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Los
otros talibán
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(21 de septiembre de 2001)
La
agencia vaticana Zenit informaba de la detención de ocho
personas, los días 19 y 20 de agosto, acusadas de practicar
el cristianismo en Arabia Saudita. Uno de ellos podría enfrentarse
a la pena de muerte al ser un converso del Islam, y por tanto considerado
"apóstata". Este tipo de actos son muy frecuentes
en un país en el que no se respetan los derechos humanos
básicos. Por ejemplo, la polícía religiosa
puede entrar sin autorización legal en los domicilios para
supervisar el cumplimiento de las costumbres islámicas.
Se
trata de un ejemplo más de la forma en que se conculcan los
derechos humanos básicos en un país oficialmente islámico.
Pero también es significativo el que este tipo de sucesos
apenas tengan cabida en los medios de comunicación masiva.
Como
consecuencia de la actual crisis internacional se están dando
a conocer en ciertos medios las estrechas conexiones históricas
(recientes) entre los servicios secretos de Estados Unidos y los
talibán afganos (ver "Los
talibán. Sobre un régimen con los días
contados"). Pero no olvidemos que en Irak se equipó
a Sadam Hussein con abundante armamento europeo y estadounidense,
a fin de que su régimen, mucho más occidentalizado
que los del área, sirviera de freno a la ola de integrismo
islámico desatada con la revolución de Jomeini en
Irán. De ahí la guerra entre ambos países.
Cuando
los regímenes de Irak y Afganistán se desviaron de
las directrices impuestas por sus patronos (invadiendo Kuwait el
primero, acogiendo a Bin Laden el segundo), pasaron a constituir
lo que Estados Unidos denominó "estados gamberros"
(es decir, opuestos a sus intereses en la región över
"La guerra del golfo no ha terminado").
Mientras
tanto, Arabia Saudita ha venido manteniendo un régimen de
terror, con una de las aplicaciones más estrictas de la sharia,
sin que (excepto en casos puntuales) haya sido denunciado por parte
de los políticos y de la prensa occidentales. El caso de
Afganistán resulta impactante en la medida en que una sociedad
que había alcanzado cierto grado (muy limitado) de "modernización"
bajo el régimen procomunista se ha visto desde la "revolución
talibán" hostigada por una represión sistemática,
a la cual la población parece haberse resignado. La guerra
civil, que aún colea, ha venido a agravar la situación.
En
Arabia, en cambio, la opresión social ha sido continua y
así se mantiene. Aunque el tratamiento por los medios no
viene revestido de la espectacularidad con que se ha narrado la
tragedia afgana, la situación de la población en relación
con las libertades (y sin tener en cuenta, por tanto, las enormes
diferencias socioeconómicas), es similar en uno y otro país.
No se ha procedido a someter a las mujeres o a los opositores saudíes
porque siempre han estado sometidos, bajo leyes y procedimientos
equiparables a los afganos.
La
principal diferencia reside en que Afganistán es un "estado
gamberro" y Arabia Saudita un estado aliado.
©
LaExcepcion.com
El
caso Gescartera, como primer gran escándalo de corrupción
durante los gobiernos del PP, viene a recordarnos dos viejos vicios
de este país: uno, la corrupción, tradicionalmente
impune; y otro, el clericalismo, usualmente triunfante.
El
escándalo de Gescartera ha devuelto al primer plano de la
actualidad la corrupción política y económica
en España.
En
síntesis, el negocio se basó en una simple operación
de ingeniería financiera trufada de estafa: en un momento
dado se comunicó a los inversores que sus fondos se iban
a trasladar a una cuenta corriente de jugosa y rápida rentabilidad.
En la práctica, fueron a parar a paraísos fiscales
en el extranjero. ¿Cómo se pagaba a los inversores
los intereses de tan lucrativa cuenta? Mediante los fondos de nuevos
inversores seducidos por el atractivo de la misma, así como
convencidos del chollo por el prestigio y las influencias del entorno
de Gescartera (políticos, organizaciones tan "respetables"
como la ONCE, etc.).
Durante
los primeros meses se habló de 18.000 millones de pesetas
robadas. Las últimas noticias, procedentes de la Comisión
Nacional del Mercado de Valores (CNMV), hablan de 60.000 o incluso
de 80.000 millones, sin descartar que puedan ser aún más.
Elementos
que agravan el asunto
Pero
el escándalo de Gescartera, como ya es público y notorio,
no se limita a la monumental evasión de capital robado. Hay
otros dos elementos que agravan los hechos, generando un desconcierto
al que, según parece, no son muchos los que saben dar una
explicación correcta.
