormes beneficios al ser humano, la Época Neorreligiosa parece estar inaugurándose en gran medida bajo el signo de la espiritualidad vaporosa, las crecientes supersticiones (actitudes ambas favorecidas por el neopaganismo New Age) y, sobre todo desde el 11.9.01, el visceralismo patriotero de tendencia justiciera y totalitaria.

[Continuará con las partes siguientes, que aparecerán en una misma y próxima entrega:

4. Conclusión A: Frente a esta guerra y esta nueva realidad totalitaria.

5. Conclusión B: ¿Hay esperanza?]

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