En
primer lugar, la ya mencionada participación de políticos
y de altas instituciones financieras en este turbio asunto.
Llama en especial la atención la implicación de Luis
Ramallo, ex presidente de la CNMV, al parecer cuando todavía
estaba al frente de esta institución. Se recordará
que Ramallo, como diputado del PP, fue uno de los látigos
de la corrupción de los gobiernos del PSOE en los años
90.
Por
otra parte, y cuando en las filas del PSOE se frotaban las manos
pensando que tenían escándalo para rato, saltó
la noticia de que un prominente miembro de este partido también
se hallaba implicado en el asunto. Se trata de Miguel Cruz, asesor
fiscal de la Fundación ONCE en el momento en que ésta
entraba por cierto, en más que irregulares condicionesen
el seno de Gescartera.
Habrá
quienes se echen las manos a la cabeza al constatar que, de nuevo,
y esta vez también desde las filas del PP, hay políticos
involucrados en asuntos de corrupción. Personalmente, me
parece natural escandalizarse, pero no asombrarse. Aparte de la
condición humana, a la que no escapan los políticos,
recuérdese el hecho (en el que ya hemos incidido en otra
parte: ("Políticos mediocres")
de que en este país la corrupción político-financiera
ha quedado prácticamente impune. Fuera de algunos cabezas
de turco que han pagado con la prisión (caso de Roldán),
los máximos responsables de los peores escándalos
(como Filesa) se han librado por completo de la acción de
la justicia.
Pero
la impunidad alimenta la reiteración en las actitudes
corruptas; de algún modo, incluso las incentiva de manera
directa, al menos cuando el tentado o implicado es lo que popularmente
se llama "un pez gordo".
El
segundo elemento al que aludíamos, y que también contribuye
no poco a agravar el escándalo, tiene que ver con los inversores
en Gescartera. Además de cuantiosas sumas de dinero negro
cuyos (ex) dueños, como es natural, no se atreven a dar la
cara, buena parte de los fondos pertenecía a entidades
supuestamente no lucrativas: desde Huérfanos de la Guardia
Civil hasta ONG y varias diócesis de la Iglesia Católica
Romana (ICR).
Como
es esperable en una sociedad presuntamente democrática, no
han sido pocas las voces que se han elevado contra el proceder de
semejantes inversores. En especial, y en gran parte debido a la
autoexigencia de ejemplaridad moral que muchos le atribuyen, ha
sido fuerte el clamor contra las inversiones en Gescartera por parte
de la iglesia mayoritaria en nuestro país.
La
acusación de "anticlericalismo" como cortina de
humo
Esto
ha desatado las iras de algún prelado. Según el boletín
vaticano Zenit, en una noticia titulada "Gescartera: la iglesia
española, víctima y además perseguida"
(www.zenit.org, 28.8.01), el
obispo de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol «ha
denunciado la actitud demencial y anticlerical de partidos políticos
en relación con la Iglesia en el asunto Gescartera».
La tan amarga como furibunda queja de José Gea, el obispo
en cuestión, se basa en que la ICR, víctima de la
estafa, lo estaría siendo también de una campaña
de políticos y medios de comunicación. Según
el señor Gea, éstos «dan la sensación
de querer que desaparezca todo lo que pueda oler a Iglesia y a religión».
Curiosamente, la noticia que citamos no entra en ningún momento
en el fondo del asunto: la inversión en fondos de renta variable
(es decir, la especulación financiera) por parte de una institución
declaradamente filantrópica y no lucrativa, así como
de algunas ONG que pertenecen a su órbita religiosa.
La
queja del señor Gea merece, cuando menos, dos respuestas.
La primera, que precisamente por su supuesto carácter no
lucrativo la ICR y sus organizaciones afines disfrutan de enormes
exenciones fiscales; y que por ese mismo carácter, así
como por su atávico dominio sobre las conciencias de este
país (que le ha permitido, entre otras cosas, ser poseedora
de un enorme patrimonio histórico-artístico), es la
principal receptora de subvenciones en todo el estado español.
En otras palabras, todos los españoles, católicos
romanos o no, financian a la ICR por una u otra vía.
Si
ahora resulta que destina parte de sus ingresos (incluidos los teóricamente
destinados a los necesitados, como cabe deducir por los fondos de
Cáritas y Manos Unidas en Gescartera) a especular con ellos,
resulta evidente que está contraviniendo el requisito de
no lucrarse; cabría pues exigir que deje de tratársela
como entidad no lucrativa. El caso es tan obvio que hasta un conspicuo
periodista habitualmente cercano a la ICR, como es Luis María
Ansón, ha declarado (La Razón, 22.8.01): «La
Iglesia Católica española no puede dar la callada
por respuesta. La Conferencia Episcopal debe aclarar o hacer que
aclaren obispados y órdenes religiosas por qué invirtieron
su dinero en Gescartera. Si se ha caído en la tentación
de especular hay que decirlo.»
O
como dice Antonio Sáenz de Miera (El País,
29.8.01): «Hay fronteras que no se pueden traspasar. Me temo,
concretamente, que riesgo y filantropía no sean, en propiedad,
conceptos compatibles.»
La
segunda réplica al señor Gea concierne a su acusación
de "anticlericalismo", que él, como otras instancias
de la ICR, aparentemente maneja como cortina de humo para tapar
el fondo del asunto.
En
relación con ello, empecemos diciendo que el anticlericalismo
español, entendido como ataques a la ICR de parte de otros
sectores de la nación, no carece en España de razones
bien fundadas; y no todas ellas históricas, por cierto.
Ya más arriba me he referido a la injusticia que supone que
todos los españoles, con independencia de sus creencias,
financien a la ICR. Y podríamos aludir igualmente a otros
privilegios de esta misma institución frente a otras
iglesias y confesiones religiosas (protestantes, judíos,
musulmanes...), a pesar de la igualdad religiosa proclamada por
la Constitución y otros preceptos legales. Por ejemplo, en
el acceso a los medios de comunicación públicos.
Pero
además debe añadirse que no hay razones para pensar
que sea el anticlericalismo lo que mueve, al menos como primer motivo,
a acusar a la ICR en relación con el caso Gescartera. Antes
bien, como ya queda dicho, es su condición presunta de entidad
no lucrativa lo que provoca el justo clamor.
A
mi modo de ver, más que fijarnos en el supuesto "anticlericalismo"
de los críticos de la ICR en relación con Gescartera,
haríamos bien en contemplar todo el caso y las circunstancias
que lo rodean como un nuevo y palmario ejemplo del trato de favor
que reclama para sí el clericalismo. Un concepto,
por cierto, mucho más profundo de lo que habitualmente se
cree. Pues alude a toda una mentalidad según la cual la superioridad
en el plano espiritual (de los clérigos sobre los laicos)
debe tener un lógico correlato en forma de superioridad también
en el plano temporal (de la estructura de la ICR sobre el resto
de la sociedad).
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Sed
de mal
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G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com]
(17 de septiembre de 2001)
Informar
sobre los numerosos crímenes que tienen lugar en España
resultaría imposible. Pero de vez en cuando los medios
de comunicación hacen un seguimiento de algún que
otro caso, desde que se produce hasta que se emite una sentencia
contra o a favor de los acusados. El factor determinante de que
suceda así es la demanda de la audiencia media,
que quiere estar informada sobre sucesos en los que encuentra
elementos de interés: normalmente los más escabrosos,
aquellos en los que la perversión humana se manifiesta
más crudamente. También gozan de gran audiencia
los detalles sobre la vida y las prácticas sexuales de
los implicados: víctimas, agresores, familiares...
Recientemente
ha ocurrido con el caso de Rocío Wanninkhof. Hace años
tuvimos que soportar todos los detalles del oscuro culebrón
de las niñas de Alcaçer, no sólo en las revistas
cardiacas, sino en gran parte de la prensa seria.
A veces hay incursiones de casos extranjeros, como el de O. J.
Simpson, una persona popular en Estados Unidos, pero poco conocida
(hasta entonces) en España. Su fama se debía a practicar
un deporte sin tradición en nuestro país (y en muchos
otros en los que se hizo famoso por el proceso). Las grandes empresas
de comunicación tienen la capacidad de convertir un
caso nacional (más bien local) en una noticia de interés
internacional. Para ello cuentan con la morbosidad de millones
de consumidores ávidos de saciar su sed de aberraciones.
¿Qué
necesidad tienen los medios informativos (especialmente los públicos)
de malgastar su limitado tiempo o espacio, en los que tantos asuntos
de interés se podrían tratar, con noticias de este
tipo? ¿Qué necesidad tenemos de conocer los detalles
macabros de la maldad humana? Es triste que en una sociedad a
la que tanto le cueste aceptar la maldad radical del ser humano,
existan sin embargo tantas personas que parezcan necesitar regodearse
en la perversión ajena, quizá para convencerse de
que ellas son buenas.
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